MELCHOR FERNÁNDEZ DÍAZ
«Lo que puedo decir carece de interés y lo que tiene interés no lo puedo decir». Sabino Fernández Campo se solía escudar tras esa frase, brillantemente evasiva, cuando le preguntaban si había escrito sus memorias o si pensaba hacerlo algún día. Parece improbable, por no decir imposible, que una persona de tanta agudeza mental y pluma tan brillante no hubiera decidido dejar constancia escrita de una peripecia vital que le llevó a vivir de cerca, e incluso a protagonizar, episodios trascendentales de la historia de su país. Otra cosa es que no quisiese publicar ese testimonio durante su propia vida. En el caso de que prefiriera diferirlo, podría contar con un albacea ideal en la persona de su mujer, María Teresa Álvarez, cuya inteligencia y discreción, bien probadas, serían la mejor garantía de que ese mensaje llegara de la forma más idónea a la posteridad. Si ese texto existe, valdrá la pena la espera.
En cualquier caso, Sabino Fernández Campo no ha sido tan hermético como para no adelantar algunos aspectos de ese supuesto testimonio. «De ahora en adelante voy a ser menos discreto», comentó el 21 de abril de 2001 en el comedor de LA NUEVA ESPAÑA, momentos después de recibir la distinción de «Asturiano del mes» que concede este periódico. El almuerzo que se celebra tras la entrega del galardón no tiene un planteamiento informativo, a fin de que los premiados puedan sentirse más cómodos. Pero cuando uno tiene la oportunidad de escuchar a un personaje clave de la vida española es lógico que sea consecuente con ese privilegio y trate de fijar inmediatamente por escrito sus palabras antes de que la flaqueza de la memoria las desvirtúe o las borre. Cuando Sabino Fernández Campo es ya, definitivamente, un personaje histórico, recuperar el contenido de aquellas notas es, además de legítimo, obligado. Es lo que intentaré a continuación, agrupando por asuntos el relato y las opiniones.
EL DOBLE NO A ARMADA.
Es sobradamente conocido que los buenos reflejos de Sabino resultaron decisivos el 23 de febrero de 1981 para parar el golpe de Estado. Su «no está ni se le espera» como respuesta a la pregunta del general Juste acerca de si el general Alfonso Armada estaba en la Zarzuela es una historia sobradamente conocida, así como el hecho de que Sabino llegó a tiempo de decirle al Rey, cuando éste hablaba por teléfono con Armada, que no le dejase acudir a palacio. Pero es menos conocido el hecho de que esa misma mañana, cuando Tejero preparaba con sus guardias civiles el asalto al Congreso de los Diputados, Alfonso Armada había intentado ir a la Zarzuela «para explicarle al Rey lo mal que estaba España». Sabino evitó entonces que lo hiciera, «aunque sólo fuera por un poco de honra». Es decir, si Armada, que había sido el antecesor de Fernández Campo en la Secretaría General de la Casa del Rey (el relevo fue en 1977), necesitaba informar al Rey de la situación del país era que quien ocupaba en ese momento el cargo era un incompetente.
LA DIMISIÓN DE SUÁREZ.
Sabino se mostró muy crítico con algunos aspectos de la gestión de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, cargo para el que el Rey habría preferido a Torcuato Fernández-Miranda, «pero Torcuato no quiso». Le reprochaba, sobre todo, que hubiera engañado a los militares sobre la legalización del PCE. En una reunión con los mandos principales del Ejército «les dijo innecesariamente que nunca legalizaría al Partido Comunista», pese a que era una medida inevitable para medir la verdadera fuerza del PCE. Cuando poco después se produjo la legalización, los mandos militares, «todos profundamente anticomunistas», se sintieron engañados. Según Sabino, Suárez tenía enfrente a todo el mundo. Además de al Ejército, a la Iglesia, a su propio partido («Herrero de Miñón venía a verme y me decía: "Suárez es un desastre, tienes que pedir al Rey que lo cese»), al propio Rey y a la oposición. Suárez despachaba los martes en la Zarzuela. Ese día dijo a Sabino que quería hablar con él antes de la comida que siempre tenía con el Rey. «Nos reunimos en mi despacho y me dijo que había decidido dimitir, por problemas internos. Yo pienso dos cosas. En primer lugar, por qué me lo dijo a mí. Era evidente que de esa forma quería dejar constancia de que dimitía él, que no lo echaban. Por otra parte, pienso que él realmente no quería irse y quizá pensaba en una maniobra como la de Felipe González en el XXVIII Congreso del PSOE, cuando su anuncio de dimisión provocó una reacción a su favor que le fortaleció». Tras esa reunión los dos comieron con el Rey. Durante la comida Suárez no habló de la dimisión. Después el Rey y Suárez despacharon a solas. A Sabino le avisaron cuando Suárez se marchaba. «Estaban muy serios los dos. El Rey me dijo: "Bueno, ya sabes lo que hay, porque sé que te lo ha dicho antes que a mí". Era evidente que eso no le había gustado. No le vi afectuoso con Suárez. Más bien frío. Cuando Suárez iba hacia el coche le dijo. "¡Te daré un título!"».
GUTIÉRREZ MELLADO.
Sabino no tenía buena opinión de él, aunque reconocía que el papel que le habían asignado había sido difícil. Sabino le consideraba buena persona, pero no de mucha valía, y opinaba que a veces había contribuido a equivocar a Suárez. «Sus colegas, los generales, le tenían poco respeto porque había hecho la guerra "de otra manera". Una vez se empeñó en que le acompañara a una comida con el propietario de una imprenta de Madrid, donde, cuando la guerra, se hacían los partes falsos que Gutiérrez Mellado utilizaba para sacar a gente de la capital y pasarla al bando nacional. Yo deduje que lo que él pretendía era que yo viese lo que él había hecho durante la guerra, porque pienso que él sabía que no se valoraba. Dicen que Franco le negó una condecoración diciendo: "A los espías se les paga, no se les condecora"».
EL REY Y LA REGENTA.
A don Juan Carlos le encanta hablar de sus competiciones deportivas, pero no es una persona a la que le apasionen los asuntos culturales. Una vez, con motivo de unos premios «Príncipe de Asturias», Carlos Cecchini quiso entregarle una encuadernación especial de «La Regenta». El Rey no tenía hueco en la agenda y costó encontrar el momento. «Por fin bajó un poco a regañadientes y Bibi pudo entregarle el libro. Y cuando regresaban al piso de arriba del Reconquista el Rey le dijo a Sabino: «Pero, ¿quién coño es esa Regenta».
LA PASIÓN DE LA REINA.
Definir a doña Sofía como «una gran profesional», como se hace en boca del Rey en la biografía de Juan Carlos I escrita por José Luis de Vilallonga, resultó muy desafortunada, en opinión de Sabino, para quien el libro en cuestión fue «un gran error». La principal característica de la Reina es su insaciable curiosidad. Quiere saberlo todo y lo pregunta todo. Una vez hizo un viaje en helicóptero para inaugurar una presa hidráulica, en compañía del ministro de Obras Públicas, que entonces era Sáenz de Cosculluela. Durante el viaje Cosculluela comentó que la presa a la que iban era la segunda más grande del mundo. «¿Y cuál es la primera?», preguntó la Reina, pero el Ministro no supo contestar. El viaje no se pudo concluir a causa de la niebla y hubo que repetirlo otro día. Cosculluela iba preparado. Le dijo a doña Sofía que la presa más grande del mundo era una de Grecia, y le dijo cómo se llamaba. Y la Reina preguntó: «¿En qué provincia está?». La Reina tiene fama de melómana y le programan conciertos. No se sabe por qué razón ha prosperado la idea de que le encanta «La Pasión según San Mateo» y se la han programado un montón de veces. «Y es una obra que detesta».
EL PRÍNCIPE.
Don Felipe, en opinión de Sabino Fernández Campo, es una persona preparada y con criterio. «Sabe mucho». «Es muy diferente a su padre, que es más bien una persona de intuiciones». Por aquel tiempo estaba en su apogeo el noviazgo del Príncipe de Asturias con Eva Sannun. Sabino, con el total respaldo de su mujer, se mostró totalmente contrario a aquel matrimonio.
LETIZIA, SOBREHUM ANA.
«Ellos son de otra especie y resulta difícil integrarse en su mundo». Esa reflexión sobre la Familia Real figuró también entre las reflexiones que Sabino Fernández Campo dejó en el aire en aquella tarde de 2001. La volvería a reiterar cinco años después, en octubre de 2006, en el mismo escenario, esta vez con motivo de una cena tras una conferencia -«Recuerdos ovetenses»- pronunciada en el Club Prensa Asturiana, con una asistencia multitudinaria. De nuevo le acompañaba su mujer. «Son de otra raza», dijo Sabino Fernández Campo para referirse a la realeza. Letizia Ortiz ya formaba parte de la Familia Real. «Está haciendo un esfuerzo sobrehumano para integrarse en su papel», opinó.
Sabino conservaba un aspecto magnífico y exhibía un cáustico humor, a través del que filtraba una percepción lúcida y amarga de los hechos, entre ellos muchos a los que había asistido muy cerca o le habían afectado. A sus 88 años seguía siendo dueño por completo de sus palabras. De las que podía pronunciar y, sin duda, de las que podía escribir. ¿Hizo esto último? Hamlet, en el momento de la muerte, exclama: «El resto es silencio». ¿Callará para siempre Sabino Fernández Campo?