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Arrodillados sólo ante Dios

El solemne funeral por Sabino Fernández Campo en Oviedo tuvo al tiempo la sencillez de los cristianos de base

 
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María Teresa Álvarez mira al cielo, en la puerta de la Catedral de Oviedo, donde, inmediatamente después, se celebró el funeral por su marido, Sabino Fernández Campo. / miki lópez
María Teresa Álvarez mira al cielo, en la puerta de la Catedral de Oviedo, donde, inmediatamente después, se celebró el funeral por su marido, Sabino Fernández Campo. / miki lópez 

Javier NEIRA

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Doce minutos después de la ovación que había estallado al llegar el féretro del general Sabino Fernández Campo al frente de la pedrera de la Catedral de Oviedo empezaba el solemne oficio de la misa, presidida por el obispo Raúl Berzosa.

En esos doce minutos, los ciudadanos recibieron con una salva de aplausos el cuerpo inerte de tan distinguido asturiano, los familiares contuvieron a duras penas las lágrimas, las autoridades formaron en el cortejo fúnebre, ocho canónigos acompañaron el duelo, seis nietos del conde de Latores portaron el féretro hasta la inmediatez del presbiterio, los fieles desbordaron los cordones de respeto que festoneaban el templo y la marcha «Antón el neñu», interpretada primero por dos gaiteros, llevó la emoción a los niveles más altos de una tarde que había arrancado a las cinco, como siempre ocurre en las suertes supremas, así que en la música, luego en los sentimientos más hondos, se mantuvo el listón de nuestros sones tradicionales a la altura de las composiciones de los grandes maestros europeos y sus cantatas o canciones sacras, sean luteranas o romanas, que se oyeron después.

En el nombre del Padre y del... En el primer banco, del lado del Evangelio, María Teresa Álvarez, viuda ya de Sabino Fernández Campo, los hijos del general y otros familiares. Siguen la misa activamente, responden a los cánticos litúrgicos, participan e incluso la condesa de Latores lee la Epístola.

En el primer banco contiguo, las autoridades: la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega; el presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces; el alcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo... su religiosidad parece más interna. A la hora de la comunión, ese banco a su vez se subdivide: la derecha comulga; la izquierda, apenas.

Funeral de cuerpo presente y memoria viva del fallecido. El Coro de la Fundación Príncipe de Asturias ataca el «Introito y Kirye» del «Réquiem» de Fauré y es imposible no rememorar las citas del finado que hablan del templo donde lo están funerando. «Desde cerca de mi casa se produjo parte de los bombardeos. Vi los impactos en la Catedral: espantosos», dejó dicho, sobre el 34, en sus memorias.

Es fácil, asimismo, imaginarlo desde niño en las grandes solemnidades de la Catedral, la bendición ritual con el Santo Sudario, la distribución piadosa del agua de la hidria, el canto del tradicional miserere, la venta en el atrio de «les paxarines» afortunadas. Memento homini: todo se ha consumado.

El carácter institucional de la ceremonia es evidente, pero del envaramiento que se presumía se pasó a una misa tan común como sentida. Sin duda, influyó la personalidad de María Teresa Álvarez, profundamente religiosa y, por eso, con la soltura de quien está en la iglesia como en su casa. Al final, con serenidad y corazón, dio las gracias a todos desde el presbiterio.

El obispo Berzosa anunció: «Junto al cuerpo ya sin vida de nuestro hermano Sabino, encendemos esta llama». En las lecturas, se repitió un hermoso estribillo -«espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida»-, y el deán Ángel Pandavenes leyó el Evangelio con palabras de profecía y esperanza: «El que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna y que yo lo resucite en el último día».

En la homilía, el obispo Raúl Berzosa, como siempre: ordenado, preciso, claro, hondo y conciso.

Recordó las recientes palabras de María Teresa Álvarez cuando se agravaba la salud de su marido -«está en manos de Dios»- y subrayó que se trataba de la afirmación de una creyente. Dicho lo dicho, Berzosa proclamó: «Los que estamos hoy y aquí no celebramos el final de nada ni de nadie. Nos hemos reunido en este templo catedralicio, primero, para dar gracias al Dios de la vida por la existencia de este ilustre ovetense y, principalmente y sobre todo, para pedir por él, por si necesitara de nuestras plegarias. De lo contrario, volverán con creces a nosotros».

Si habla un obispo mientras celebra una misa en una catedral, es evidente el hondo sentido cristiano de sus palabras. Pero, por encima de lo obvio, el ambiente de la misa funeral de la tarde de ayer era especialmente religioso, sin duda por la fe de la familia del general Fernández Campo, encabezada por su viuda.

Berzosa, que además de pastor y teólogo podría ser un buen periodista, entresacó frases y momentos de Fernández Campo logrando un mosaico muy indicativo de la personalidad del conde de Latores. «No me quejo por ser viejo, sino de las cosas que le suceden a uno por ser mayor, en este caso ver morir a sus hijos», o también «soy optimista, el optimista proclama que vivimos en el mejor de los mundos; el pesimista teme que así sea», o asimismo «todo llega, todo pasa, todo se arregla», o por fin «el Rey es una persona llena de humanidad y dotada de lo que podríamos llamar inteligencia aplicada; doña Sofía es una mujer excepcional, a la que quiero con todo respeto y admiro como persona».

El prelado añadió: «Pero don Sabino, y es lo que quiero resaltar como obispo, por encima de todo fue un creyente, un profundo creyente». De las varias frases que recogió de Fernández Campo, el propio Berzosa destacó una pronunciada por el general en el club de LA NUEVA ESPAÑA ahora hace un año: «He servido a la Corona con total entrega, aunque para mí el único rey es Dios y sólo ante Él me arrodillo».

El coro, dirigido por José Esteban García Miranda y con Adolfo Gutiérrez Viejo al órgano, interpretó el «Liberame Domine» también del «Réquiem» de Fauré, con el barítono José Antonio Carril como solista.

Durante la distribución de la comunión cantaron el «Ave Verum» de Mozart y la cantata «Si un día tengo que morir» de la «Pasión según San Mateo», de Bach.

Ya en el final de la misa, las palabras de agradecimiento que dedicó a todos María Teresa Álvarez, y el canto del himno de Covadonga: «Y en ella está el alma del pueblo español». En las despedidas y últimos pésames, con todos en la calle, la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega consoló muy afectiva a María Teresa Álvarez: fue el abrazo del Estado.

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