JAVIER CUERVO
Quiere volver el sifón, pero como cosa fina. En una de éstas regresa el hule. El sifón era un eructo acorazado, el hermano machote de la gaseosa, la bombona de gas de los refrescos de los tiempos «Cuéntame». Estaba allí, encima de la mesa, con su cota de malla como «El capitán Trueno» de las bebidas, con su presencia de robot de tebeo inglés oscuro como «Zarpa de acero».
Sifón en el aperitivo de los domingos, de «Los domingos de Abc», de aceitunas rellenas de anchoa La Española ensartadas por finos esgrimistas de palillos redondos, patatas fritas de virgen local, cenicero de Cinzano, vermú de Martini, cigarrillo Goya, servilleta de papel zig-zag, expectativa de melocotón en almíbar para el postre.
Entonces no había un refresco carbonatado único y globalizador, sino miles de bebidas locales y, en su defecto o en su virtud, una nacional -La Casera- con casco retornable, caperuza de papel, tapón a presión de alambre para contener el gas, blanca o naranja. Como se apreciaban tanto las bebidas que se subían a la nariz, para los niños gaseosa, para los caballeros, lo que sea con sifón, algo que anime la calma chica.
Años después desapareció el sifón, bebida con armadura, me acabo de enterar por qué: sus válvulas, aquella cabeza de ave metálica, estaban hechas en un 87 por ciento de plomo y antimonio. Una normativa de salud acabó con todas, afortunadamente, porque el plomo, del que estaban hechas antiguas cañerías y grifos, viejas pinturas, bastantes juguetes de otras infancias y muchas cosas que acababan en la boca, envenena, sedimenta, se elimina mal y entontece, entre otros males.
Vuelve el sifón con mejor cabeza, con otros materiales, para alegrar otros aperitivos y gasear otros combinados, aportando eso que metafóricamente se ha llamado muchas veces, así en la bebida como en la economía, alegría y que sólo son burbujas.