TINO PERTIERRA
El profesor se recostó en la silla, cruzó las manos tras la nuca y cerró los ojos. Dijo: «Somos un almacén de recuerdos. Un inmenso almacén de recuerdos. Para acceder a su interior sólo necesitamos un sabor, un olor, un sonido. Y nos vemos trasladados a un pasado que aún late en nosotros con la intensidad de un presente al que aguarda un futuro de nostalgia, o melancolía, o arrepentimiento, o frustración sin paños calientes. Hurgando en nuestras heridas, o visitando nuestras zonas más luminosas, encontramos un material excelente para alimentar los fogones de la imaginación, y en nuestros aledaños nos aguarda mucha información que podemos trasvasar a nuestras criaturas de ficción. Aquella experiencia dolorosa en el colegio puede adjudicarse a otros, el placer de los sentidos puede traspasarse a la vivencia de quienes sólo existen en nuestra imaginación. Arrancamos pedazos de otras vidas para dar vida, y algunos de esos pedazos nos pertenecen. Y dejan de hacerlo al convertirlos en palabras. Ciertamente, hay obras literarias que exigen documentarse, u observar a los demás para arrancarles información, pero los primeros en ser despojados y expoliados debemos ser nosotros mismos. El siguiente ejercicio es muy sencillo: consiste en hacer una lista de sabores, olores, texturas o sonidos que nos traigan recuerdos importantes, aunque parezcan intrascendentes. Cuidado con lo que ponéis: hay una historia detrás de cada elección. Después, haremos lo contrario. Un escritor es también un usurpador de identidades ajenas, un okupa de cuerpos, mentes y almas, un intruso que hurga en las heridas de los otros, un ventrílocuo que da la voz a las vidas de los otros. Y para que ese acto de invasión sea creíble la inmersión ha de ser total en las aguas de nuestras víctimas. Es necesario convertirse en los seres a los que damos vida, no vale con quedarnos en sus afueras y contar lo que vemos. Así que, preparaos para ser otros».