Gijón, Mario D. BRAÑA
Desde 1981, todo lo que ha pasado en el tapiz de lucha grecorromana del Grupo Covadonga ha tenido que ver con Javier Iglesias Vega (Gijón, 7 de septiembre de 1957), incluida la formación del único asturiano olímpico en esta especialidad ancestral, Luis Bernardo Martínez. Desde hace 28 años, Iglesias es un reputado entrenador o, como a él le gusta precisar, un educador. «La lucha es un deporte educativo, hasta el punto de que en los institutos de Estados Unidos es una asignatura obligatoria», recalca.
Javier Iglesias ha hecho carrera en la lucha, pero ha tocado casi todos los palos deportivos: montañismo, pesca, gimnasia, ciclismo, piragüismo, buceo y lo que se tercie. Y todo por la insistencia de Alfredo Toledo, su antecesor en el Grupo, que le vio más cualidades que a otros compañeros de trabajo en Juliana con los que se había inscrito. Iglesias fue un buen luchador, pero en su categoría de entonces, 62 kilos, se topó muchas veces con el mejor de España, Miguel González.
«Más que para luchar, Toledo me sirvió de ejemplo para llevar el equipo», señala Iglesias, que en 1981 dio el paso, animado también por Manolo Llanos. Como entrenador aplicó la filosofía que mejor casa con su deporte: «La lucha es universal, la puede practicar cualquiera, siempre que se midan por pesos y categorías. Yo admito a todo el mundo, sean buenos o malos. A la gente le cuesta engancharse porque es duro, pero después le resulta difícil dejarlo».
Iglesias habla de la lucha casi con pasión de padre: «Fomenta las relaciones personales mucho más que cualquier otro deporte. No se puede enseñar con un libro, ni entrenar con un cronómetro. Tienes que estar allí físicamente, en el tapiz, a veces luchando con un tío de 1,90 y 120 kilos». Y alejado de la imagen de conflictividad: «Aquí sólo encaja la gente que es humilde y noble. Esto no tiene nada que ver con el pressing catch».
Sí admite que algunos padres acuden a él «porque a sus hijos los pega todo el mundo. Siempre les explico que en la lucha olímpica están prohibidos las patadas y los golpes. Enseñamos a luchar como si fuera un juego». Y cuando le piden consejo para un deporte que sirva para la defensa personal tira de ironía: «No conozco ninguno mejor que el atletismo, para salir corriendo en caso de necesidad».
Javier Iglesias, que se declara «grupista cien por cien», se considera un privilegiado: «Hay pocos clubes en España que tengan un tapiz permanente como el del Grupo. Siempre nos han dejado trabajar muy a gusto». Él también sabe de sacrificios, ya que durante muchos años iba a entrenar de 8 a 10 de la noche, después de jornadas laborales de doce horas en el astillero. Hasta 2004 también defendió los colores del Grupo como luchador, lo que le da pie a un curioso juego de palabras: «Fui aprendiendo a base de enseñar».
Iglesias, que estuvo preseleccionado para los Juegos de Seúl, habla con orgullo de su relación con Luis Bernardo Martínez, olímpico en Barcelona-92: «Lo importante es su ejemplo como deportista y como persona, su humildad pese a haber llegado tan alto en el deporte. Me satisface mucho que el mejor luchador de Asturias sea del Grupo Covadonga y, además, que sea mi amigo».