Ribadesella, Mario D. BRAÑA
A mediados de los ochenta, cuando Miguel Valdés volvió a su pueblo para quedarse, en Ribadesella se contaban con los dedos de una mano las mujeres que hacían deporte. Por eso, ahora, a este loco del balonmano se le iluminan los ojos mientras contempla el batiburrillo de los grupos de niñas que se mueven por el parqué del pabellón riosellano. Es su gran trofeo, el título del que puede presumir después de 23 años de dedicación. Otra forma de echar una mano a la juventud.
Miguel Claudio Valdés Bravo (Ribadesella, 2 de noviembre de 1959) cumple con su obligación diaria como empleado de banca y todas las tardes da rienda suelta a su devoción, el balonmano. Así desde 1986, cuando consiguió el traslado laboral de Cangas del Narcea a Ribadesella. «Los que llevaban la escuela de balonmano me llamaron para pitar un partido. Y hasta ahora», explica Miguel.
Miguel Bravo, un hombretón de 1,82 y 90 kilos, llegó a pesar en aquella época casi 130, consecuencia de su abstinencia deportiva en el inicio de su vida laboral. De crío, como la mayoría de sus amigos, había jugado al fútbol y hecho sus pinitos con la piragua, además de echarle imaginación con el balonmano: «Como no teníamos cancha, íbamos a la plaza Nueva de Ribadesella, pintábamos las rayas, colocábamos las porterías y a jugar».
En 1986, a su vuelta, se encontró con el lujo de un polideportivo recién inaugurado, aunque el suelo de la cancha fuese de cemento. Un buen reclamo para dar la vuelta a la grave situación que se vivía en el pueblo, con muchos jóvenes enredados en la droga. Un drama que Miguel vivió muy de cerca, tanto que hizo todo lo posible para revertirlo: «Cuando le ofreces algo atractivo, la gente joven se vuelca. Fue muy importante la ayuda de dos maestros, José Manuel y Marisa, y el encargado de mantenimiento del polideportivo, Miguel Coro».
Desde aquel momento, la escuela del Club Balonmano Ribadesella no ha parado de crecer. Las niñas de entonces llevan ahora a sus hijas a los entrenamientos, convirtiendo a Ribadesella en la Meca del balonmano en el Oriente. Y siempre, entonces y ahora, con la misma filosofía: «Es fundamental que las crías se diviertan, porque si no, se marchan. A las que empiezan sólo les pedimos tres cosas: pasar, correr y desmarcarse».
Del balonmano lúdico de las principiantes, en algún caso con sólo 5 años, va evolucionando en todos los aspectos, tanto deportivos como educativos: «A partir de infantiles, la ducha es obligatoria. Saben que tienen que cuidar el material y las instalaciones. Y que hay que dar la mano a las rivales antes y después de los partidos». Por lo general, Miguel y sus colaboradores acaban contagiando su entusiasmo a las jugadoras: «Antes de juveniles hay alguna que lo deja, pero no es lo habitual. Para ellas es un vicio».
En cualquier caso, nada comparado con lo suyo. Porque a los entrenamientos semanales se ha sumado un equipo de veteranas, en el que está su mujer, Hemi, y los fines de semana los ocupa con la selección juvenil femenina, que le condiciona hasta las libranzas en el trabajo: «Desde 1993 cojo las vacaciones entre diciembre y enero para ir a las competiciones».
Miguel se reconoce afortunado por contar con una familia que le entiende y respalda en su pasión deportiva. Conoció a su mujer jugando al voleibol. Inició a su hija en el balonmano con 6 años y ahí sigue, jugando en un equipo de Sheffield (Inglaterra), donde estudia con una beca «Erasmus». Tiene coartada incluso para ver alguno de los miles de partidos grabados de la selección. Lleva años intentando dejar el equipo autonómico, pero ha optado por rebajar su implicación en la Cruz Roja, en la asociación Amigos de Ribadesella o en el coro de la iglesia. Cuestión de prioridades.