JAVIER CUERVO
Como en España las clases eran muy rígidas se buscaron fórmulas piadosas para nombrar a los pobres sin molestarles y que pudieran seguir siendo pobres pero honrados. La expresión más detestable era la de «gente muy humilde» que se decía con la soberbia de no pertenecer a las personas «muy humildes muy humildes» (el bis era frecuente para subrayar lo piadoso y lo soberbio). Hablamos de cuando los adinerados eran «gente bien».
Ahora no hay cómo nombrar nada con propiedad. Se entendía bien ricos y pobres y. a veces, era útil añadir el matiz clase media o clases medias para distinguir entre media alta, media media y media baja. Pero ya no tiene sentido. Las clases medias ya no están en mitad de nada, por lo ricos que son los ricos y lo pobres que hacen a los demás en la comparación.
La separación entre las clases no ha hecho más que aumentar en los últimos cuarenta años, favorecida por la ideología dominante, única desde hace veinte. Ya nadie se acuerda de que la riqueza, además de inmoral, tira a hortera y más cuando afloran nuevas fortunas prácticamente analfabetas mostrándose en todo su rechinar.
El mundo es peor y tiene peor gusto. Los escenarios públicos de la riqueza son desagradables, dorados y recargados y los campeones del sistema que nos rige, los que ven refrendado su éxito con dinero sin cuento, lucen y persiguen un gusto salvaje fascinado por el destello.
Ante el estomagante espectáculo de la riqueza expresada en la acumulación de objetos, vestuario y complementos marcados por anagramas y logotipos por familias que lucen en los puertos de mar, las millas de oro de las capitales o los espacios «people» de los medios de comunicación, me pillo pensando -para mi vergüenza- que a estos promotores españoles, a estos narcotraficantes sudamericanos, a estos rufianes rusos, a estos mercaderes árabes, a estas «popstars» de Occidente y a estos corruptos de doquiera se les nota un destino muy humilde muy humilde.