JAVIER CUERVO
(Cuarto en la primera planta del Ayuntamiento de Laviana. Pesan, tallan y miden anchura de pecho de los mozos que un médico ausculta. Tres operarios, uno hace de secretario. Frente a su mesa, un chaval de 17 años).
Secretario: ¿Nombre?
Joven: Roberto Corte Martínez.
Secretario: ¿Algo que alegar?
Joven: Soy hijo de viuda.
Secretario: ¿Algún hermano varón?
Joven: Uno.
Secretario: ¿Qué edad tiene?
Joven: Un año menos que yo.
Secretario: Apto.
Joven: ¿Cómo que apto? Soy hijo de viuda y por eso se libra.
Secretario: No, porque cuando estés cumpliendo el servicio militar tu hermano será mayor de edad y podrá hacerse cargo de tu madre.
Joven (indignado): Pues me hago objetor de conciencia.
Secretario: A mí no me digas nada, eso lo solucionas en el Rubín, en Oviedo.
A Roberto Corte, estudiante vago y desmemoriado, FP1 de calderería, pinche de la construcción, se le cayó el mundo encima aquella mañana de primavera de 1979 en Pola de Laviana. Huérfano desde los tres años había crecido oyendo que nunca haría la mili. En 1965, en el pozo Barredos, un costero cayó encima de su padre y lo mató.
Camino de la barriada San José Obrero de Barredos pensaba en «Lucky», el del Serrallo, que había oído que era objetor. Roberto no era un activista, pero sí un pacifista sin buen concepto de los ejércitos. Más que nada era un mozo en tránsito cultural: de las películas de kung-fu de Bruce Lee disfrutadas en el teatro Virginia de Sotrondio, en el cine Vital de El Entrego o en el teatro Maxi de Laviana, y de los tebeos de artes marciales, de «Sang Chi, el hijo de Fu Manchú», a «El disputado voto del señor Cayo», de Miguel Delibes, sacado en préstamo del bibliobús, una biblioteca circulante en todos los sentidos.
Había hecho teatro a los 15 años, en el Club Cultural de Barredos, que tenía dentro a chavales de la Unión de Juventudes Maoístas, alevines de la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), con los que simpatizaba. Ellos le habían metido por la literatura social y política. Desde la Constitución casi habían desaparecido.
Roberto llegó rabiado a la barriada -iglesia, plaza central, 1.200 vecinos-, entró en casa y en el espacio común que era cocina y estar y todo lo que no fuera baño y dormitorios le contó a su madre lo que le acababa de pasar. Ella compartió la sorpresa y entendió el enfado, pero cuando oyó a su hijo que se iba a declarar objetor, zanjó:
-Ese disgusto no me lo das.
Y no se lo dio. Quinto del 81, cuarto reemplazo, recluta en el campamento en Colmenar Viejo (Madrid), cumplió como soldado en el cuartel de la Constancia de Plasencia (Cáceres). Esos dos destinos eran un avance para un chico que no había salido del valle del Nalón más que en los largos veranos para ir a casa de los abuelos de Armellada, entre Carrizo de la Ribera y Benavides de Órbigo, un León rural de trilla de lúpulo, con ganado y sin agua corriente. Había ido a Madrid una vez, un año antes, de trotamundos, con un amigo.
Cuando el tren con destino Madrid-Chamartín, procedente de Gijón, hizo su entrada en andén primero, vía primera, estación del Norte de Oviedo, Corte iba envenenado porque le arrancaban de la rutina confortable de familia y amigos. Así seguiría los tres primeros meses, pero, al tiempo, se vio superando su primera experiencia de convivencia colectiva en aquellos barracones con dormitorios de 70 literas, hizo amigos nuevos de distintas partes de España, escapadas a Salamanca y Madrid algunos fines de semana.
Entre los toques de diana, fajina y retreta organizó el grupo que representó el paso de «Las aceitunas», de Lope de Rueda, en la semana cultural, y se atracó a leer en la inimaginable biblioteca del cuartel, con sus obras completas de Aguilar. Por encima del manejo de morteros de calibre 81 milímetros, de la vida militar y del uso del mando aprendió a apreciar la sociedad civil y el Estado de derecho.