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Un momento vital

Pablo Ardisana regresa al paraíso cada primavera

El poeta evoca su infancia feliz en el llanisco valle de San Jorge entre chiquillos y mujeres acogedoras
Poemas en la adolescencia, poeta en la madurez

 
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A la derecha, Pablo Ardisana, con su hermano José María, el 9 de mayo de 1946, día de la Sacramental, en Hontoria.
A la derecha, Pablo Ardisana, con su hermano José María, el 9 de mayo de 1946, día de la Sacramental, en Hontoria. 
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En los años que van de los asombros a los desengaños Pablo Ardisana fue feliz por entero. El poeta fue niño en el llanisco valle de San Jorge durante los años cuarenta del pasado siglo y cada primavera el canto de los pájaros y los olores de la floración le devuelven a esa época con una nítida remembranza.

JAVIER CUERVO El momento se repite cada primavera en el valle de San Jorge, cuando empiezan a cantar los miruellos, los malvisos, los raitanes y el cuquiellu y florecen los cerezales con su olor finísimo y los manzanos con ese aroma que es la vida entera. Entonces el poeta Pablo Ardisana regresa a la infancia, el paraíso del que fue expulsado cuando le despojaron de la fe en los Reyes Magos y del acogimiento, se acabó el juego y se fue a la adolescencia, encantado de lo que creía saber.

Nació en Hontoria, pero fue criado en Cardoso y en Cuerres aprendiendo el hecho diferencial de cada núcleo, por pequeño que fuera y próximo que estuviera del anterior y del siguiente. Los de Hontoria eran más señores porque a la iglesia, el cura y la escuela le añadían la colonia de indianos; los de Villahormes eran menos pudientes y con más sentido del humor, y los de Cardoso menos pudientes todavía y con más sentido del humor aún.

En Cardoso estaba abuela, casa Femia, vivienda campesina; probe, pero con buenas cocineras. En la cocina de llar, calamiyera a la viga y sobre las trébedes, jervía lento un pucherín de jabas. Eran habas de primera, como mucho, acompañadas por un poco de chorizo, pero no tenían el prestigio de los garbanzos, que venían de fuera.

El fuego natural de leña era de mucho humo y de mucho cuidar, subía y bajaba y alrededor de él Pablo, que era Pablín, Paulín y Paublín, oía a la abuela y a las tías hablar de todo, de «los tiempos normales» y de la guerra. Aunque la familia era muy de derechas y religiosa, tuvo un hijo preso por republicano y no repartía la bondad por bandos: había buenos de aquí y de allá y los peores eran los chaqueteros, por delatores. Al calor del fuego de leña oyó contar que la bisabuela, Ramonina Victorero González, había visto bailar al diablo en una pila de hojas secas.

Por Cardoso pasaba la carretera y, aunque se veían pocos coches, había probes de caleya y carros con gitanos, y los gitanos llevaban monos. Por Villahormes pasaba la carretera y paraba el tren, y los domingos, después de misa, iban a la estación a ver caras en aquella media docena de vagones de madera retacados de viajeros que arrastraba una máquina de vapor, la 47 o la 49.

Para Pablín no había mejor juguete que el río Santecilio, que nace en las faldas del Texedu, pasa por Los Carriles, Güerbu, Cardoso, Hontoria -donde se llama Riboria- y desemboca en la playa de la Güelga cuando llega, que no es siempre y menos desde que se lo beben los eucaliptos. Su Santecilio es el de Cardoso, que tenía pozos para bañarse, truchas y anguilas para ver y pescar y era donde lavaban las mujeres y bebían las vacas. El río era para mirarlo, para entrar, para tirar piedras, para ver peces, para seguirle las corrientes. En las rasas de cuarcita los fondos son rubios.

En la mar, Paulín desplegaba la mirada horizontal e interminable y las aletillas de la nariz para el olor. La playa estaba llena de vida, de bígaros y de cáscaras y por la desembocadura del río subían llubinas, muiles y rodaballos. Los prados nacían entonces junto a la mar y en primavera se llenaban de zapatinos de la Virgen, rosalinos silvestres, oriégano, manzanilla, té, madreselvas y llagartos verdes, culiebres, codornices, alondras y unas mariposas de un azul grisáceo con fragilidad y belleza de joyas.

Nevaba todos los años, en enero y en febrero, y en marzo caía una nevadona. El padre de Paublín, maestro en Cuerres, opinaba que el día que no llovía era mal día. Pablo aún lo cree por ese momento en que aparece el Sol y es como un diamante, y lo creía de niño porque cuando paraba y bajaba el agua por los caminos se hacían presas y carreras de piraguas hechas a navajina con leña de ablanu.

La docena de niños que había entonces en el pueblo iba de aquí para allá como una bandada de pájaros, también detrás del balón. Por saber más de fútbol Ardisana aprendió a leer, él solo, en «El Marca». Su sportinguismo viene del año en el Sanatorio Marítimo de Gijón, 1950-1951, cuando Aquilino Hurlé le operó de las rodillas y Sión, Tamayo, Castillo, Germán, Medina, Molinucu, Cholo, Ortiz, Prendes, Campos y Sánchez subieron al equipo a primera con más de cien goles.

En la adolescencia, cuando supo que no podría jugar al fútbol con lo que le gustaba ser portero, empezó a notar que entraba en un mundo en el que era una persona al margen. Lo expresó luego con hielo economicista: no entraba en el modo de producción; no podía vender la fuerza en una sociedad en la que, sin fuerza ni talla física, no vales ni para el matrimonio ni para la artillería.

Pero a un kilómetro de la general que va de Cardoso a Rales por Los Carriles, antes de llegar a Güerbu, a un lado las rasas, al frente la ería y el cueto de Colomba y al fondo el mar, viendo prados, encinas y colinas, el murmullo de pájaros y el canto de gallos lo llevan a un entonces con voces campesinas y mujeres irrepetibles y generosas, como la tía Elvira, una vieja de Cuerres, 90 años, que decía: «Paulín e muy agudu». Paulín no entendía lo de agudu pero sabía que no podía ser nada malo.

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