TINO
PERTIERRA
Apenas cruzó el portón que permitía acceder al patio del hotel, Lucía supo que la elección había sido un acierto. Y nunca se equivocaba cuando daba todo el poder a sus instintos. Bajó del coche justo cuando el sol empezaba a desvanecerse dejando una huella de oro ensangrentado. Odiaba deshacer maletas tanto como hacerlas, así que las dejó sobre la cama y decidió aprovechar las primeras sombras de la noche para descargar el cuerpo de tensiones y fatigas. El silencio era tan absoluto alrededor del edificio que, por un momento, creyó que tenía los oídos taponados. Caminó por un sendero sintiendo que el aire fresco entraba por sus venas y se colaba por sus neuronas a modo de desatascador concienzudo. Los olores del campo también ayudaron a arrancar las costras de indiferencia hacia el paisaje que la vida en la ciudad había formado en sus sentidos. Se detuvo junto a un pequeño lago y, en un arrebato que pertenecía a un recuerdo que creía olvidado, se agachó, recogió una piedra y la lanzó contra la superficie del agua. Uno, dos, tres suaves golpes antes de hundirse. Bueno, sonrió, no estaba tan mal, treinta años después aún conservaba la habilidad. Su huida de las garras urbanas empezaba a encontrar su razón de ser más allá del arrebato fraguado en una crisis de vida gastada y disgustada. Estaba sola, pero no se sentía mal. Alejada de sus obligaciones y urgencias, el mundo perdía para ella su condición de enemigo al acecho, empeñado siempre en recordarle la pérdida de tantos sueños, y se convertía en un escenario nuevo y brillante donde todo era posible. Incluso, olvidar. Incluso, empezar de cero. No, de cero no: había vivido lo suficiente para saber que un fracaso no es lo mismo que una renuncia, y ella estaba dispuesta a renunciar a todo lo que podía conducirla a un éxito del que avergonzarse. Volvió al hotel para que el frío no se encaprichara de ella y se refugió en el salón. Un piano la aguardaba. Se sentó y sus dedos temblaron en el aire.