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Un momento vital

Mudanza de independencia de Antonio Bascarán

El oftalmólogo preparaba su futuro en Santiago cuando fue reclamado por su padre a un Oviedo que le parecía triste
Un jubilado al que le faltan horas

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Mariló, con Marta, Carmen y Covadonga en Puerto Cariño (La Coruña) en un verano a mediados de los años setenta.
Mariló, con Marta, Carmen y Covadonga en Puerto Cariño (La Coruña) en un verano a mediados de los años setenta. 
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El oculista Antonio Bascarán, un optimista que olvida los malos recuerdos, rememora a su primera hija muy pequeña y a su mujer embarazada a término y se ve con 28 años, en un día radiante, y la fuerza y las ganas de estrenar la independencia médica y de subir sus muebles a un principal de las casas del Cuitu.

JAVIER CUERVO
Mariló Fanego bajó de la vieja furgoneta aparcada frente a las casas del Cuitu, en la calle Uría de Oviedo. Llevaba bien cogida a su hija Carmen. Su marido, Antonio Bascarán, que se había adelantado caminando, la encontró guapísima con el vestido azul y aquel embarazo que, dos días después, sería Covadonga, su segunda hija.

El día de Covadonga de 1968, Bascarán, 28 años, capitaneaba la mudanza a su primera casa y clínica oftalmológica, ayudado por «un curiosu» vestido de mahón que le había recomendado el portero de su anterior vivienda en García-Conde.

En la furgoneta se apilaban los enseres de su apartamento de recién casados, 45 metros cuadrados, que había que subir a la que había sido la casa del pediatra Paulino Prieto, 268 metros cuadrados recién pintados y arreglados por Carlos Cabal Camporro, obrero de toda confianza.

Los cien metros que asomaban a la calle Independencia, con cocina, tres pequeños baños, sala de estar, salón y cuatro dormitorios, iban a ser la vivienda de una familia que, sabían, aún no estaba completa.

Dando a los balcones de la calle Uría, detrás de figuras, estaría la clínica oftalmológica con su sala de espera y su sucesión de consultas. En este magnífico edificio de 1917, en cuyo principal iba a asentarse, el ascensor era un añadido que paraba entre plantas. Entre el entresuelo y el principal (si se quería subir) o entre el primero y el principal (si se prefería bajar). Muebles y escaleras.

Con un préstamo del Herrero, Bascarán se instalaba por su cuenta y tenía que pagar salario a una contactólogo, un oftalmólogo y dos auxiliares de clínica. Se había ido de la consulta de su padre, sin ruido y sin disgusto, después de proponerle montar una clínica mayor.

-Lo hablé con Los Álamos.

-¿Tienes dinero?

-No.

-¿Quieres hacerlo con mi dinero?

-Sí.

-Pues no.

Antonio Bascarán Collantes, nieto de médicos, hijo de oculista, era el segundo de una familia en la que los cinco primeros hermanos quedaron huérfanos de madre siendo niños y supieron poco de mimos. Su padre se casó por segunda vez y tuvieron dos hermanos más.

Su padre, Antonio Bascarán Asúnsolo, ovetense singular, vicepresidente del Real Oviedo con Francisco Silvela, vicealcalde con Valentín Masip, había hecho socia de la Filarmónica a toda la familia y obligó a cada hijo estudiar un instrumento (Antonio, violín). Para su hijo Antonio era un profesional brillante promediado con buen vividor: escribía, iba a los toros, frecuentaba la tertulia del Café Peñalba pero podía ser austero hasta extremos dramáticos. Le había visto hacer montoncitos de dinero para que los hijos estudiaran, pero les negaba una perrona para una chuchería.

Cuando Antonio Bascarán Collantes, después de José Ramón, se convirtió en el segundo hijo que quería estudiar oftalmología, le advirtió: «Cuidado, que esto no da para todos». Pero le dejó estudiarlo. Los dos hermanos iban a Santiago en el Alsa, que tardaba trece horas en llegar, con la hora de parada en Ribadeo y los 90 minutos en La Coruña.

El estudiante Antonio Bascarán fue feliz, tuvo profesores estupendos y animada pandilla de amigos vascos; corrió juergas indescriptibles, perteneció al orfeón, a la tuna y al grupo de teatro de la Universidad, y fue el delfín, en la oftalmología y en la vida, de Manuel Sánchez Salorio, maestro y referente. Con él iba a quedarse de adjunto a la cátedra, al acabar la tesis, cuando su padre le reclamó desde un Oviedo que le parecía gris, triste y sin alicientes. La educación recibida no le permitió al joven oftalmólogo sentir contrariedad ni, mucho menos, expresarla. Además, su padre le parecía un artista de cine; tanto lo admiraba. Siendo ambos adultos e independientes, lo trató como un amigo sin límite en la confianza,

Un día de noviembre de 1967, el siguiente a las trece horas de Alsa del regreso, en una habitación que había adaptado para consulta con el correspondiente instrumental, su padre le dio una de sus batas y, desde entonces, Antonio pasó de ser el doctor Bascarán -como le llamaban en el Hospital Clínico de Santiago- a ser el hijo de Carmina y a dar un rato de conversación antes de mirarle el ojo a nadie.

Un par de veces vino a verle Mariló, la novia gallega, estudiante de Historia, hija de farmacéutica y de conservero, que llamaba la atención en Oviedo por guapa y por moderna, con aquel peinado y aquella falda.

-A ver, don Antonio, me voy a casar con mi novia de Santiago, anunció a su padre.

-Es cosa tuya.

A los seis meses se casaron en Puerto Cariño, junto a Ortigueira, y se fueron seis días a Mallorca con 200 pesetas. Regresaron el domingo y el lunes volvió a ponerse la bata. Después de seis meses asalariado por su padre, le propuso la clínica que rechazó.

El día de Covadonga de 1968 cuatro muebles que acarrear por unas escaleras no eran un problema.

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