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Un momento vital

Juan Gona pegó el estirón cuando llevó a Berlanga a la tele

El productor audiovisual saltó de la publicidad a la ficción con la serie «Villarriba y Villabajo»
De los cortos a Astur Plató

 12:06  
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Juan Gona junto a Luis G. Berlanga en la presentación de la serie.
Juan Gona junto a Luis G. Berlanga en la presentación de la serie. 
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La llamada del cine le llevó a Madrid, que le situó en la publicidad y le colocó en producción. El productor audiovisual Juan Gona recuerda cuando, acabado el rodaje de un «spot», vio la oportunidad de hacer TV junto al cineasta Berlanga y su vida pegó el estirón.

JAVIER CUERVO Era viernes y todo estaba terminado en Sepúlveda (Segovia) pero Juan Gona le preguntó al ejecutivo de Procter & Gamble y a José Luis García Berlanga, «Berlanguita» para el cine, si les apetecía regresar a Madrid o preferían quedar una noche más en el hotel.

Verano, 1989, treintañeros, fin de cuatro días agitados por la desordenada intensidad de un rodaje para conseguir 20 segundos de publicidad que hicieran creer a España que el milagro antigrasa existía y se producía en el torneo de paellas de Villarriba y Villabajo. Para esos veinte segundos que costaron 80 millones de pesetas de producción hizo falta llenar de gente una plaza entera, comprar cientos de cochinillos que después se regalaron al convento y montar una falsa fiesta de gigantes y cabezudos.

Juan Gona se había independizado hacía poco como productor de publicidad. Había trabajado en Key Bay, una productora publicitaria de mucho nivel que hacía seis «spots» a la semana con realizadores ingleses y americanos. Esa agencia le había llevado a Los Ángeles a moverse por los estudios de la Paramount con un carrito de golf destinado a ejecutivos de postín para rodar un anuncio de Panrico entre el escenario de «Star Trek» y la calle de Nueva York años treinta y podía contar que en los baños de un hotel de Beverly Hills había meado codo con codo con Robert Mitchum y que el actor le había dicho en castellano «me gusta mucho España», pero la etapa de trabajar para otros había pasado. Ahora, a los 37 años, casado, con dos hijos de 2 y 5 años, tenía su propia productora de publicidad.

José Luis Berlanga, el hijo del director Luis García Berlanga al que el cine español debe las mejores comedias, era amigo de Juan, más o menos de la misma edad y se entendían bien. El empleado de Procter & Gamble, un mexicano también treintañero, de trato fluido, representaba a la empresa que tenía registrado Villarriba y Villabajo, un concepto de un creativo publicitario español que se usó durante años en varios anuncios de los tiempos de la TVE del monopolio.

En la cena en el hotel cayó otro cochinillo acompañado de vino y, después, la noche agradable de verano los sacó por los bares de la villa de Fernán González, el conde de Castilla, y en algún momento Berlanguita comentó que Villarriba y Villabajo era un gran concepto para una serie de televisión y, cabe reconocerle en el uso toda propiedad, que era «muy berlanguiano».

Gona le tomó por la palabra se ofreció a producirlo si lo hablaba con su padre y si la multinacional encontraba una forma de explotar la idea.

Lo que manó aquella noche de viernes afectaría al nuevo panorama televisivo que traería la competencia con las cadenas privadas; Gona pasaría al cine al que, desde unos cortos primerizos y unos documentales con Pelibat en Asturias casi diez años antes, siempre había querido llegar y, meses después, un grupo de profesionales que hasta entonces eran los segundos de algo, los ayudantes de alguien, dieron el salto profesional a titulares: directores, productores, decoradores, iluminadores?

Pero lo que sucedió casi a continuación fue que, con cita previa, Juan Gona se presentó el lunes en un chalé de Somosaguas, cruzó el jardín, le abrió la puerta Juana, la cocinera, y en el gran salón con ventanal y vistas al jardín y a la piscina, se encontró repanchigado en el sofá a Luis García Berlanga.

El director de cine frisaba los 70 años y lo último que había estrenado era «Moros y cristianos» en 1987. Le acompañaban María Jesús, su mujer, y José Luis, su hijo. Estuvo amable y receptivo. Le pareció una idea estupenda que le acercaba a la televisión, un medio en el que nunca había trabajado.

Con el sí del director de «Bienvenido, mister Marshall» y el compromiso de que en una semana estarían los primeros bocetos, se fue a la multinacional Procter & Gamble, donde estaban acostumbrados a los medios y a las ficciones. Como patrocinadores fueron los creadores de las «soap opera», los seriales, en la radio y en la televisión y de informativos como el matinal «Good morning, America» de la cadena Abc.

La multinacional quería hacer un «barter» con TVE, un intercambio por espacios publicitarios para los más de treinta productos, desde detergente a tampones, que comercializaba en España.

Con los primeros bocetos de Berlanga, que desarrolló los conceptos principales de la serie, Gona fue a ver a Jordi García Candau, director general de RTVE, que aprobó en el acto echar adelante una serie que llevara la marca de Berlanga.

Así empezó una sociedad que unió a Gona y a los Berlanga durante dos años, que les permitió ganar buen dinero y le hizo ver al maestro una vez por semana. Disfrutó de su humor, aprovechó la oportunidad de su exigencia y le mantuvo en la forma mental que precisa seguir una cabeza tan ágil.

«No es una obra de arte, es una industria» fue una de las frases que oyó repetir al maestro. «Hay que hacer industria» fue su propósito. Abordaron la serie desde el punto de vista de la producción. Bajaron el precio de la hora de televisión a la mitad: de 120 a 60 millones.

El resultado fueron 26 capítulos de 60 minutos, rodados con dos unidades y en formato de cine, que alcanzaron audiencias de siete millones de espectadores.

En Colmenar de Oreja, una población de tres mil habitantes situada al sur de Madrid, carretera de Valencia, se recuerda que casi un centenar de personas del cine trabajó allí todos los días durante dos años. Entre ellos estaban Ana Duato, Juanjo Puigcorbé, Alfonso Lusón, Ángel de Andrés, María Isbert, Pilar Bardem o Norma Duval.

Veinte años después de que algunos vecinos hubieran cobrado 50.000 pesetas a cambio de que dejaran pintar su casa para la serie aun quedan fachadas amarillo albero o azul, los colores que distinguían a Villarriba de Villabajo.

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