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El Trasluz

Saber qué hacer

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JUAN JOSÉ MILLÁS Poblado por el doble de habitantes de lo que sus recursos eran capaces de soportar, las autoridades de aquel país decidieron que en adelante cada dos personas constituirían una sola unidad individual. Tendrían un solo nombre y un solo apellido, un solo carnet de identidad y de conducir, una sola tarjeta de crédito, una sola profesión, una sola vivienda, y gastarían (tanto en comida como en ropa, ocio y demás bienes de consumo) lo que un solo individuo, pese a ser dos. Normalmente, los hombres se asociaron con hombres y las mujeres con mujeres, de modo que aunque en los matrimonios intervenían dos parejas, los gastos eran idénticos a los de una. Gracias a estas medidas, aquel país redujo enseguida su deuda externa, mejoró su PIB y creció hasta situarse en los niveles de los países más ricos del mundo. Entre tanto, las nuevas unidades familiares habían comenzado a tener hijos que llamaban papá, en singular, a los dos hombres que actuaban de padre, y mamá, en singular también a las dos mujeres que los habían parido. Esta situación, tan buena para la economía, acabó provocando patologías graves en las relaciones de la población con el sistema métrico decimal, sobre todo cuando los niños menos dóciles comenzaron a preguntarse por qué dos hombres o dos mujeres eran un solo hombre o una sola mujer, mientras que dos plátanos o dos filetes de carne eran dos plátanos o dos filetes de carne. Llegados a este punto, el Gobierno no tuvo más remedio que admitir el engaño en el que habían vivido, de forma que las parejas que habían formado un solo individuo se desdoblaron para convertirse de nuevo en dos, cada uno con su carné de identidad y de conducir, y con su propio nombre y su propia profesión y sus propios gustos gastronómicos, literarios o cinematográficos. El problema es que al aumentar las bocas sin que se multiplicaran los recursos, la prosperidad de la que el país había venido disfrutando se vino abajo una vez más. Pero para entonces ya habían llegado al poder los jóvenes airados que habían descubierto que si dos plátanos eran dos plátanos, dos hombres deberían ser dos hombres. Sin embargo, no sabían qué hacer.

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