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El abogado más longevo de España

El gallego Manuel Souto Cacabelos, de 99 años, no tiene pensado jubilarse «hasta que resuelva unos cuantos asuntos pendientes»

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Souto, en un gesto acusador. / daniel atanes
Souto, en un gesto acusador. / daniel atanes 
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Vigo, Salvador RODRÍGUEZ

«¡Pues, sí, la de cosas que he visto ya!», asiente Manuel Souto Cacabelos (Santa Mariña de Bora, Pontevedra, 1910), que cumplirá 100 años el próximo 29 de julio. Souto Cacabelos, que ha tomado parte en miles de casos, se ha convertido en sí mismo en todo un caso, y no ya sólo por su capacidad de supervivencia física y mental, sino también profesional: «Todavía me quedan unos asuntillos pendientes y, claro, como son de clientes de toda la vida, intentaré resolverlos».

Y lo hace, y lo hará, además, solo, «porque he de confesarte que yo nunca he tenido secretario ni secretaria. Es que -explica- no me fío, sobre todo, desde que en una ocasión un colega me contó que le había encargado un caso a su secretario y éste hizo un auténtico disparate. Así que si ya de por sí yo ya no era muy partidario de delegar, desde entonces, menos. En ese sentido, he sido como una especie de Llanero Solitario».

«Hay que ir donde el abogado de Laxas, porque estudia bien los asuntos y no se vende...». Este dizque-dizque popular que empezó a correr por la comarca cuando él residía en la aldea de Laxas se ha convertido, con el paso del tiempo, en el lema que Manuel exhibe orgulloso, porque «efectivamente, yo siempre me he caracterizado por estudiar muy bien todos y cada uno mis asuntos y, por supuesto, jamás me he vendido».

Hasta los 65 años Souto Cacabelos compaginó su profesión de abogado con la de maestro de escuela, que también fue el oficio de su actual esposa, Dora («que sólo tiene 97 años»), de manera que, fuere por una labor o por la otra, anduvo trasegando de un pueblo a otro de las provincias de Pontevedra y Orense. Puede comprenderse que ante una persona de 99 años haya que matizar conceptos como «guerra» («¿Qué guerra: la de España, la Primera Mundial, la Segunda...?»), o «dictadura»: «¿Te refieres a la de Primo de Rivera, la del padre del que luego mataron? Pues don Miguel era un hombre muy honesto, lo que pasa es que a muchos monárquicos no les caía bien, por eso después apoyaron a los republicanos, pero gracias a él se acabó con la guerra de África. Es que a los españoles no hay quien nos entienda, ya lo dijo Amadeo de Saboya». En la Guerra Civil -concretemos- Manuel Souto pisó el escenario de algunas de las principales batallas (Asturias, Teruel, Guadalajara, Madrid...) más, confiesa, «desde la retaguardia. Es que reconozco que tuve mucha suerte, tampoco lo pasé tan mal. Como entendía de papeles, me ascendieron primero a cabo y después a sargento. Me trasladaron del Batallón de Artillería de Pontevedra a la Brigada de Sanidad de La Coruña, pero yo no era de los que recogían muertos o heridos en las camillas, sino que me ocupaba de la documentación».

Aun así, una guerra es una guerra, y a Manuel no se le olvida un compañero suyo que se puso malo y nadie sabía de qué hasta que un día el sargento, que era psiquiatra en la vida civil, espetó: «A este hombre no le pasa nada... Bueno, sí que le pasa: que está enfermo de miedo y... bien, la verdad es que ésa es también una enfermedad». Luchó Cacabelos Souto, de reclutado forzoso de la «quinta atrasada del 31», en el bando franquista, pero resulta curioso que cuando habla del enemigo nunca dice enemigo, tampoco adversario, ni republicano, ni comunista, ni rojo... No, no: para Manuel los otros eran, siguen siendo, «los contrarios». Sin embargo, no oculta sus preferencias ideológicas («a mí Garzón no es que me caiga mal, pero yo, desde luego, no iría con él a tomarme un café») ni religiosas: «A pesar de mi ya larga trayectoria profesional yo nunca he llevado dos tipos de casos: los crímenes y los divorcios. Los primeros, porque me resultan desagradables, y los segundos... bueno, le cuento: en cierta ocasión una mujer acudió a mi despacho para que le llevase el divorcio. Le pregunté qué razones alegaba y, como no encontré ninguna que me convenciese, traté de arreglar la situación para evitar que se separase de su marido explicándole las bondades de la vida en matrimonio. Al terminar la mujer me dijo: "Yo no he venido aquí a escuchar sus consejos morales; que yo lo que quiero es divorciarme". "Bueno, vale -le respondí entonces yo-, pues si quiere divorciarse no va a tener mas remedio que ir a otro abogado". Es que yo soy de los que creen que el matrimonio es para toda la vida. Como dice el cura: en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe». «¡Ah!, lo que tampoco hago es llevar pleitos en caso de que la parte demandante no tenga razón, esos también los desecho. Y si considero que la parte demandada tampoco la tiene, la defiendo, sí, pero primero le advierto de que no tienen razón y de que si por casualidad ganamos será por un descuido de la parte contraria».

Ha terciado este abogado en un sinfín de asuntos de lindes, como corresponde al territorio rural gallego en el que ha desarrollado casi toda su carrera profesional y, de siempre, ha tenido por norma hacer todo lo posible para que las partes no llegasen a juicio: «Evité muchos pleitos a base de convencer con argumentos, a los que casi siempre me contestaban con un "bueno, pues si usted lo dice..."»; pero, claro, cuando no había otra salida, «pues nos íbamos a juicio y, modestia aparte, que le conste que yo he ganado en casi todos». Y el primero de los asuntos, aunque no tuviera que ver con lindes, lo recuerda perfectamente: «Resulta que unos chavales le habían pegado una soberana paliza a otro. Me informaron de que por allí había un político al que le interesaba que se saliesen con la suya los agresores, y entonces yo le aconsejé al chaval que en vez de ir al médico que tenía que ir fuese a otro y que se escondiese en un sitio secreto donde nadie lo encontrase hasta que se celebrase el juicio. Así lo hizo, y ganamos el pleito, por lo que me estuvo agradecido hasta que murió.

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