23 de mayo de 2010
23.05.2010
Un momento vital

Vaudí, el brasileño en el tejado

La crisis económica y el hecho de que sus hijos no conocieran a los abuelos asturianos le trajeron a Oviedo, donde acabó dedicándose a la música
Músico desde
el siglo XXI

23.05.2010 | 14:10
Vaudí Cavalcanti, con su mujer María José, embarazada de 8 meses de su hijo Rodrigo, en el jardín de su casa brasileña, en junio de 1985.

Después de una vida acomodada y cálida en Brasil, un país que se arruinaba en 1992, Vaudí emigró con su familia a Asturias, la tierra de su mujer. Los recuerdos de un duro año y medio de adaptación le llevan a un tejado de Avilés donde trabajaba, aterido, cuando todavía no podía dedicarse a la música.

En Brasil ardía el carnaval. En el tejado de un polideportivo de Avilés, con el frío de febrero traspasando la ropa de invierno, el mono y el abrigo, Vaudí, masticaba el bocadillo de las once y se preguntaba «¿Qué cojones hago yo aquí?». Como el resto de los obreros que habían arrancado en el furgón a las 8 de aquella mañana, colocaba tela asfáltica. En Brasil ardía el carnaval.


El obrero brasileño de la empresa de impermeabilización tenía 30 años y, desde hacía tres meses, residía en el barrio ovetense de Buenavista, en casa de sus suegros, con su mujer, María José, y sus dos hijos, Rodrigo, de 7 años y Jessica, de 5.


Salvo un año de aprendizaje en Londres, Vaudí no había vivido más que en Recife, la capital del estado de Pernambuco, una ciudad de dos millones de habitantes situada en la costa noroeste de Brasil, con magníficas playas y mucha fiesta donde la temperatura de una noche del invierno tropical baja a 25 grados.


Como todos los niños recifenses, había crecido oyendo samba, bossa nova, frevo, forró, baiao. Su madre le había contado cómo practicaba la percusión en su vientre antes de nacer y su tía aseguraba que ya era cantarín en la cuna. Primero tocó la batería y luego el «violao», la guitarra española. Cantó en fiestas de amigos, tuvo grupos?


Su padre era dueño de una fábrica de playeros y tejidos y de una representación de piel y de bolsos. Había salido de muy abajo y quería que sus tres hijos, dos varones y una mujer, tuvieran cuanto le había faltado a él. Ese deseo se concretó en muchos mimos y alguna formación. Para que se enfrentaran al mundo de los negocios en la lengua franca del dinero mandó al hijo mayor a Estados Unidos y al mediano a Inglaterra.


En enero de 1983 Vaudí se instaló en Londres con su guitarra, su voz y su sentido brasileño de la vida para aprender inglés y conocer el frío y los cielos cubiertos. Siendo alumno de la Wimbledon School of English, un colegio para extranjeros, congenió con una compañera española, María José. Lo pasaron muy bien, se gustaron, ennoviaron, se comprometieron muy pronto y en diciembre de 1984 se casaron en Recife.


El matrimonio veinteañero tuvo un inicio de lujo. A Vaudí le gustaban los "boogies" y las motos. Tuvo muchas. La última, una Honda 900 Bol con la que iba de casa a la fábrica, un edificio de cuatro plantas donde trabajaban 80 personas. Él controlaba al personal y la calidad del producto en un arriba y abajo del taller de corte al almacén, de montaje a costura?


En los diez años del matrimonio en Brasil nacieron los dos hijos y, cada cierto tiempo y desde las dos orillas, se renovaba el lamento de que las criaturas no conocieran a sus abuelos maternos españoles, los padres de María José, nacida en Villablino (León) y criada en Oviedo.


En esos diez años Brasil voló hacia la democratización entre continuas turbulencias económicas causadas por una hiperinflación que distintos planes gubernamentales intentaron contener con políticas de fijación de precios y reajustes automáticos de salarios. Los dos años de presidencia de Fernando Collor de Mello, de liberalización, privatizaciones, falso control de la inflación y acusaciones de corrupción, acabaron con un bloqueo en los bancos de los activos financieros, un «corralito» brasileño.


Los Cavalcanti entraron en serios problemas y Vaudí descubrió que cuando se acaba la fiesta desaparecen los amigos. Por eso, y también para que los abuelos españoles conocieran a sus nietos, vinieron a Asturias. Esperaban que fuera un par de años.


María José y los niños llegaron primero. Vaudí pasó unos días en Lisboa visitando a unos amigos y desde allí, por la carretera con más curvas que había conocido, un Alsa le dejó en la antigua estación de Oviedo una noche de un gélido diciembre de 1992 con su maleta llena de miedo, esperanza y ropa de abrigo. Le esperaban su mujer y su suegro.


Llegaba a un país en el que entendía lo que le decían pero no sabía hablar. Sus suegros los acogieron en casa y le consiguieron el primer empleo, el que le llevó dentro de un furgón con una cuadrilla de impermeabilizadores a un tejado avilesino donde, helado, comía el bocadillo mientras en Brasil ardía el carnaval por encima de los 30 grados y del 30 por ciento de inflación mensual.

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