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El Trasluz

Límites morales

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Límites morales
Límites morales  

JUAN JOSÉ MILLÁS A ver, intento ponerme en los zapatos de Sarah Ferguson. No es fácil, porque nunca he estado casado con un príncipe, ni con una princesa, pero la ex de Andrés, con perdón por la familiaridad, tiene algo de chica de barrio, y ahí es donde podemos entendernos. Intento ponerme en su lugar entonces. Imagino que me hace falta pasta y que soy un ex miembro de la familia real británica. No es fácil tampoco pertenecer, o ex pertenecer, a ese grupo zoológico, sobre todo por su tradición sombrerera. Observas los tocados de la reina, y de sus hermanas, y comprendes que les pasa algo psicológico grave, algo que no se cura con una psicoterapia de apoyo, ni con unos fármacos.

Pero dejemos los sombreros y volvamos a Sarah. Dicen de ella que no peleó por la pensión de viudedad, o de divorcio, lo que fuera. Se conformó con poco, lo que la obliga a hacer chanchullos. No se va a poner a fregar escaleras. O sí. Sería un golpe ver a la Ferguson con una escoba en la mano. Si lady Di estuvo a punto de acabar con la monarquía inglesa fotografiándose con víctimas de las minas antipersonas, la Ferguson le habría dado el remate saliendo en los periódicos de asistenta por horas, a la puerta de las oficinas donde hace negocios su ex marido. Pero Sarah es una chica desideologizada, lo mismo le da un sistema de gobierno que otro. Ella le saca la pasta a quien puede. Si se hubiera divorciado de la república, se la sacaría a la república, con dos ovarios. Eso es porque tiene también algo de poeta maldita, algo hay en ella de Rimbaud. Traficaría con esclavos si la venta de hombres fuera un negocio, que lo es, pero hay que tener contactos.

Y ahí es donde, pienso yo mientras apuro el segundo gin tonic de la tarde, no puedo solidarizarme con ella. Me gusta el gesto que hace con la mano al falso hombre de negocios, como diciéndole: «Venga, la pasta». Pero me repugna su falta de límites. Yo, en mi barrio, pertenecía a una banda de delincuentes que tenía sus límites morales. Jamás engañábamos a los pobres tipos como Andrés. Tampoco nos asociábamos con ellos. Sarah Ferguson posee todos los atributos necesarios para haber pertenecido a mi banda, excepto que es una sinvergüenza. Y ahí es donde no nos podemos entender. Otro gin tonic, por favor.

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