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Un momento vital

Socorro Suárez fue María en Denver

La catedrática de Filología Inglesa hizo el curso 1968-69 en Denver (Colorado) fascinada por conocer Estados Unidos
El azar, Shaw y la filología inglesa

 12:17  
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La familia Noone y una más. Leslie, Barbara (la madre), Louise (la abuela), Socorro (allí María), Polly y Mark, a la puerta del 1.630 de Knox Court en Denver (Colorado, EE UU). James Noone, el padre, fue quien disparó la foto.
La familia Noone y una más. Leslie, Barbara (la madre), Louise (la abuela), Socorro (allí María), Polly y Mark, a la puerta del 1.630 de Knox Court en Denver (Colorado, EE UU). James Noone, el padre, fue quien disparó la foto. 
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Socorro Suárez Lafuente, catedrática de Filología Inglesa de la Universidad de Oviedo, hizo el curso 1968-69 en Estados Unidos no para aprender inglés sino para conocer una parte grandiosa del mundo que tres años antes le había fascinado en unas diapositivas. Estos son sus recuerdos adolescentes.

JAVIER CUERVO A comienzos de 1965 en el Instituto Femenino de Gijón, Socorro Suárez Lafuente, de 14 años, vio por primera vez unas diapositivas y, en aquellas fotografías proyectadas, paisajes de Estados Unidos captados por su profesora de inglés, Carmen Mestre, que acababa de regresar del país. «Yo no me quedo el resto de mi vida sin ver esto tan guapo», pensó la adolescente. Siguiendo lo que le había oído a su abuela -«si quieres algo, lucha por ello»- al acabar la clase, y fascinada por los rascacielos, el Cañón del Colorado y el Golden Gate, fue a preguntarle a la joven profesora qué tenía que hacer para ir a Estados Unidos. «Estudiar mucho inglés».

Estudiar no era un problema para Socorro, que sacaba muy buenas notas. Hija única de un matrimonio con tienda (él, de Pola de Siero; ella, del Somió rural), ni en su familia ni en su entorno del barrio de la Playa había bachilleres ni carreras. Una maestra le vio aptitudes y le logró una beca del Patronato de Igualdad de Oportunidades que pagaba los estudios y daba un salario. Ahí se perdió una secretaria, lo que en su familia ya era un salto social.

El inglés -que se había implantado en el instituto un año antes y que ella y sus amigas habían escogido por hacer algo diferente- era el medio para conocer otro mundo. Hasta los 17 años no podía optar a ninguna beca en EE UU, lo que le dejaba tres para imaginarse el país e informarse a través de las películas de vaqueros y las de Doris Day, del musical «West Side Story» y del Atlas. En la biblioteca pública leyó a Tennesse Williams, Arthur Miller y Ernest Hemingway.

En 1968 le concedieron una beca del American Field Service que cubría viajes y estudios, daba una paga para gastos y asignaba una familia en la que vivir como una hija más. El 15 de julio una carta le informó de que iría a Colorado, estado del que sabía lo del Cañón y cosas del Oeste por películas y tebeos. Lo que empezó una semana después superó cualquier expectativa de la gijonesa de barrio de los franquistas 60 que había viajado una vez a Santander y otra a Madrid.

Su padre la llevó en el «600» a la estación del Vasco, en Oviedo, donde la dejó, con su maleta para un año, junto a dos compañeras más. Por vía estrecha llegaron a Bilbao, donde le hicieron la revisión médica y le dieron el visado en el consulado estadounidense. Los amigos de una compañera las llevaron en coche hasta San Sebastián, donde fueron recogidas por un autobús con 50 estudiantes más, procedente de Madrid y con destino en Róterdam (Holanda). Desde el mayor puerto de Europa salieron en barco 800 estudiantes de 18 países con destino a Nueva York.

Diez días después, en cubierta, esperaba ver una estatua de la Libertad gigante y un horizonte de rascacielos al amanecer. Tuvo que conformarse con que, desde el transatlántico, la estatua pareciera pequeña y no aparecieran rascacielos hasta media mañana y bahía adentro. En los inmensos muelles, Socorro se despidió de los amigos de travesía. Como pronunciar «Socorro» habría hecho sufrir a los estadounidenses, su identificación decía: «My name is Maria, I'm from Spain going to Colorado».

Un autobús la llevó al aeropuerto y un vuelo de cinco horas reunió a María con su familia estadounidense, Los Noone, católicos irlandeses, él arquitecto; ella, maestra de Primaria, padres de Leslie, de su misma edad, y de los pequeños Polly y Mark. Rodaron una hora en un «haiga» hasta el 1.630 de Knox Court de Denver, una vivienda unifamiliar de una planta que en los laterales y la parte posterior ganaba un semisótano. Tenía césped hasta la acera, «drive in» para aparcar los dos coches y espacio trasero para la mesa del pic-nic.

Convencida de que la clase media estadounidense estaba compuesta por multimillonarios vivió como dentro de los cuadros de Norman Rockwell. En el instituto había taquillas, en el supermercado vendían 20 mermeladas diferentes y el pan tenía un repertorio más amplio que el riche y el cuarto. Al regreso de la escuela la casa olía a galletas recién horneadas, hubo pavo relleno el día de Acción de Gracias y su noviete Jay se presentó con su coche y una flor para llevarla al baile de fin de curso vestida de largo.

La chica que en Gijón era alta tenía que comprar la ropa en la sección de críos, aclarar que su padre no era torero y desmentir a James A. Michener, autor de un librote muy vendido, «Iberia», que caracterizaba España según los tópicos folklóricos y se ilustraba con fotografías de hombres en burro y mujeres con toquilla. Por primera vez puso pantalones y oyó la palabra «dictadura» referida a Franco.

Aprendió que los gatos no estaban en casa para cazar ratones sino para completar la familia y, si enfermaban, iban a la clínica veterinaria; que las diferencias de opinión y de religión convivían y que gente normal podía tener comportamientos sexuales y costumbres diferentes a las de España sin que se abriera el infierno bajo sus pies.

Un año después, recorrido el país y recibida en la Casa Blanca por Richard Nixon, la chica tranquila y crédula regresó a casa, a Gijón, al Instituto, inquieta e incrédula. Mejor.

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