30 de enero de 2011
30.01.2011
Un momento vital

Pilar Sánchez Vicente vivió un verano de libro en 1986

«Breve historia de Asturias» cambió el aspecto y la vida de la documentalista
La ficción llegó a los cuarenta años

30.01.2011 | 06:23
Pilar Sánchez Vicente, fotografiada por Juanjo Arias el 30 de agosto de 1986.

«Breve historia de Asturias» cambió la breve historia de Pilar Sánchez Vicente en 1986. Elegida ayer presidenta de la Asociación de Escritores de Asturias, tenía entonces 24 años y firmó un contrato para escribir un libro con el que se pagó el verano que nunca había tenido.

-Marichu Muchamarcha, mira p'acá.


Pilar Sánchez Vicente, camisa gris con cinturón ancho y falda corta de cuero negro, se volvió hacia su amigo Juanjo Arias, fotógrafo «free-lance», y el «flash» iluminó las mesas al fondo del Groucho, un pub de la avenida de Castilla.


El 30 de agosto de 1986, entre carteles de películas clásicas, diana para dardos y una silueta de Groucho Marx con puro, Pilar remataba el verano loco de los 24 años, primero desde su adolescencia en el que no había cuidado niños, dado clases particulares, limpiado bares o trabajado en la Feria de Muestras o en el Hípico. En ese momento era una escritora con el mundo a sus pies que pensaba ganarse el resto de su vida con lo que extrajera de su Olivetti Studio 44 (el mismo modelo que Tennessee Williams) y se ayudaba a digerir aquel agosto con un gin-tonic de Beefeater en la mano. Por las mañanas, playa; por las tardes, barrio de la Arena; por las noches, el Bibio y la Guía. La escritura mercenaria le había cambiado el aspecto y le había comprado un verano inédito.


Hasta el 22 de marzo de 1986, cuando ya llevaba dos años licenciada en Geografía e Historia, había tenido que pedir dinero en casa para comprar tabaco. Pero el 22 de marzo se presentó en Salinas (Castrillón) con su melena lisa hasta la cintura, su falda larga de flores y su capazo de paja y firmó un contrato con Ediciones Ayalga para escribir la «Breve historia de Asturias».


Ramón Baragaño, de Ayalga, había dado con ella buscando candidatos en la Facultad de Geografía e Historia. El catedrático de Historia Medieval Juan Ignacio Ruiz de la Peña comentó la oferta a Pilar y le sugirió que enviara un currículum. Había sido alumna de matrícula de honor y su tesina sobre la condición de la mujer en la Edad Media mereció sobresaliente «cum laude».


De vuelta a casa con el primer contrato de su vida, Pilar se metió en su pequeña habitación con vistas a un patio interior y, sentada ante su mesa de trabajo, empezó a sintetizar de la Prehistoria al presente en 180 folios y a llenar ceniceros de colillas.


Vivía con sus padres y tres de sus hermanos. El tecleo de la máquina de escribir era un ruido doméstico más en aquel piso de la avenida de Portugal donde ya habían hecho poesía, ensayo político y periodismo sus hermanos Rubén, Xuan Xosé y Nacho.


Durante 83 días con sus noches manejó libros, apuntes y fichas, escribió folios, los cortó y pegó con goma arábiga y garabateó llamadas en ellos hasta componer el mazo de papel por el que cobraría 270.000 pesetas -a 1.500 el folio- y del que saldría un libro de 3.000 ejemplares. Mientras recibía un curso de documentación en Salamanca, remató el trabajo en una pensión que tenía un patio de piedra y verde y un cielo de azul y golondrinas.


Con el cuarto de millón de pesetas fue al Banco de Asturias, abrió su primera cuenta corriente y mató a la «hippie» que había sido cambiándole las flores desmayadas por unas firmes hombreras.


La salida del libro coincidió con un premio a la editorial en Madrid. Convertida en novedad de una empresa galardonada, descubrió a finales de julio lo que era alojarse en un hotel de cinco estrellas. Dejó en la habitación del Mindanao el vestido de noche comprado para la ocasión y sus primeros adornos de pedrería, bajó a la peluquería y, mientras la peinaban, descubrió una especie de mujer mayor que vive en los hoteles y bebe coñac a las 11 de la mañana en el salón de belleza.


Cuando regresó a Asturias, cambió la melena hasta la cintura por unos mechones cortos y aristados que la metieron de golpe en los ochenta. Luego tuvo su primer contacto con los medios de comunicación en la Feria de Muestras y, superado el susto de ver su nombre en un titular -«Mi visión de Covadonga nada tiene que ver con la de Sánchez Albornoz»-, con dinero fresco, imagen nueva y la certeza de que viviría de lo que escribiera, Pilar Sánchez Vicente entró con paso firme y zapato bajo en el verano de su vida.


El 30 de agosto, pasadas las dos de la mañana, con las risas recolectadas en Sed de Mal, Xaréu y El Parlamento, Pilar, Gerardo, Fito, Ángel, Juanjo y Adolfo apuraron las copas, recorrieron el pasillo del Groucho y despegaron hacia el Tik.

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