Sin piedras en la boca

Tartamudos asturianos elogian «El discurso del rey», la gran triunfadora de los «Oscar», por ahondar con dignidad en su problemática diaria

01.03.2011 | 08:45

Oviedo, L. A. VEGA

«Tengo que pensar en no tartamudear desde que me levanto por la mañana», confiesa Benjamín Alonso, bancario, para ilustrar lo que sufre desde que a los 12 años comenzó a bloquearse con algunas palabras, como por ejemplo «problema», que evita con el sustitutivo «dificultad». El psicólogo Marcelino Matas tiene problemas con «la puta "p"», como él dice, y el médico de familia Fernando Cuesta confiesa que se traba con las vocales y que, a veces, cuando tiene que decir el nombre de algún compañero, se ve obligado a añadir un distractor, la palabra «doctor», para evitar aturullarse. Cada uno de ellos, miembros del Grupo de Apoyo para Tartamudos de Asturias (Gatastur, el primero que se creó en España), ha terminado aceptando su identidad de tartamudo y trata de influir en la sociedad para romper el doloroso estigma que pesa sobre ellos. Por eso elogian una película como «El discurso del rey», la gran triunfadora de los «Oscar», porque retrata con dignidad la lucha a la que se enfrentan diariamente.


Como a Jorge VI, a ellos también les llevaron a foniatras y logopedas. «En realidad no teníamos ningún problema con el habla», indica el doctor Cuesta, al que colocaron entre dos infartados cerebrales, como si tuviese algo que ver con este tipo de pacientes. Marcelino Matas también se recuerda «practicando muchas de las técnicas que aparecen en la película, como cantar, impostar la voz, ejercicios de relajación, de dicción...». «A mí me llevaron a un neuropsiquiatra, que me recetó unos relajantes que me adormecían», confiesa Benjamín.


Y en realidad, «la tartamudez del adulto no tiene cura. En la película se ve que el logopeda sólo puede aportar algunas técnicas para disimular la tartamudez». Marcelino Matas añade que «cada tartamudo tiene sus trucos, sobre todo cambiar palabras, el orden de las frases, que a veces queda muy mal, o simplemente quedarse callados». «En alguna ocasión he visto bloqueos de un minuto», dice Cuesta.


Esos bloqueos no son sino «la punta del iceberg, lo que no se ve son las estrategias, el sufrimiento, el miedo y la culpabilidad por no haber hablado bien», resume Matas. También está la ansiedad anticipatoria, que se produce cuando el tartamudo prevé una situación en la que puede trabarse. «Sufres estrés, te sudan las manos», indica Matas. «Lo que no quiere decir que seamos más nerviosos, como dice mucha gente», añade Cuesta.


El miedo es comprensible. La sociedad siempre ha sido inmisericorde con los tartamudos. Ahí están los insultos del tipo de «tartaja» o «gangoso» o «zazo». «El noventa por ciento de los tartamudos ha sido objeto de burla», indica Fernando Cuesta, que tiene un blog bajo el título «La tartamudez y la medicina». No sólo está el humor grueso de un personaje como Arévalo. Cuesta también recuerda con disgusto a una prostituta tartamuda que aparecía en el programa «Un, dos, tres». La sociedad ha estigmatizado tanto la palabra «tartamudo» que la gente no se atreve a pronunciarla delante de un persona con «disfluidez», otro de los eufemismos para nombrar el fenómeno.


«El discurso del rey» les tiene encantados porque, por fin, se ven reflejados positivamente. El psicólogo y formador de logopedas Eliseo Díez Itza, profesor de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Oviedo, confiesa que «la película es emocionante y refleja perfectamente la relación estrecha que se genera entre el logopeda y la persona que trata». Díez indica que «el tartamudo tiene un problema que va más allá de un problema de dicción, es un problema de discurso, de comunicación, de ahí que necesite una persona con la que no vea su discurso roto, alguien que le apoye».


La película, añade, refleja muy bien la falta de confianza que invade a los tartamudos que han seguido tratamientos fracasados. Uno de ellos, el de las piedras en la boca, parece hacer referencia a Demóstenes, el primer tartamudo conocido y el primer gran orador, que «curó» su problema hablando con guijarros en la boca frente a las olas del mar. «En el siglo XIX se les llegó a cortar la lengua», asegura. Quizá todo parta de creer que estamos ante una enfermedad, y no a ante una alteración que se manifiesta en determinadas situaciones -en ambientes de confianza, como los familiares, no aparece- ante la que pueden desarrollarse determinadas estrategias. «La película muestra algunas, como el ensordecimiento o feedback auditivo retardado, las técnicas de relajación, de enfrentamiento a situaciones, técnicas rítmicas, de preparación o cancelación de los espasmos o disfluencias», señala Díez.


«El discurso del rey» supone, según Díez, que «hemos pasado de burlarnos de los tartamudos a convertirlos en héroes de película, lo que supone un paso importante desde el punto de vista de la civilización».

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