Grandes de Semana Grande 
Carmen Moriyón Entrialgo. Alcaldesa de Gijón

«Me pesa mucho la responsabilidad; aún no siento que domino la situación»

«Escuchar y ver el mar desde mis ventanas me aporta sosiego; antes caminaba por la orilla, pero ahora eso se ha convertido en un lujo»

 05:28  
Carmen Moriyón, en una terraza del centro de Gijón, durante la entrevista.
Carmen Moriyón, en una terraza del centro de Gijón, durante la entrevista. juan plaza

CUCA ALONSO Su cercanía es la virtud que a primera vista se hace inexcusable. Aunque esta condición es sólo la amable orilla de su personalidad. Detrás de la dulce sonrisa de Carmen Moriyón ha de hallarse la profesional rigurosa, inasequible a las confianzas, implacable y disciplinada, como demuestra el brillante resultado de su actividad científica. Es lo que se requiere; un trato amable y una escrupulosa y eficaz gestión. A lo largo de la charla le traicionaron sus emociones.
-¿Quién es Carmen Moriyón?
-Una persona que está en tránsito. No acabo de ubicarme, lo que no significa descontento. Hay que entender que desde el pasado 26 de febrero todo ha sido vertiginoso, apenas me ha dado tiempo de asimilar la realidad. Te adhieres a un partido, te eligen como candidata, de pronto te ves en campaña, llegan las elecciones, asumes los resultados y... Hasta el último momento no supe qué iba a ocurrir.
-¿La política es la gran sorpresa de su vida o la veía venir?
-No, juro que jamás pasó por mi cabeza. Nunca había estado afiliada, e incluso, siento decirlo, en alguna ocasión ni siquiera pude votar.
-Si su marido levantara la cabeza, ¿qué le diría?
-No lo sé, porque en nuestra relación hay dos etapas definidas por su enfermedad. Antes y después. En la primera me hubiera aconsejado un no rotundo; a él no le gustaba la política, su padre había sufrido en ella. Más tarde, su dolencia le dio mucho tiempo para pensar, para escucharme... Se hizo muy tolerante y me enseñó a serlo. Quizá hubiera accedido.
-¿Piensa que se cazan más moscas con mieles que con hieles?
-Sin duda, aunque esto no significa que se deba hacer dejación de nada.
-Tras dos meses de Alcaldesa, ¿su sensibilidad qué detecta?
-Me pesa mucho la responsabilidad. Estaba acostumbrada a ella, pero en mis quehaceres tenía todo controlado. Tal vez es que ahora aún no siento que domino completamente la situación.
-¿Es capaz de reírse de sí misma?
-Sí. Pensé que echaría de menos las alegrías con mis compañeros de hospital, pero con este nuevo equipo de trabajo ya empezamos a reír, sobre todo por las mañanas con la viñeta de LA NUEVA ESPAÑA; es soberbia. Es ahí donde más me río de mí misma.
-¿Su especialidad la ha dotado de una serenidad infinita?
-Durante 15 años de mi vida profesional adquirí mucha calma, pero de pronto en tres años vi desaparecer a cuatro compañeros que estaban en plenitud de vida, y ahí empezó a cambiar mi perspectiva. Con Antón Magarzo operé un viernes y el domingo se había ido. Recibimos la noticia en el quirófano y aún no sé cómo pudimos coser al paciente. Pilar Espina sucumbió a un cáncer de ovario con poco más de 50 años, y Paco Buozón, tras sufrir un mareo en el quirófano, no pudimos hacer nada por él. El cuarto fue mi marido, José Galindo. Todo esto, tantas situaciones límite, me han hecho ver la vida bajo otra dimensión... Sí creo que me asiste una gran serenidad.
-¿Hay alguna analogía entre su quirófano y su despacho de Alcaldesa?
-Intento que las haya. El despacho del Ayuntamiento lo tengo siempre abierto, quiero facilitar que las personas entren y salgan, como hacían en mi despacho de cirugía; no quiero crear clausura para nadie.
-¿Cuál es su terapia de relajación?
-El mar, escucharlo y verlo desde mis ventanas. Me aporta sosiego. Antes caminaba por la orilla, pero esto se ha convertido en un lujo.
-¿Le preocupa su imagen?
-No, no tengo tiempo para pensar en ella.
-¿Se operaría de algo?
-No, rotundamente, no. Respeto a las personas que lo hacen, pero yo jamás lo haría, sobre todo cuando sabes que la muerte te puede quitar todo en un minuto.
-¿Con qué se emociona?
-Con los recuerdos de mi vida junto a un hombre maravilloso. José Galindo tenía algo especial, era un humanista que repartió bondad y ciencia a manos llenas.
-¿Es capaz de poner al mal tiempo buena cara?
-Sí, los disgustos sé que se me notan, pero me pasan en seguida. Eso lo aprendí de mi jefe, Raúl Obregón; reñíamos y a los pocos minutos me hablaba. Es la sabiduría de los años, no dejar pasar el tiempo.
-Sobre diez, ¿cuál es su grado de coquetería?
-Cuando logro despejar mi cabeza de problemas, creo que un 8. Hasta pienso qué ponerme para ir a los toros...
-Dígame tres fijos en su vestuario.
-Me gusta la ropa de invierno. Un pantalón, camiseta negra y chaqueta. Con unas buenas botas. Los médicos nos acomodamos respecto al vestuario, sobran todos los complementos. Pero recuerdo que cuando íbamos a la Feria de Jerez, aquello era un desfile de modelos, y me encantaba. Pero ese tiempo pasó.
-¿Cuál es la hora que guarda para sí misma?
-A partir de las siete de la tarde, nunca antes de las ocho, salvo estos días de fiestas. Intento que mis colaboradores puedan tener tiempo para sus familias.
-¿Lograremos que los toros sean catalogados de interés nacional?
-Creo que sí, lo extraño es que aún no lo sean, pero con la ayuda de Esperanza Aguirre eso está hecho.
-¿Con qué se chupará los dedos mañana, día de Begoña?
-Con el rabo de toro que cada año se ofrece en mi peña, La Bellota.
-Y brindará...?
-Con sidra, que en verano es lo que mejor entra. Y por mi presidente, Francisco Álvarez-Cascos.
-Se le olvida Jovellanos...
-Ya lo recuerda él, un jovellanista de verdad. En uno de mis últimos discursos cité una frase de Jovellanos: «La industria es natural al hombre y la labor del Gobierno es facilitar su desarrollo, dejarla crecer». Álvarez-Cascos estaba a mi lado y me pasó un papel con cuatro líneas que remataban la frase. Siempre lo tiene presente.

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