De tal palo

«Javi me despertaba a veces y ya se había preparado solo para ir al colegio»

César Villa vivía el mundo del automovilismo como una pasión laboral y deportiva que transmitió a su hijo sin imaginar que un día sería piloto

 04:28  
César y Javi Villa, en el circuito de karts de Soto de Dueñas.
César y Javi Villa, en el circuito de karts de Soto de Dueñas. 
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Eh, papá, despierta. César Villa abría los ojos y allí estaba su hijo Javi en perfecto estado de revista para ir al colegio. El futuro piloto de automovilismo se levantaba antes que su padre, se preparaba él solo y en bastantes ocasiones hacía las veces de despertador. Es un buen ejemplo de su carácter: tranquilo, responsable, sensato y trabajador. Y positivo. Siempre positivo. Ahora, padre e hijo son un equipo que se mueve por medio mundo con el motor siempre encendido.

TINO PERTIERRA César Villa quería estar presente cuando naciera su hijo Javier. Por nada del mundo se hubiera perdido ese momento. Pero no contaba con que aquel 5 de octubre de 1987 surgiera un obstáculo imprevisto en la vía: «Un enfermero en prácticas se puso blanco cuando empezó todo y... se desmayó». Cayó cuan largo era y al expectante padre lo obligaron a salir, por si acaso se contagiaba y había dos desmayos en lugar de uno. Aquella situación de nervios y tensión podía haber sido un presagio que anunciara un niño con las revoluciones muy altas, pero no fue así. El futuro piloto de automovilismo dejó pronto muy claro que lo suyo no era de dar problemas, sino solucionarlos. E ilusionar: «No recuerdo momentos concretos, pero sí aquella sensación de llegar a casa y ver a ese pequeñín, o de asistir a sus primeros pasos, o sus primeras palabras... Yo trabajaba hasta muy tarde, así que lo normal es que estuviera dormido cuando llegaba a casa. Y lo normal, también, es que fuera él quien me despertara al día siguiente para ir al colegio. Cuando me levantaba, él ya estaba preparado, vestido, desayunado y con los libros a punto. ¡Eh, papá, despierta, que ya es la hora!».


El motor estaba siempre encendido, era normal que el niño saliera con el turbo puesto a perseguir un sueño sobre cuatro ruedas. «Mi profesión de mecánico hacía que ese mundillo se viera como algo natural en casa, como trabajo y como deporte. Con 10 años yo me pasaba las horas en un taller que había cerca de mi casa. Me apasionaba, y Javi no podía quedar ajeno. Nunca esperé que llegaría a ser lo que es, eso es cierto». Y es lo que es gracias, entre otras cosas, a aquellos karts en los que hacía sus primeros kilómetros a todo gas, sobre todo el que tuvo como regalo de primera comunión. Y como a la madre también le gustaba ese inconfundible cosquilleo de la velocidad, muchos fines de semana los pasaba la familia en un circuito, el niño corriendo y los padres atendiéndolo, un prólogo de lo que luego sería un equipo de competición. No fue fácil: «La parte económica era nuestro mayor obstáculo». Pero el talento y la tenacidad dieron sus frutos. A veces, el sueño que parecía estar al alcance de la mano se desvanecía de pronto, como la posibilidad de correr en Fórmula 1 con BMW. La marca se retiró y el futuro se ensombreció. Pero «el mundo no se acaba ahí, y mucho menos el del automovilismo, hay más de un camino, y cuando uno se cierra hay que pasar a otro. No sé si de esos momentos se sale más fuerte, pero sí sé que los dos pensamos lo mismo: no hay que dejarse derrotar, hay que cambiar de dirección, simplemente. Seguir peleando».


La pelea no los incluye a ellos como parte de un mismo equipo: «Discutimos de asuntos profesionales, cada uno tiene su propia opinión, pero el objetivo es el mismo». Es consciente de que su hijo ha renunciado a muchas cosas, «con 15 años sus amigos iban a la playa y él tenía que correr en Madrid o León. Ese espíritu de sacrificio se tiene o no se tiene, y a Javi le sobra. Nunca nos amenazó con un no volvemos aquí, porque sabía que si decía eso, efectivamente, no volveríamos. Siempre se le habló superclaro, hasta dónde podíamos llegar, cuándo teníamos que parar. Y él era consciente de nuestro compromiso. No tengo un sueño especial con él, me conformo con que pueda ser piloto de una marca y que le paguen por hacer algo que le gusta». Y ha tenido suerte porque en todos estos años sólo hubo un susto de campeonato. Fue en Francia: «Su compañero de equipo voló por encima del coche que le precedía, cayó boca abajo, y yo no sabía si era Javi o era el otro piloto. Son segundos terribles».


De no haber tenido tan presentes los coches en su vida, Javi Villa se habría dedicado a la informática: «Las letras y yo no nos entendíamos, me iban más los números». Lo que no cambiaría es su vida hasta ahora, ni siquiera la parte de la adolescencia en la que sus amigos llevaban un ritmo muy distinto: «No se puede tener todo, te acostumbras a tu propia vida y asumes que hay que trabajar y formarse, pero eso no significa que no puedas conocer a gente; pero no ocurre a las cinco de la madrugada en una discoteca, los tiempos y las circunstancias cambian».


«Un niño empieza vacío y va aprendiendo de lo que ve. De lo que escucha. De lo que vive. Aprende de lo bueno y de lo malo». Por eso, padre e hijo tienen presente que cuando las cosas pinchan, lo mejor es ser realista, verlo todo con ojos bien abiertos, sin engañarse, analizando y reflexionando. Y luego se toma una decisión en equipo. Su padre no es persona que dé consejos, «me considera lo suficientemente mayor para sacar mis propias conclusiones, sólo si te ve arrinconado por la situación te puede decir: yo haría esto». Y trabajar así tiene una ventaja evidente: «Sabes que él nunca estará contigo por interés económico, lo apostó todo y busca lo mejor para mí, no para él». Cuando salen por esos mundos a competir, no son tanto un padre y un hijo como dos compañeros de equipo, con la peculiaridad de que el piloto recibe opiniones marcadas por la sinceridad sin límites: «Las mayores críticas son las suyas siempre, es él quien me reprocha haber dicho en una entrevista tal cosa que no debía; si no me dice nada es que salió perfecta». Y, como su padre dice, el mejor sueño es disfrutar del presente porque «creemos en lo que hacemos, y podemos hacerlo».

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