Un momento vital

Don Maximiliano no podía con Manolín Reguero

El monologuista «El Maestru» recuerda sus trastadas infantiles cuando era monaguillo en La Callizuela (Illas) a comienzos de los años sesenta
Magisterio también de monologuismo

 05:19  
J. Manuel Reguero en una foto escolar.
J. Manuel Reguero en una foto escolar. 
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El monologuista José Manuel Reguero, «El Maestru», volvió a su pueblo, La Callizuela (Illas), después de jubilarse. Sus recuerdos le llevan a una infancia en la que fue rotundamente feliz, ajeno a la responsabilidad que pesó luego, y en la que pasó muchas horas de monaguillo de Don Maximiliano.

JAVIER CUERVO Don Maximiliano, el cura de La Callizuela, era muy recto y serio. Siempre de sotana, alto, fuerte, veterano, calvo... Era de Vega de Poja (Siero) y tenía una criada mayor, María Julián, de la Casa de la Fuente. No tenía a todos contentos en Illas. Con los chavales era gruñón. Algunos le tenían miedo. Manolín Reguero, uno de sus cuatro monaguillos, no. Una vez le cayó un coscorrón -«¿Qué dices?»- por farfullar «confiter deos» acompañando la misa en latín que no entendía. En respuesta, aflojó las campanillas y cuando las hizo sonar en la elevación, saltaron tintineando hasta la primera fila de la iglesia de San Julián.

Manolín era hijo único. Su padre, Emilio Reguero, de Cogollo (Las Regueras) era un paisano seco que llegaba de trabajar de guarda jurado en La Real Compañía Asturiana, en San Juan de Nieva, e iba al monte, a eucaliptos, hacía madreñes y bajaba a venderlas en Avilés. La madre de José Manuel, Asunción López, era de La Callizuela, se dedicaba a sus labores y cosía para afuera. La artrosis le minaba la salud.

Manolín acompañaba a Don Maximiliano en el responso general de Todos los Santos por el cementerio, que era un lugar de mucho miedo si se hacía caso de las historias que contaba la gente mayor en El Cantón las noches de verano. Cuentos de muertos, cadenas, entierros y espíritus que volvían a meter ruido en las casas. El responso empezaba a las tres de la tarde y podía acabar al anochecer. Manolín no entendía por qué el cura paraba una hora delante del panteón y pasaba por otros nichos en un santiamén. Aquello se hacía muy largo, y cuando se cansó de cargar con los ciriales, se los entregó a otro, se fue a comer manzanas y no volvió.

Manolín salía con el cura cuando iba a las capillas de Viescas, Taborneda o Calavero. El cura en burro, con el vino y las formas en las alforjas, y los monaguillos caminando. No siempre llegaban a la bendición todas las hostias ni el vino -menguado y aguado- era todo vino.

José Manuel había ido a la escuela en Illas, con 40 alumnos más. Cuando llegó el ingreso, Don José María, el maestro, recomendó que siguiera estudiando porque era muy constante. Cuando volvía del Instituto Carreño Miranda de Avilés, por la tarde, jugaba al fútbol enfrente de la iglesia, hasta que oscurecía o alguien mandaba el balón al tejado y el cura los echaba.

La mezcla de descaro e inocencia en el comportamiento de Manolín eran conocida. Feliciana se asomó a la puerta y le vio con otros amigos jugando a la gallina ciega en una variedad en la que, con un palo, tenían que romper media docena de huevos colocados en el suelo. Cuando fue al gallinero a recoger la puesta, no había un huevo. Esa tarde Manolo llevó leña. El placer de hacerlas le cegaba y no pensaba en planear la fuga y librarse de las consecuencias.

A la una de la tarde de un día de semana, en vacaciones, las campanas tocaron a muerto. Tan, tan. Los vecinos salieron de las casas preguntándose quién sería el fallecido. Manolín bajó como una centella las escaleras, en espiral y sin pasamanos, para encontrarse a pie de campanario con Don Maximiliano, que le sopló bien con la vara.

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