Un momento vital

Jovino M. Sierra se quitó la bata blanca

El arquitecto gijonés creció creyendo, por admiración a su padre, que sería médico hasta que en COU un tío suyo le hizo valorar lo bien que dibujaba
Entre Sáenz de Oiza y Moneo

17.02.2013 | 03:55
Desde la derecha, Jovino Martínez Sierra, su hermana Conchi, sus tíos César y Mari, y su madre, Concha, en el Sueve, 1971. Hizo la foto Enrique Martínez.
Desde la derecha, Jovino Martínez Sierra, su hermana Conchi, sus tíos César y Mari, y su madre, Concha, en el Sueve, 1971. Hizo la foto Enrique Martínez.

El arquitecto gijonés Jovino Martínez Sierra no había pensado ser otra cosa que médico, algo que su padre -al que tanto quería y admiraba- no había podido conseguir por el corte que marcó en su vida la Guerra Civil. Hijo de un practicante, creció sabiendo que la enfermedad y la muerte formaban parte de la vida y asumió un futuro de bata blanca hasta que una frase de su tío César cambió todo. Así lo recuerda.

La cabeza era enorme, el doble de lo normal. En la sala de rehabilitación del botiquín de la mina de La Camocha, ante el cadáver, arrimados a la pared, estaban el médico, dos enfermeros, algún administrativo y Jovino Martínez Sierra, de 10 años, pantalón corto, que contemplaba el primer muerto de su vida, impresionado por aquella cabeza enorme.


La sala de rehabilitación estaba en la planta baja, sus cuatro ventanas hacia la explanada del pozo estaban abiertas y por delante de ellas iban pasando, en silencio, los mineros para despedir al cadáver recién rescatado de su compañero, accidentado tres días antes.


Jovino le preguntó a su padre por qué la cabeza estaba tan grande y éste le contestó que por la presión de las toneladas de carbón que le habían caído encima.


Eran las cinco de tarde de un día de primavera a inicios de los años setenta y Jovino había ido a pasar la tarde a casa de Luis y José, compañeros de los jesuitas e hijos de don José, el médico de La Camocha. Lo hacía muchas tardes. Le llevaba consigo su padre, Enrique Martínez, que era practicante de la mina de La Camocha, del ambulatorio de la Puerta de la Villa de Gijón y de la asistencia pública domiciliaria. Enrique Martínez, ovetense de Las Caldas, había querido ser médico pero la guerra le cogió con 18 años y no pudo ser.


Jovino adoraba a su padre, un hombre entrañable, optimista, cariñoso, aunque de pocos besos, porque a los hijos había que hacerlos duros. Aquella tarde, como tantas veces, aquel hombre delgado, de estatura media, con grandes entradas y ojos verdosos le estaba transmitiendo que la vida, la muerte y la enfermedad son parte de un proceso vital. Su padre, chaqueta y corbata bajo la bata blanca, que pasaba semanas enteras haciendo noches en La Camocha, que recibía pacientes en la habitación italiana de la casa de Menéndez Valdés, tenía el propósito de que su hijo haría una carrera superior y que sería médico.


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En una comida familiar de las vacaciones de Semana Santa de 1978, tío César lo dijo sin suponer la importancia que tendría. Tío César era sobrino de su padre y cuñado de su madre, por tanto tío y primo a la vez de Jovino y de su hermana Conchita. Era ingeniero, trabajaba en Montajes Nervión de Bilbao y una persona de referencia, con mundo, que aportaba.


Por entonces, Jovino, que estaba acabando COU con una media de notable, era base en el equipo de baloncesto del colegio de los jesuitas, Inmaculada Ike, que jugaba en Segunda División, no pensaba en el futuro y tenía interiorizado que sería médico.


-Tú que dibujas tan bien tienes que ser arquitecto, comentó tío César.


Por primera vez en su vida, Jovino se preguntó qué era, qué hacía y para qué servía un arquitecto. Era verdad que sacaba sobresaliente en dibujo, especialmente en el duro dibujo técnico de COU, y que se sentía a gusto en la asignatura.


En los veranos, cuando subían los cuatro al Seat 1430, cargados con el equipaje de un mes, camino de La Antilla (Huelva), muchas veces hacían noche en Mérida (Badajoz). Jovino, que tenía una cámara Canon con la que hacía diapositivas, saltaba por las piedras de las ruinas romanas de Mérida y las fotografiaba. En aquellos días del verano su padre les llevaba de excursión por Andalucía y veían los museos, como parte de la formación y de la visita.


«Tú que dibujas tan bien tienes que ser arquitecto» quedó como clavado por un alfiler. El arquitecto Celso García, amigo de su padre, le orientó sobre la profesión. En casa aceptaron bien la idea. Jovino tuvo posibilidad de entrar en Sevilla, Madrid y La Coruña y eligió Madrid porque era la capital, una ciudad importante y una buena escuela.


Detrás quedaba su madre llorando. Delante estaba el Madrid de 1979, el Colegio de Santa María del Espíritu Santo, «el Negro», con la recepción de los veteranos al novato, con la LAU, las manifestaciones, las huelgas, la Policía, Antonio Vega y «Nacha Pop», «Los Secretos», Mamá...


Jovino Martínez Sierra cree que las carreras estructuran la manera de pensar y que si hubiera sido médico hoy sería una persona diferente, ignora cómo. Pero como arquitecto ha desarrollado otra forma de ver los espacios, de entender lo colectivo, de tender más hacia el arte y a la plástica, cosas más prescindibles para la sociedad que la medicina pero en las que se encuentra muy a gusto.

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