La noche acabó con coplas

Félix Grande, Marco Antonio Campos y García Montero rindieron un improvisado homenaje a Claudio Rodríguez en una lectura poética más tranquila que otros años

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De izquierda a derecha, Félix Grande, Marco Antonio Campos y Luis García Montero
De izquierda a derecha, Félix Grande, Marco Antonio Campos y Luis García Montero julia viecente

Gijón, J. L. ARGÜELLES

Leer poesía en la «Semana negra», en un día viernes y a la hora prima de la madrugada, parece empresa de perturbados, un quijotismo. Pero lo cierto es que la convocatoria, animada durante años por el fallecido Ángel González, se ha convertido en uno de los actos más aplaudidos del festival gijonés. Su director, Paco Ignacio Taibo II, tuvo ayer un recuerdo para el poeta de «Palabra sobre Palabra», «la persona», dijo apuntado su índice hacia lo alto de la «Carpa del Encuentro», «que vela por todo esto». Pero si la noche de versos comenzó con esa aplaudida y esperada referencia al autor de «Áspero mundo», a quien la «Semana» tributó el año pasado un multitudinario homenaje, se cerró con un inesperado desenlace: unas coplas para subrayar la excelencia de Claudio Rodríguez, uno de los grandes líricos españoles del pasado siglo.

Las coplas, claro, las puso Félix Grande, cuya «Memoria del flamenco» es lección de catedrático con muchos saberes y cantares: «Mira si soy desgraciado, / ya estoy deseando morime / pa dormir bajo techado». Y también: «Mira pa riba y verás / los tres balcones abiertos / y una ventana cerrá». Quien puso a todos sobre la pista de Claudio Rodríguez, compañero de generación de Ángel González y un autor «sigilosamente escalofríante», en palabras de Félix Grande, fue el mexicano Marco Antonio Campos, ganador del V Premio Casa de América de Poesía Americana con el libro «Viernes en Jerusalén». Y lo hizo con la lectura de su poema «En la muerte de Claudio Rodríguez».

Era la primera vez que Felix Grande y Campos leían en la «Semana Negra». No defraudaron. El primero, que tiene una muy hermosa voz, ha escrito dos libros importantes, «Blanco Spirituals» y «Las rubáiyátas de Horacio Martín»; el segundo, menos conocido en España, es uno de los grandes poetas mexicanos de las últimas décadas. Les acompañó Luis García Montero, uno de los autores más notables de su generación y veterano de muchas de estas noches de la «Semana», casi siempre con Ángel González y Joaquín Sabina. Leyó, entre otros textos, dos composiciones inéditas, en la línea de la poesía figurativa que ha escrito en los últimos años.

Fue una lectura sin tanto público como en ediciones anteriores, en las que Sabina, por ejemplo, congregaba a numerosas personas acostumbradas a los decibelios que exige un concierto e insensibles al mínimo silencio que requiere un recital de poesía. Algunos de los presentes agradecieron que ayer las cosas fueran de otro modo. Tampoco acudieron políticos de relumbrón; ya saben, los que más salen en las fotos. No sabemos si es que desde la muerte de Ángel González les ha dejado de gustar, de pronto, la poesía. Todo puede ser.

Félix Grande habló de sus cinco abuelos: el materno, el paterno, Bach, Pablo Iglesias y Antonio Machado. Leyó, dedicado al gran maestro de «Campos de Castilla», «Mágico abuelo». Antes de recitar su hermoso soneto «Bodas de oro», contó la historia de su decisión de casarse por segunda vez, a todo trance, con la también poeta Francisca Aguirre, con quien lleva más de medio de siglo de matrimonio. Y las dolorosas circunstancias (la matanza de Atocha, el 24 de enero de 1977) en las que surgieron sus «Nanas de la metralla», que tanto deben al poema de Miguel Hernández de título similar.

Campos, que lee con cierta impostación como de otro tiempo, embarcó al público en un imposible viaje a Ítaca con su poema «Cefalonia» y conmovió a casi todos con «Dos grabados españoles», texto escrito en Toledo. Como muchos otros autores hispanoamericanos, el poeta mexicano escribe con una libertad infrecuente en la poesía española.

Tras los inéditos, García Montero leyó uno de los mejores poemas de su último libro, «Vista cansada». En «Colliure» , el granadino habla de una visita, en la que también participó Ángel González, a la localidad francesa en la que murió y está enterrado Machado. Cerró su lectura con «Nube negra», una canción escrita para su amigo Sabina.

¿Es posible leer poesía en la «Semana negra»? Sin duda.

Hubo quien se preguntó si a algunos políticos les habrá dejado de gustar la poesía tras la muerte de Ángel González

Las condiciones del recital fueron mejores que en otras ediciones en las que Joaquín Sabina atraía a un ruidoso público

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