RAQUEL L. MURIAS
Sucedió que el otro día un asturiano decidió atajar su problema. El cuarto día de fiesta en su pueblo, ya incapaz de mitigar su dolor a base de ingestión etílica, cogió la chaqueta y se fue a casa. Ató una cuerda a la puerta de la nevera, de la otra punta su muela, centro neurálgico del abatimiento, y cerró con fuerza. A los cinco minutos, de vuelta en el bar, su compañero de parchís acababa de mover ficha. Él llegó, contó cinco, metió la verde en casa y dando un puñetazo en la mesa sentenció: «Ésta es la muela que llevaba fastidiándome todas las fiestas». Hagan juego.