Oviedo,
Roberto H. GRANDA
Para ser once veces ganador del Descenso Internacional del Sella hace falta saber el truco. Julio Martínez lo tiene, y es que son muchos años dando «palos al agua». El entrenamiento no es sólo a base de ejercicio y es que ¿qué será lo que desayuna este hombre para quedar siempre el primero? Leche, cereales y pan con miel. Apunten los aficionados a la piragua, nada de sucedáneos de cacao, por mucha propaganda televisiva que se empeñen en poner, el campeón sabe que hay que cargarse bien de energía por las mañanas para rendir durante el día.
Sexo, el justo, pero, eso sí, a medida que se va acercando el Sella el gusto por el ejercicio más antiguo del mundo va menguando. «Cuando llega la competición apetece menos», explica, el resto del año no merece la pena ponerse a dieta en este aspecto. Reconoce que le gustan «las morenas y no delgadas» y que si hace falta y la cosa está animada las saca a bailar salsa o música disco. «Si se tercia... bailo», confiesa.
Detrás de cada victoria de Martínez se esconden horas de entrenamiento y sacrificios, noches sin alcohol, aunque reconoce que él también fue de los que vivió el Sella más nocturno, «de aquélla iba de juerga y ni siquiera miraba la salida», asegura. Ahora prefiere el gusto que deja el triunfo, tan sabroso como el del vino, uno de sus grandes placeres, que disfruta de vez en cuando. El sábado, cuando llegó a Ribadesella, ya victorioso, se metió entre pecho y espalda un trozo de empanada, pero lo que más le gusta es «un buen plato de huevos escalfados con trufa». ¿Y a quién no?
Otra de sus grandes pasiones son los sanfermines, que le vuelven loco, pero no va desde hace años porque siempre le pilla en plena pretemporada y no merece la pena jugársela. Si tuviera que pensar qué es más difícil encontrar una pareja en la piragua o una pareja en la vida, lo tendría difícil, «hay que trabajar mucho las dos cosas», afirma entre risas.
Ser campeón año tras años exige perder ciertos placeres, pero se ganan otros, como la sensación de ir el primero, bajando desde Arriondas a Ribadesella. «Este año hubo un rato que íbamos solos, sin cámaras, sin gente a los lados, sólo disfrutando de la naturaleza, es una verdadera pasada», la misma pasada que él les metió a los que iban detrás.
Julio Martínez, cántabro y casi asturiano, reconoce su devoción por la prueba piragüística del Sella y es que, según explica, «siempre defiendo a muerte a Arriondas y a Ribadesella». Son demasiados buenos recuerdos. Por eso ya muchos asturianos lo ven como un hijo adoptivo y eso le llena de orgullo, aunque reconoce que cuando al presidente de Cantabria, emocionado por su triunfo, le da por levantarle, el también comparte esa emoción. «Me gusta que venga a verme y que se emocione, es un orgullo», asegura Julio Martínez.
Dentro de esa cabeza bien estructurada para ganar en lo deportivo, también hay hueco para luchar por los objetivos personales y lo hace, «soy un tío fuerte», explica. Odia madrugar (se levanta a las diez) y le gusta vestir bien, de marca aunque, apostilla que «no soy un pijo». Hace dos años que no va al cine y «no me gustan las pelis españolas, pero no sé si puedo decir esto». Ya está dicho, campeón.
Devociones de un campeón
Nació en Santander en 1970 y lleva once años coronándose como ganador del Descenso Internacional del Sella.
Dejó las fiestas por la piragua, ya no va a los sanfermines y tampoco cena con vino, aunque le encanta, todo por el deporte.
El sexo lo raciona según lo cerca que esté de tirarse al agua. Le gustan las morenas con curvas, nada de delgadas.
Odia madrugar y cuando se levanta desayuna fuerte: leche, cereales y tostadas con miel.
Una buena cena: huevos escalfados con trufa y una botella de vino y después una noche de juerga con salsa y música disco.
El mejor plan para el verano: el Descenso del Sella.