Agua dulce, agua salá

El río y la mar se funden en Ribadesella, una villa que aglutina en sus inmediaciones acantilados de vértigo y tranquilos bulevares urbanos que pueden recorrerse sin problemas

10.07.2010 | 14:21

Ribadesella,


María TORAÑO


Si se pregunta en la Oficina de Turismo de Ribadesella por una senda costera lo más seguro es que respondan que no la hay. Y razón no les falta, porque el concejo aún no tiene desarrollado ese proyecto, que se prevé que coincida con el Camino de Santiago. Pero lo que sí tiene Ribadesella son múltiples opciones para caminar por sus acantilados y recorrer el centro urbano sin perder de vista el agua, disfrutando de los cambios de color según la evolución de la luz a lo largo del día y de la magia de la fusión entre el Sella y el mar Cantábrico, envolviendo la playa de Santa Marina.


El recorrido comienza en Tereñes, localidad situada a poco más de un kilómetro al oeste de la capital riosellana. En este lugar hay que hacer un camino de ida y vuelta hasta el acantilado para ver el yacimiento de huellas de dinosaurios más importante de Asturias. Por Tereñes pisaron los saurópodos, los terópodos, los ornitópodos y los estegosaurios, una riqueza paleontológica que ha hecho que estos acantilados figuren en la lista de la candidatura que España y Portugal han presentado ante la UNESCO para que sus yacimientos entren a formar parte del Patrimonio de la Humanidad. Un estrecho sendero -bastante comido por la maleza y no apto para todos los caminantes- baja durante 500 metros hasta el mismo borde del acantilado donde merece la pena detenerse un rato para intentar descubrir alguna huella entre las rocas. Es necesario tener cuidado con el oleaje y no descender en ningún caso si la marea está alta, ya que los resbalones pueden provocar algún accidente. De vuelta al aparcamiento se toma un camino asfaltado a mano izquierda que bordea la Punta Covachera para dirigirse hacia el faro, situado en la Punta de Somos. Este recorrido no está señalizado, por lo que en caso de duda lo mejor es preguntar en uno de los dos bares que hay en el área.


El camino hacia el faro -inaugurado en 1861- se realiza entre arbolado y en ligero ascenso y es necesario prestar atención al tráfico, a pesar de ser escaso en ese trayecto. Desde la Punta de Somos la carretera desciende y a lo largo del recorrido surgen a mano izquierda dos caminos de tierra que desembocan en diferentes puntos del acantilado, desde los que se observa la desembocadura del Sella y los primeros atisbos de la playa de Santa Marina. Precisamente, en el extremo oeste de este arenal termina la carretera del faro y antes de recorrerlo en toda su longitud lo ideal es caminar unos 400 metros hasta la Punta'l Pozu, donde de nuevo hay opción de descubrir huellas de saurios. De vuelta al inicio de la playa se obtiene una panorámica maravillosa de toda la concha de arena y enfrente -vigilando río, ría y mar- la capilla de la Virgen de Guía.


El recorrido a lo largo de los 1.500 metros del arenal de Santa Marina es un paseo fácil, apto para todas las edades y condiciones, en el que es habitual cruzarse con bicicletas, personas mayores, familias con niños pequeños, patinadores y todo tipo de personajes asociados a la playa: surferos, domingueros con el bocadillo, pandillas de adolescentes, grupos de señoras con sombreros y túnicas de todos los colores, aficionados al sol, lectores reposados y cualquiera que lo único que busque sea un rato de relajación. El vaivén de las olas puede tener un efecto sedante si se necesita. A pesar de las fuertes riadas que hace un mes dejaron la playa llena de troncos, piedras y suciedad, ahora está en perfectas condiciones para recibir a los turistas, que cada año la abarrotan y la convierten en una de las más concurridas de la zona.


No se deben perder de vista las casonas que bordean la playa -hoy convertidas la mayoría en hoteles- y que recuerdan otro tipo de veraneos señoriales en épocas del pasado. Donde termina la playa se gira a la derecha, se pasa el embarcadero deportivo y se llega al puente que une los dos extremos de la villa. Aquí termina cada año, a principios de agosto, el Descenso Internacional del Sella y es frecuente ver a piragüistas practicando en cualquier época del año. El puente tiene una acera estrecha a cada lado y hay que cruzar con cuidado porque, sobre todo en verano, es continuo el tráfico de coches, peatones, perros, bicicletas y hasta un trenecito turístico. Al final del puente, se continúa hacia la izquierda y se enfila el paseo Princesa Letizia hasta la lonja local. Los barcos pesqueros quedan amarrados en toda esta zona y, si se llega en buena hora, se les puede ver descargando sus capturas del día, frescas y relucientes, para ser subastadas en la rula. Este punto se encuentra actualmente en obras, pero son muy pocos metros los que se hace necesario circular separados de la orilla.


A continuación, en el paseo de La Grúa se puede seguir la historia de Ribadesella en los paneles de cerámica realizados por Antonio Mingote y, más adelante, descubrir algunas de las figuras más representativas de la mitología asturiana. Las xanas, los trasgos, el cuélebre y el busgosu se convierten aquí en compañeros de los pescadores, que se afanan en su labor al borde del muelle. Desde aquí, el último resuello se debe guardar para subir hasta la ermita de La Guía, que encaramada en lo alto de la ladera lo controla todo: costa, playa, río, monte y villa. Tras recuperar el aliento, lo mejor es bajar por el otro camino que conduce a la capilla o bien buscar un bar para reponer fuerzas en el animado casco urbano o seguir hasta la Atalaya.

Características


Tereñes-faro-playa de Santa Marina-La Guía: 8 kilómetros. Unas dos horas y media. Transcurre por un sendero de tierra (acantilados de Tereñes), un camino y una pista asfaltada y un paseo urbano. Apto para todos los públicos, excepto los acantilados de Tereñes y la subida a La Guía. La mayoría puede cubrirse también en bicicleta.

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