Las edades de Springsteen

La discografía de The Boss es el retrato sincero y directo de un hombre a través de su tiempo, con joyas indiscutibles como «The river» o «Darkness»

26.06.2013 | 05:20
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Estimados intelectuales, ínclitos eruditos especializados en exégesis y semiótica, amantes de las banalidades con pretensiones, poperos que están en tales lides por aquello del postureo hermenéutico: lo lleváis claro con Bruce Springsteen. No existe en la historia del rock and roll un autor más transparente, más nítidamente cristalino que el compositor que va a poner El Molinón patas arriba y va a hacer aullar de alegría a decenas de miles de creyentes venidos de todos los rincones de la península Ibérica. Si las pipas y las manzanas de René Magritte no eran ni pipas ni manzanas, puedo asegurarles que las mujeres y los hombres de las canciones de Springsteen, los jóvenes que sienten la necesidad de convertirse en héroes y los adultos insomnes que miran dormir a sus parejas en mitad de la noche empapados de ansiedad y ternura son mujeres y hombres, jóvenes y adultos tan reales como usted y yo. De hecho, son el propio autor autorretratado decenas de veces a lo largo de los últimos cuarenta años, convirtiendo un recorrido por su discografía en una explosiva exposición sonora sobre las edades de Bruce Springsteen.

Y esta muestra, que comienza con los bocetos de «Greetings from Ashbury Park, N. J.» (1973) y «The wild, the innocent & the E Street shuffle» (1973), donde ya brillan retratos perfectos como «Growin' up» o «Rosalita», alcanza rápidamente su cumbre en el increíble decenio que va desde 1975 («Born to run») hasta 1984 («Born in the U.S.A.»). Si usted es un seguidor de Bruce Springsteen, no necesita que yo le explique qué se siente al escuchar discos como «The river» (1980), que por sí solo ya consigue que haya merecido la pena la existencia del rock and roll. Si usted no es un seguidor de Bruce Springsteen, no pretenda que yo pueda hacerle entender qué supuso ese decenio en la historia de la música popular: mejor que eso, localice rápidamente a un fan y vea cómo se le ilumina la cara, cómo se sienta en el borde de la silla y sonríe con hondura cuando le nombra canciones como «Thunder road», «Backstreets», «Jungleland», «The ties that bind», «Out in the street», «Atlantic City» o cualquiera del disco «Darkness on the edge of town» (1978), que, por cierto, ha interpretado íntegramente un par de veces recientemente en esta gira.

Y tras el sprint frenético de estos años llega el momento de reflexionar sobre lo que significa vivir el rock al cumplir cuarenta. Por un lado, la audiencia le presiona para que siga siendo el Bruce Springsteen de la portada de «Born to run»; por otro, él está muy interesado en explorar las posibilidades de este género musical siempre asociado a la juventud para expresar las experiencias de la vida adulta. Bruce no acaba de encontrar su sitio, y durante unos años entrega obras menores, perfectamente ejemplificadas en «Human touch» (1992), cuya obsesión por convencer a todos no convence a nadie. Parece que se ha agotado el talento de uno de los mejores compositores de canciones americanas de la historia, y no le queda más futuro que vivir de conciertos donde explotar la calidad inagotable de su «songbook» y discos comerciales sin grandes aportaciones mezclados con obras minoritarias en donde hacer lo que verdaderamente corresponde con la edad en la que se encuentra («The ghost of Tom Joad», 1995).

Pero sólo fue una falsa alarma, un periodo momentáneo de desánimo. Los nuevos EE UU que nacen del 11-S espolean al nuevo Springsteen que ya ha cumplido 50 años para conseguir publicar uno de los mejores discos de toda su carrera («The rising», 2002): tenso, adulto, sincero, directo, cabreado y esperanzado a la vez. De nuevo el gran escritor ha creado un álbum con cinco o seis canciones que se incorporan a la lista de clásicos springsteenianos y se codean con «Hungry heart» o «Badlands»: «Lonesome day», «Waitin' on a sunny day», «The rising», entre otras. Se inicia, así, la etapa en la que también podremos disfrutar de obras no menores como «Magic» (2007) o «Wrecking ball» (2012), donde Bruce ni oculta su edad ni permite que ésta le diga las canciones que puede o no puede escribir. De sus casi veinte discos de estudio Springsteen va a seleccionar en Gijón treinta autorretratos, siguiendo su costumbre de convertir cada concierto en una sincera autobiografía. No tendría ningún interés si sólo fuera eso: pero como sus edades van cambiando acompasadamente con las nuestras, especialmente con las edades de los aficionados que llevamos casi cuarenta años escuchando atentamente lo que cuenta, su discografía, su concierto, cualquier exposición de las edades de Springsteen, se convierte en una celebración gozosa de una biografía colectiva. Sin necesidad de ser un erudito especializado en hermenéutica.

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