Crítica / Teatro

San Agustín según San Agustín

30.08.2014 | 05:23
Ramón Barea, en la piel de San Agustín.
Ramón Barea, en la piel de San Agustín.

San Agustín habló el día de San Agustín y, después, implosionó el mundo. Sucedió el jueves pasado en la iglesia vieja de Sabugo, la de los pescadores medievales. Las palabras del santo de Hipona por un lado y la voz grave del actor Ramón Barea por el otro. Y, en el medio, las notas del saxofón pronunciadas por Alberto Guio. Todo bajo el manto de Juan Carlos Pérez de la Fuente, que es uno de los directores de escena más importantes del momento. Hombre sumergido en teatro, buceador de la escena capaz de dotar de presente a las palabras antiguas escritas por el obispo africano, el Padre de Iglesia que amasó la obra diseñada por San Pablo tras la muerte de Jesucristo. Y, sin embargo, "Confesiones de San Agustín" no es solo una ilustración mística de unos recuerdos místicos. El espectáculo de antes de anoche fue el relato de la búsqueda del espíritu, el de la conformación del carácter, el de la vida aprovechada. "Carpe diem, Sanctus Agustinus".

Al principio, la vida de San Agustín fue disoluta: vivió, amó, aprendió? Su madre fue Santa Mónica, santa en vida. Agustín fue maniqueo antes que cristiano, buscó a Dios y lo halló cuando era un hombre de vida entera. "Tardé te amé", escribe en un momento dado en sus "Confesiones", posiblemente, una de las primeras autobiografías de la historia de Occidente. "Confesiones de San Agustín" es la peripecia de un hombre de larga vida apasionada que se para a contemplar su estado, como dijo Garcilaso, y descubre que sus pasos le han conducido al éxtasis, al descubrimiento, a la felicidad celestial. Y no porque se dé de bruces con Dios, más bien, porque impacta con el que es de verdad y desconoce. De la contemplación de su estado, puede extraer la realidad el hombre por completo. Y es que la literatura da forma al pensamiento. Ernesto Sábato explicó que sólo existe un tema en la literatura: el hombre frente al mundo. Agustín de Hipona, contra su pasado, por su porvenir.

El espectáculo de antes de anoche fue un recitado dramatizado de las palabras excelentes del santo cristiano, todas expelidas por la garganta de un actor que es Robert de Niro y Al Pacino al tiempo, en una escenografía simbólica de cajas con pegatinas que rezan "muy resistente". La presencia escénica del Premio Nacional de Teatro de 2013 sobre la escena acongoja: cuando lee, cuando recrea, cuando debate consigo mismo, cuando dialoga con el saxofón?

San Agustín nada en el alma de los espectadores porque cuenta con las palabras divinas de Barea. Y también porque Juan Carlos Pérez de la Fuente sabe hacer espectáculos de frases perfectas nacidas para ser leídas. "Ama y haz lo que quieras". "Confesiones de San Agustín" es un espectáculo pequeño (apenas una hora), pero con poso gigante.

Pérez de la Fuente decide buscarse y emprende su desafío acompañado por Barea y por un texto casi siempre delicioso a cargo de un maestro de la poesía como es Luis Alberto de Cuenca. El poeta y su esposa, Alicia Mariño, se encargaron de destilar los trece libros de las "Confesiones" y lo hicieron con la sabiduría del amor a las letras, al poder de la literatura que construye pensamientos y organiza almas. Y esta destilación está salpimentada por gotas de Lope de Vega, Virgilio o Calderón de la Barca. Apenas pudieron disfrutar de "Confesiones de San Agustín" doscientas personas -las que cabían en la iglesia vieja de Sabugo-. Me lo dijo un amigo: el espectáculo de Pérez de la Fuente tendría que regresar a Avilés cada 28 de agosto y hacerse fijo en la programación festiva.

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