14 de agosto de 2016
14.08.2016

El niño que no deja de crecer

"El Juli" firma una colosal faena de figura del toreo para salir a hombros con un valiente Perera en la tarde en la que Cayetano emborronó con la espada una gran actuación

14.08.2016 | 05:42
Cayetano da un muletazo genuflexo al primero de su lote.

Fue la de ayer una tarde triunfal en El Bibio en la que "El Juli" y Miguel Ángel Perera salieron en hombros por la Puerta Grande sin Cayetano porque el menor de los Rivera Ordóñez tuvo en la espada su cruz. Fue tarde en la que además de la alegría con los lances frente al toro, se vieron niños sonreír. Aquellos que en la vuelta al ruedo recibieron de "El Juli" y Perera las orejas que su buen hacer facilitó que les fueran concedidas. Niños sobre los que pronto caerá la inmisericorde lupa de la sociedad que sin pedir permiso les pondrá etiquetas. Y si este mundo estuviera cuerdo igual los más pequeños querrían ser como "El Juli". Aunque resulte una quimera, pues a buen seguro optarán por emular a Messi, por no defraudar, o a Maradona, sin pasarse de la raya.

"El Juli", al que llamaron niño torero, ofreció su juventud a cambio de ser figura en la profesión y dieciocho años de alternativa después su ambición no conoce límites. Por ejemplo, en 48 horas lidiará seis toros en tres corridas distintas. Ayer en Gijón, esta mañana en Dax y en sesión vespertina torea en San Sebastián con uno de Galapagar.

Y de tanta garra que tiene cada tarde, se le quedó mal sabor de boca con el primero del festejo. Un toro al que quitó por gaoneras y que pronto se vino abajo. Se rajó a las primeras de cambio y "El Juli" no encontró el lucimiento. En el cuarto salió con el cuchillo en la boca y le dibujó un quite por lopecinas como preámbulo a una soberbia faena de figurón del toreo que brindó al público. O mejor dicho, dos faenas en una para desquitarse del agrio primero.

Su genuflexo inicio de faena, con rodilla en tierra, precedió a unos excelsos naturales en una grandiosa tanda con supina sapiencia. Adelantó la muleta para citar en largo en otra borrachera de toreo al natural que remató con tres molinetes por debajo de la rodilla y un pase de pecho. Una vez dominado el bravo toro de Garcigrande, transformó la lidia en un monólogo, pues toro, torero y muleta iban al mismo son.

"El Juli" alicató las suelas a la arena y le plantó la muleta en la cara a su antagonista. Hasta cinco circulares invertidos, de principio a fin y sin ventajas, sin despegar la suela. El último del quinteto llevó consigo un cambio de mano por delante que desplazó la tela y al toro hasta el infinito. Como para decir al llegar a casa "mamá, quiero ser como El Juli", y que ella asienta y aliente orgullosa.

Miguel Ángel Perera sorteó el mejor lote. El segundo demostró una clase superlativa en su embestida, que de acompañarle un motor con más celeridad el ganadero se lo lleva a casa de vuelta. Perera lució al toro por tafalleras en el quite y lo administró para que le durara toda la faena. De tanto humillar el toro clavó las astas en el ruedo para dar una voltereta. Pero seguía embistiendo con clase y Perera, entre arrucinas y su pasmosa quietud, le sacó partido para cortar una oreja.

Otras dos paseó del quinto, picado en el caballo que guardaba puerta. Quite por chicuelinas y de nuevo ofreció al público la muerte del toro de Domingo Hernández al que saludó de muleta con dos pases cambiados por la espalda con su verticalidad impávida característica. No fue el único derroche de valor. Tras citarlo en largo y torearlo despacio se plantó en un palmo de terreno cuando fue menester acortar distancias. Allí, daba igual que pasara un tren. Los cambios por la espalda para pasarse al toro rozando la taleguilla por ambos pitones hicieron brotar la algarabía al ver que Perera ni se inmutaba. Así llegó el doble premio.

A Cayetano no le reprocharon que se quitara del cartel el año pasado el día antes al relance de la grave cogida de su hermano Francisco. Al contrario, tenían ganas de verlo y le llamaron guapo varias féminas desde el tendido. No hay duda de que el común de los mortales prefiere la gente guapa a la fea, pero ponerse reiterativo en el piropo adquiere un cariz de cursilería insoportable. Y eso ya son palabras mayores. Más aún en una profesión como la de matador de toros, donde para ser figura es requisito imprescindible la belleza para que el arte sea completo. O por lo menos no tener cara de pobre, que hace mal efecto con un vestido de luces.

Pero para guapo, su toreo al tercero de la tarde, bizco del pitón derecho y de notable calidad. Lo veroniqueó bonito y repitió quite por el mismo palo. Apuntaba la faena que brindó al público y así fue. Rodilla en tierra y tres muletazos hondos y despaciosos que ya quisieran muchos pegarle a un toro de pie. Magnífica la siguiente tanda que se metió al público en el bolsillo. En plena ebullición se descalzó como acostumbra para torear más cómodo porque, como todo el mundo sabe, igual que el frío, el arte entra por los pies. Con la figura erguida deleitó al natural y recordó a papá en sus desplantes oteando al tendido. Citó de frente, ofreciendo el pecho y se rompió en el epílogo con doblones. La dos orejas las tenía en la mano, pero a Cayetano, sensacional ayer, le dio por ponerse en modo pinchaúvas.

Y para colmo de males el garbanzo negro salió en sexto lugar. Un toro deslucido, complicado y de malas intenciones con el que Cayetano estuvo cauteloso aunque dispuesto a sabiendas de que la Puerta Grande estaba cerrada desde el primer extraño que hizo en banderillas a Joselito Rus. Tan extraño como los niños de hoy en día que no quieren ser toreros.

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