POR ANA PAZ PAREDES
La maleta de Carlos Julián Rocca, artesano residente en Ribadesella y conocido por la belleza y originalidad de sus «esculturas de luz», está llena de imaginación, de asombro y de creatividad. Desde que en julio de 2001 dejó su país natal, Argentina, para venir a Europa, hasta hoy, y junto al diseño textil, ejerció como fotógrafo y trabajó en el cine y en el teatro, especializándose en los apartados de escenografía e iluminación. En 2005 llegó a Asturias y en esta tierra enraizó junto a María Laura di Fiore, argentina como él y diseñadora de ropa.
También hay en su maleta muchos recuerdos y, curiosamente y en general, casi todos son buenos, positivos, satisfactorios. De niño, por ejemplo, le gustaba mucho armar barcos, cometas, aviones. Hoy, esa afición ha madurado hasta el punto de que su trabajo, único y distinto, se ha convertido en su profesión. Sus esculturas de luz llaman la atención allá donde van no sólo por la bondad, la ternura y la calidez que desprenden, también por su enorme originalidad, donde el reciclaje de sus componentes le da, además, un valor añadido. De envases de botellas de agua, pequeños coladores de leche o botes de cristal que en principio albergaban yogures, por ejemplo, surgen de sus hábiles manos insectos que nunca nos gustaría tener en casa salvo que iluminen nuestra estancia, como los coloristas mosquitos, mariquitas, abejas, moscas o mantis religiosas de Carlos Julián Rocca.
Otras lámparas que realiza son barcos, libélulas, mariposas y submarinos. Sus últimos trabajos son veleros y caracoles, que pronto expondrá en su blog http://sueniosdeluz.blogspot.com. Quien quiera conocer mejor su obra su correo es julianrocca@hotmail.com.
Tanto él como su mujer se consideran unos enamorados de Asturias, tierra de la que hablan con cariño y en la que han encontrado su hogar. Ellos, que gustan de perderse junto a su hijo por algunos senderos riosellanos, recomiendan acercarse hasta La Cuevona de Cuevas del Agua, y atravesarla. Literalmente como suena. Porque es un lugar increíble, insospechado, impresionante por el que pasa una pequeña carretera. La primera vez que se cruza por el interior de la tierra, con el coche, no se olvida. Algunos rincones de su bóveda están iluminados y sus 300 metros de recorrido parecen el doble por la impresión que causan. Luego se accede a Cuevas, con varios rincones para disfrutar de la fotografía, como son los hórreos donde aún cuelgan panoyas y fabas; una pequeña capilla, casas de remozadas fachadas y grupos de florecidas camelias.
Para los que aún quieran más, a partir de este pueblo tienen el circuito de Monte Moro y la ruta de los molinos. Del pueblo sale una pista que conduce hasta el caserío de Santiago, teniendo a la izquierda y como fiel acompañante durante un rato al río Sella. Tras llegar al caserío, se cruza éste y se continúa hasta llegar a un valle donde se encuentran los restos de algunos de estos ingenios harineros.
Los amantes del baloncesto que prefieran esperar a los amigos en el pueblo, tiene una buena canasta junto a la capilla para practicar unos cuantos tiros libres, antes de volver a casa.