CRISTINA MORATÓ
Escritora, viajera y reportera 

«Viajar se ha convertido en algo maldito»

«Cuando empiezas a añorar la tortilla de patata y el jamón es el momento de regresar, aunque las termitas fritas son exquisitas»

 13:48  

LA CORUÑA, ISABEL BUGALLAL No comprende cómo la monja gallega Egeria, primera viajera de la Historia que en el siglo IV fue a Jerusalén y Egipto, no tiene un monumento o una calle. Egeria es una de las heroínas de Cristina Morató (Barcelona, 1961), autora de obras como «Viajeras intrépidas y aventureras», en las que ha pretendido dar a conocer la vida de mujeres apasionantes.

-Siempre escribiendo de viajeras... ¿Cómo viaja usted?
Ligera de equipaje. Me complico poco y no llevo guías muy pesadas pero sí buena literatura de los países a los que voy. Me saco el billete de ida, pero no el de vuelta.

-¿Planifica o improvisa?
No me gusta planificar demasiado. Soy de visitar a amigos en los países y de dejar abierto el viaje. Viajo como las antiguas viajeras de mis libros. No en cuanto al equipaje, porque ellas viajaban con la bañera a cuestas, la porcelana y la vajilla, pero sí con su filosofía. Viajo para aprender, como escuela de vida, no como aventura, no soy nada aventurera, no me gusta el riesgo, y menos viajando sola.

-Algún susto habrá tenido.
Me encontré una tarántula en la cama al llegar a un hotel en el Amazonas. Y situaciones más delicadas, como en mi primer viaje: haciendo un reportaje fotográfico sobre los indios misquitos, en la frontera entre Nicaragua y Honduras, me dispararon. Fue un aviso.

-Era muy joven.
Tenía 21 años y quería ser reportera de guerra, pero luego, sobre el terreno, descubrí que no tenía estómago para eso.

-¿Es de las que echa de menos el jamón o el rioja?
Cuando empiezas añorar la tortilla de patata y el jamón es el momento de regresar, como decía Manolo Vázquez Montalbán. Soy bastante camaleónica: me gusta la buena mesa pero si tengo que comer mono al chocolate, como me ocurrió en Guinea Ecuatorial, o unas orugas en su salsa, lo como, no hago ascos a la comida selvática: las termitas fritas son exquisitas.

-¿Suele viajar sola?
Cuando hacía reportajes viajaba sola y me pasaba tres o cuatro meses fuera. Mis viajes ahora son muy distintos y mucho más cortos, tengo un hijo de 12 años que me ha hecho cambiar de hábitos. Ahora viajo para documentar mis libros. Trato de transmitir a mi hijo el amor por los viajes. Lo llevé en una mochila de pequeño y tiene ya mucha vida viajera: ha estado en Tailandia, México, Marruecos...

-¿Viaja, pues, en familia?
Sí, son viajes con mi marido y el niño, normalmente a sitios en los que antes estuve sola. Estoy redescubriendo esos países a través de los ojos de un niño.

-¿Conflictos como los de Oriente Medio le han achicado el horizonte?
Sin duda. Muchos de los viajes que hice en el pasado ahora no los podría hacer porque son países inseguros o están en guerra. Viajé a Siria varias veces, es un país fascinante y ahora vive una guerra terrible y, además, silenciada; la comunidad internacional le da la espalda.

-«Si yo fuera rica no tendría casa, tendría una maleta», decía en 1927 Carmen de Burgos.
Lo suscribo, huiría de la monotonía como de la peste. No hay nada como viajar y ver mundo. Viajar da mucha humildad, ves las necesidades que hay en el mundo y sientes que eres un privilegiado.

-El 11-S ha supuesto un gran cambio para los viajes.
Viajar se ha convertido en algo maldito y complicado. Es terrible. Lo están poniendo todo difícil para que no viajemos y nos quedemos en casa. Antes había muchos menos controles y el viaje era feliz desde la partida. Ahora, con los retrasos, las cancelaciones, las amenazas de bomba, es muy complicado y la aventura es salir del aeropuerto.

-¿El turismo desbarató la aventura de viajar?
No, eso es una tontería que dicen los viajeros, que se creen que son distintos a los turistas. Yo no hago distinción entre viajero y turista. Me he encontrado turistas con billete de ida y vuelta en el bolsillo y todo organizado pero con interés y disfrutando del viaje, y a viajeros que van a lo Indiana Jones, lo saben todo, son los dueños de los países y son insoportables. El viajero cree que es un ser privilegiado.

-¿Como a Freya Stark, a usted le sobreviene «una especie de locura a la vista de un buen mapa»?
Si hubiese sido una dama victoriana, me hubiese sobrevenido una locura ante los mapas en blanco o llenos de amenazas salvajes del siglo XIX, que eran una invitación a lo desconocido. Ahora está todo cartografiado y los viajes han perdido el romanticismo de antes.

-¿Era una «intrépida» que daba disgustos a sus padres?
Intrépida o temeraria, no sé. Les hice sufrir pero les agradezco que respetaran mi pasión viajera y mi interés por ser reportera cuando muy pocas mujeres lo eran.

-Le dio por el puenting y el paracaidismo.
Les salió una hija un poco audaz y todo les asustaba. Me dio por los deportes de aventura en una época en que no estaban de moda. Lo hice para probar y sentir las sensaciones porque, repito, no soy aventurera ni amante del riesgo.

-Dobló el temido cabo de Hornos.
Pero por curiosidad. Tengo esa enfermedad, la de la maldita curiosidad. Todo lo he hecho para experimentar y para conocer. El aventurero busca el riesgo y si hoy estoy viva es porque lo evité. Siempre he tratado de pasar inadvertida en los viajes y eso siendo rubia y con casi 1.80 metros de altura...

-¿Por qué se casó en Chiapas?
Porque me enamoré de Chiapas. Cuando vi la iglesia de Zinacantán me dije que si algún día me casaba sería allí. Convencí a mi marido, un español de Córdoba, pero no a mi familia. Mi madre se pasó una semana sin hablarme.

-¿Qué trae de sus viajes?
Me fascinan los textiles y el arte africano. Suelo comprar artesanía. Voy ligera de equipaje para volver cargada de recuerdos.

-¿Qué idiomas habla?
Hablo francés y un poco de inglés, pero me comunico por gestos. Debo de ser muy expresiva porque me entienden perfectamente.

-Madame Matata. Un carácter.
Trabajé en Cooperación Sanitaria nueve meses en el antiguo Zaire, la actual República Democrática del Congo. Me robaban víveres y material, tuve que despedir a algún trabajador y me cayó ese apodo, que significa «mujer problema». No es malo que te apoden, es una forma de aceptarte. Le pasó lo mismo a Karen Blixen.

-¿Ha hecho otro tipo de viajes? ¿Viajes alucinógenos?
No, no, no. Vamos, no. He estado en México en la cuna de los hongos y he fotografiado a indígenas que usan el peyote en sus rituales, pero nunca he querido cruzar esa frontera, y menos viajando sola.

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