12 de junio de 2016
12.06.2016

Isabel II da la puntilla a Wallis Simpson treinta años después

El aniversario de la muerte de la americana por la que abdicó Eduardo VIII ha pasado desapercibido, solapado por los fastos del 90.º cumpleaños de su sobrina, la reina de Inglaterra

12.06.2016 | 05:25
Isabel II da la puntilla a Wallis Simpson treinta años después

"El pueblo británico siempre detestó a esta extranjera que les arrebató un príncipe guapo y encantador al que todos adoraban", contaba días atrás la escritora y reportera Cristina Morató para recordar a Wallis Simpson al cumplirse, el 24 de abril, los 30 años de su muerte, "sola en su mansión de París rodeada de sus perros falderos". La americana tenía entonces 89 años y su aspecto físico y mental distaba mucho del que había cautivado al entonces príncipe de Gales, Eduardo, en enero de 1931 cuando les presentó una amante del que sería, a partir de enero de 1936, Eduardo VIII de Inglaterra.

El aniversario del fallecimiento ha pasado desapercibido para lo que se suelen conmemorar hoy en día este tipo de fechas, siempre socorridas para rescatar de la historia personajes con cierto arraigo en la memoria popular. Y Wallis Simpson no hay lugar a dudas de que lo es por cómo se paseó por el siglo XX, codeándose con la realeza, los políticos y los representantes de la alta sociedad europea, siempre con la cabeza bien alta pese a su mala fama. Pero se ha dado la casualidad de que los ingleses y, por ende, el resto de Europa han estado más preocupados estas últimas semanas de festejar el 90.º cumpleaños de Isabel II (en junio se celebran los principales fastos en Londres) que de recordar a la americana que causó una de las más profundas crisis en la monarquía británica (todavía quedaba mucho para que llegaran Lady Di y Sarah Ferguson) y coqueteó con los gerifaltes del nazismo cuando Hitler estaba a punto de convertirse en dueño y señor del Viejo Continente.

Mala suerte la de Wallis tener que medirse para acaparar titulares con la mismísima reina de Inglaterra, quien si hoy se sienta en el trono es en parte gracias a la odiada americana. Ésta se cruzó en el camino de su tío Eduardo, quien enamorado hasta las trancas de la socialité estadounidense y dispuesto a casarse con ella por encima de cualquier razón de Estado renunció a la corona menos de un año después de haberse convertido en rey. Las cuestiones políticas se impusieron a las del amor y, cosas del destino, los ingleses se encontraron de repente con un nuevo monarca, Jorge VI, que si bien ejemplar, con una imagen impecable y una vida familiar ideal, su tartamudez y timidez le restaban muchos enteros para convencer a sus súbditos de que daría la talla. Pero la dio y, sin lugar a dudas, también su heredera, Isabel II, que ha logrado arrebatarle a su tatarabuela, la inolvidable reina Victoria, el título de monarca más longeva del Reino Unido.

Poco se habría de fijar Wallis Simpson en la pequeña sobrina de Eduardo cuando cortejaba con éste, y a buen seguro que al principio a la pareja no se le pasó por la cabeza que Isabel llegaría en algún momento a ser su soberana. Ésta contaba con 10 años cuando murió su abuelo y Europa entera se escandalizó por los amoríos de su tío con una mujer que acumulaba ya dos divorcios. La niña creció viendo cómo la pareja se entregaba a una vida de lujo y de placer por los rincones más selectos de Europa (la Costa Azul, las estaciones de esquí suizas, las islas italianas, París...) mientras su padre se esforzaba en estar a la altura de las circunstancias con la Segunda Guerra Mundial a las puertas. Los ya Duques de Windsor (título que les concedió Jorge VI) no tuvieron reparos en reunirse con el mismo Adolf Hitler en Alemania o gastarse amistad con destacados líderes nazis británicos como Oswald Mosley, de cuya esposa, Diana Mitford, Wallis era buena amiga.

La pareja huyó como de la pólvora del avance de los alemanes, primero al sur de Francia, luego a España y finalmente a Portugal, hasta encontrar un cómodo destino en Bahamas. Todo arreglado en Europa, volvieron a la comodidad parisina (siempre de prestado, decían las malas lenguas) y sólo Eduardo acudió a Inglaterra en 1952 para enterrar a su hermano y ver a su sobrina Isabel en el trono. Hasta en las mejores familias hay rencillas y problemas, pero también el paso del tiempo ayuda a sosegar los ánimos y enterrar resentimientos. Isabel II nunca evitó a su tío ni a su mujer, pese a que la relación de ésta con la reina madre siempre había sido tirante y fría: Wallis no perdía oportunidad de criticarla o ridiculizarla.

Las puertas de Buckingham se abrieron para la americana en los funerales de Eduardo, en 1972. Wallis Simpson tenía ya 76 años y había dejado suficientemente demostrado que su acercamiento al príncipe de Gales no había sido por su fortuna o sólo el capricho de un día, sino que ambos habían disfrutado de una sólida y, que se sepa -pues nadie lo ha puesto en duda-, feliz relación que duró más de 40 años. En 1972 los Windsor tenían ya cosas más importantes de las que preocuparse y acogieron en su seno a la anciana tía Wallis, que vivió sus últimos años en París retirada de la sociedad, gracias a la fortuna de su esposo y a una ayuda de la reina de Inglaterra. En la mansión del Bosque de Bolonia esperó la muerte, que le llegó despacio, progresivamente, haciendo estragos en su físico y en sus capacidades mentales.

Murió el 24 de abril de 1986 y los Windsor, con Isabel II a la cabeza, supieron estar a la altura: su funeral se celebró en la capilla San Jorge del palacio y la enterraron junto a Eduardo.

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