03 de julio de 2016
03.07.2016
Amores Que Hacen Historia

Alice B. Toklas, la chica para todo de Gertrude Stein

Sólo la muerte de la escritora puso fin a una relación lésbica que rompió moldes por su valentía y naturalidad en la época

03.07.2016 | 05:38
Alice B. Toklas, la chica para todo de Gertrude Stein

"El tema principal de la obra de Gertrude es ella misma. La motivación de la misma es su propia razón de ser. Y su propia existencia es también razón de ser y protagonista de su tema principal. Alice contribuyó de forma inestimable a esa secuencia de necesidades con su propia vida". Con estas palabras describe James Lord la relación entre Gertrude Stein y Alice B. Toklas, a las que tuvo oportunidad de tratar en París a finales y después de la Segunda Guerra Mundial en el apartamento que la pareja compartía en la rue Christine. Lord, que dejó el servicio de inteligencia estadounidense (donde había estado durante la contienda) para convertirse en cronista social del París posbélico, comparte la idea generalizada de que Toklas era algo así como la chica para todo de Stein, quien con su arrolladora personalidad conseguía hacer sombra no sólo a su compañera, sino a los artistas que desfilaron por sus salones, primero en la célebre rue Fleurus y luego en la citada Christine. Algunos acabarían siendo grandes genios del siglo XX, en parte gracias a sus servicios: Picasso, Fitzgerald, Ezra Pound, Hemingway, Braque, Apollinaire...

Un detalle: cuando los artistas llegaban al apartamento, a las famosas tertulias de los sábados noche en el París de los felices años 20, los hombres se iban al salón con Stein. Alice se encarga de recibir y entretener a las mujeres. Al volante, en sus viajes al sur de Francia o por la Toscana, siempre estaba Gertrude, quien era la que se había sacado el permiso de conducir. Alice, a su lado, atenta a los deseos de su compañera.

La escritora estadounidense, famosa por su colección de arte, conoció a su compatriota Alice (nacida en San Francisco en 1877 y, por tanto, tres años más joven que ella) en París en 1906. La primera había llegado tres años antes con su hermano Leo, y la segunda acaba de hacerlo. "Ella era una presencia dorada, quemada por el sol de la Toscana y con un brillo de oro en su cabello marrón cálido...", escribió Toklas de su primer encuentro con la que se convertiría en su pareja de por vida, iniciando una relación no sólo sentimental, sino profesional y de dependencia mutua.

Ambas, procedentes de familias judías, destacaron por su bagaje cultural e independencia en una época en la que no era habitual que las mujeres decidiesen enfocar la vida en soledad, entregadas al estudio y a la formación intelectual. Mucho menos mantener una relación lésbica sin ningún tipo de prejuicios. Se conocieron, se gustaron y al poco unieron sus vidas hasta que la muerte de Stein, en 1946, las separó. Alice todavía viviría más de veinte años, sola, encerrada en su apartamento, rodeada por los recuerdos de Gertrude, sobre todo los cuadros.

Unas obras de arte que poco a poco fueron desapareciendo del salón, cuando los herederos de Stein optaban por llevárselas. De los últimos años de Toklas fue testigo James Lord, quien una vez muerta Stein se decidió a visitarla en París tras volver de un viaje de Estados Unidos. El cronista se encontró a una mujer vieja, abandonada, dejada y aferrada al recuerdo de Gertrude. Pero también a un personaje mucho más interesante. Y lamentó no haberle prestado más atención cuando Picasso le llevó a la rue Christine en 1945 y la arrolladora personalidad de Stein hizo que Toklas pasase desapercibida. El cronista acabó mal con la primera -famosa por sus arranques de mal genio inesperados- y en su obra no evita ajustar cuentas con ella. Entre otras cosas, reprocha a la escritora no haber asegurado el futuro de Alice tras su muerte: ésta, con todo lo que le había entregado en vida, sólo podría disfrutar de las posesiones de Stein, pero siempre bajo supervisión de sus herederos, quienes hicieron todo lo posible por complicarle la vida, ávidos de meter mano en la jugosa colección de arte de la excéntrica tía.

Cuando James Lord visitó a Alice B. Toklas, ya "viuda", descubrió que faltaba el célebre retrato de Gertrude que había hecho Picasso en el año 1906 y que ahora cuelga del Metropolitan Museum de Nueva York. Su ausencia en el salón prácticamente se hacía insoportable para ambos. Había un gran vacío, pero no porque la pintura dibujase a una Gertrude entrañable, ya que el rostro de la protagonista ha pasado a la historia por su dureza y frialdad.

Cuentan que Picasso recibió muchas críticas por el cuadro. Pero él, haciendo gala de la relación de amor-odio que tuvo durante toda su vida con Stein, zanjó la polémica: "Todos creen que no se parece en nada a su retrato, pero no os preocupéis, al final logrará parecerse exactamente a él."

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