Psicología

Depresión, la tristeza patológica que roba el placer de vivir

Los expertos señalan la importancia de animar al paciente y planificar actividades que refuercen su autoconfianza

13.05.2014 | 15:25
La depresión, cada vez más frecuente.
La depresión, cada vez más frecuente.

La depresión, esa tristeza antinatural que despoja de la alegría de vivir. Pilar Saiz, profesora titular de Psiquiatría de la Universidad de Oviedo, detalla los pormenores de esta enfermedad, cuya prevalencia en mujeres duplica, e incluso triplica, la de los varones.

¿Qué es la depresión? Bajo el nombre de 'trastornos del humor' se incluyen una serie de cuadros clínicos bien definidos entre los que figuran los trastornos depresivos. Tienen una serie de manifestaciones comunes y generalmente se distinguen entre sí en función de su curso o evolución clínica, más que por los síntomas.

¿Leve o grave? La depresión puede a llegar a ser una enfermedad grave y discapacitante. Es una de las enfermedades del sistema nervioso central más frecuente y que más costes indirectos genera.

Prevalencia. Aproximadamente, el riesgo de desarrollar depresión mayor a lo largo de la vida es del 7-12 por ciento en hombres, y del 20-25 por ciento en mujeres, con unas prevalencias mensuales en las consultas de atención primaria en torno al 5-10 por ciento del total de consultas realizadas. Una observación casi universal, e independiente del país o la cultura, es que el trastorno depresivo es el doble de frecuente en mujeres que en hombres. Se ha postulado que esto podría deberse a diferencias hormonales, efectos de la maternidad o distintos factores de estrés psicosocial en mujeres que en hombres.

Síntomas. El más frecuente es la tristeza. Otro síntoma fundamental es la anhedonia o pérdida de interés o placer por las ocupaciones habitualmente gozosas de la vida. El paciente pierde la "gracia" y la capacidad de disfrutar de las cosas que habitualmente le apetecía hacer. No reacciona de forma habitual a los estímulos externos, y está en un estado de aparente apatía, desinterés o indiferencia. En otras ocasiones se observa un incremento en la reactividad emocional: el paciente se muestra hipersensible ante estímulos externos, con irritabilidad, labilidad emocional o excesiva sensibilidad frente a acontecimientos habituales.

Pérdida de vitalidad. El tercer síntoma cardinal, junto con la tristeza y la anhedonia, es una pérdida de vitalidad o energía que dificulta severamente realizar una actividad laboral como consecuencia de la reducción de la capacidad de atención y concentración. Otros síntomas frecuentes son la alteración del apetito, la pérdida de autoestima, el insomnio o somnolencia excesiva, el pesimismo o la disminución del apetito sexual. También pueden asociarse síntomas somáticos que, en ocasiones, pueden dificultar el diagnóstico del cuadro, tales como cefaleas, dolores abdominales inespecíficos o dolores osteomusculares.

Distinta de la tristeza. La depresión debe ser diferenciada de la «tristeza» normal, que es un sentimiento inherente a la condición humana y que surge de las relaciones de las personas con el medio que las rodea ante situaciones de pérdida o frustración. También debe ser diferenciada de las «reacciones de duelo» que acontecen tras la pérdida de un ser querido y que normalmente tiene una duración autolimitada y previsible en pocos meses. Asimismo, hay que tener presente que pueden existir una serie de enfermedades físicas capaces de generar síntomas depresivos relevantes. Es necesario descartar su presencia y proceder a su adecuado tratamiento si se detectaran. Por otra parte, existen determinados fármacos que pueden facilitar su aparición: los antihipertensivos y los corticosteroides son los más documentados en este sentido.

Tratamientos. Existe tratamiento psicofarmacológico altamente eficaz y seguro. Se dispone de distintos tipos de antidepresivos que pueden ser utilizados según las características sintomatológicas y el nivel de gravedad. Es muy importante que los enfermos entiendan que estos fármacos suelen tardar dos o tres semanas en comenzar a ser efectivos y que, una vez conseguida la remisión de los síntomas, es aconsejable mantener el mismo tratamiento al menos unos seis meses para evitar reaparición de síntomas y recaídas. Los fármacos antidepresivos no producen tolerancia ni dependencia. En consecuencia, no son susceptibles de abuso en su consumo.

Ojo con las benzodiacepinas. En ocasiones, el paciente puede recibir en su terapia benzodiacepinas, al menos durante el tiempo inicial en el que el antidepresivo comienza a ser efectivo. Las benzodiacepinas producen sólo un alivio inmediato y no curan la depresión. Además, su uso continuado genera tolerancia y dependencia, con lo cual el paciente cada vez necesita más dosis para conseguir el mismo nivel de alivio. Además, puede resultarle muy difícil prescindir de su toma. Por eso sólo se recomienda un uso lo más limitado posible de las mismas y durante períodos de tiempo controlados, procediéndose después a una retirada gradual y progresiva. También existen modalidades psicoterapéuticas de tipo cognitivo conductual que pueden servir de ayuda al tratamiento de base que es de tipo farmacológico.

Cuando el problema se cronifica. En uno de cada cinco casos, la depresión puede tender a cronificarse. Entre los factores asociados a una depresión crónica cabe destacar los siguientes: persistencia de factores de estrés sociales o ambientales, comorbilidad con otros trastornos (ansiedad, consumo de sustancias...), resistencia a los tratamientos habituales, edad elevada...
Una de las complicaciones más importantes de la depresión es el riesgo de suicidio: está presente en aproximadamente el 15 por ciento de las personas que padecen depresión. El 60-70 por ciento de los suicidios ocurren en personas que sufren depresión.

¿Atención primaria o especializada? El tratamiento de la depresión puede realizarse de modo totalmente adecuado desde las consultas de asistencia primaria. No obstante, puede ser adecuada la consulta a un especialista cuando se dan determinadas circunstancias, tales como la existencia de elevado riesgo de suicidio o de síntomas psicóticos, o también si la enfermedad persiste a pesar de haber realizado un abordaje terapéutico con fármacos antidepresivos, a dosis adecuada y durante un tiempo adecuado.

Recomendaciones para la batalla. Hay una serie de consejos que pueden ser de gran utilidad tanto para el paciente como para su familia. Por ejemplo, que la depresión no es un signo de dejadez o pereza: los pacientes se esfuerzan todo lo que pueden, pero en las fases más agudas de la enfermedad «no pueden». Por otro lado, resulta útil la planificación de actividades a corto plazo que tengan como finalidad la diversión o afianzar la autoconfianza. Es importante animar al paciente a resistirse al pesimismo y a la autocrítica negativa, y no actuar bajo ideas pesimistas. Conviene evitar la adopción de decisiones importantes en los momentos álgidos de la enfermedad. También puede ser adecuado que el paciente trate de identificar problemas de la vida diaria y situaciones de estrés que puedan influirle de modo negativo. Después de la mejoría, es importante vigilar posibles signos de recaída y planificar con el paciente como abordar la posibilidad de aparición de nuevos episodios.

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