Ahora tras la flexibilización de las normas que prohibían literalmente salir de casa, hemos empezado a tener ansias de terrazas, bares y playas, y sorprende ver nuestra Villa de Avilés, con las calles llenas de gente, con muchos extranjeros y multitud de perros, curiosamente más canes que cochecitos de niños, para quienes “tomar el aire” es tan necesario como pueda serlo para las mascotas.

Ello me lleva a hacer una reflexión muy negativa del rumbo que ha tomado Avilés, desde hace más o menos cincuenta años y que, por desgracia, no se separa mucho del ambiente general de toda España.

Según fuentes del Ministerio de Sanidad, en España se practican al año unos cien mil abortos. Independientemente de los aspectos morales que presenta el hecho del aborto en un país como el nuestro, con una de las tasas más bajas de natalidad de Europa, ésta generalización de la ahora llamada de forma políticamente correcta: “interrupción voluntaria del embarazo”, es un despropósito y una irracionalidad. Representa, nada más ni nada menos que un empobrecimiento de nuestra capacidad de renovación poblacional, llevando a nuestra sociedad a un envejecimiento indeseable.

Al paso que llevamos nuestra pirámide de población será mucho más ancha por arriba que por abajo. De este modo llegará el momento, no lejano, en que el relevo generacional lo vendrán a hacer los inmigrantes extranjeros, desnaturalizando nuestras raíces, nuestras costumbres y nuestra identidad como nación.

No parece que a nuestras autoridades les preocupe demasiado este problema. En nuestra sociedad avanzada se han instalado la permisividad y el hedonismo como valores supremos de un progresismo muy mal entendido, porque no puede ser considerado como progreso el atentado impune contra la vida en una nación que felizmente ha abolido la pena de muerte de sus leyes penales. Así pues, en vez de progreso, el aborto debe ser calificado como un retroceso, sobre todo cuando el único criterio que, en definitiva, se tiene en cuenta para su práctica es el libre deseo de la embarazada. No hace mucho tiempo que una conspicua feminista, tras descalificarme para debatir sobre éste asunto, por el mero hecho de ser hombre, me decía: “No tienes ni idea del trauma que significa para una mujer el tener que abortar”.

Yo no lo dudo y, además, pienso que siendo este trauma tan enorme, mejor sería que la ley se preocupase de ayudar a la embarazada que no desee tener a su hijo, sea por la razón que sea, y poniendo a su disposición todos los ingentes medios de que gracias a Dios y a nuestros impuestos dispone hoy la Seguridad Social. De este modo, al término natural del embarazo, se recogería al niño en un establecimiento adecuado y, en cuanto fuese posible, se le daría en adopción a uno de los miles de matrimonios que, por imposibilidad de procrear, están deseando adoptar un niño a quien querer y cuidar como si fuera hijo propio.

Me parece sencillamente fuera de toda lógica que se estén importando para éste menester niños de China, de África y de otros países menos desarrollados que el nuestro, mientras que aquí impedimos, con todas las de la ley, el nacimiento de los que son de nuestra propia sangre e identidad. El apoyo decidido a nuestra natalidad sería lo verdaderamente natural y progresista, lo contrario es un mal absoluto y un despropósito, tanto en contra de la naturaleza, cuanto de nuestro propio desarrollo como sociedad avanzada moral y materialmente.

Y con estas afirmaciones, nadie vea, como Don Quijote, “gigantes donde no hay más que molinos”. No se trata de hacer apología del racismo ni tampoco ningún tipo de desprecio hacia los inmigrantes. También los españoles nos diseminamos en otro tiempo por todo el mundo y así contribuimos en América, a crear otras naciones (muy especialmente Avilés en Cuba, donde nuestra colonia era muy abundante). Igualmente en Europa cooperamos a la prosperidad de aquellos países a las que fuimos a trabajar. Pero esto no implica que renunciemos a renovar nuestra población y a confirmar nuestra identidad con un justo y lógico relevo generacional propio.