Los 34 años de Eduardo Martín cultivando ostras en el Eo y sobreviviendo a una crisis en el mercado francés, a un herpesvirus y a una pandemia
La cría del molusco ha tenido que cambiar de estrategias y de mercados para superar los avatares de la ruta: "Hubo momentos en los que pensamos que no podríamos seguir", afirma el biólogo promotor del proyecto

J.A./ MARIO CANTELI
La ría en bajamar, en el silencio apacible de la primera hora de una mañana de primavera, es una oficina casi perfecta. Eduardo Martín, 34 años cultivando ostras en el Eo, asiente mientras voltea y supervisa los sacos en los que crecen los moluscos. Tiene el agua por la cintura y la silueta muy reconocible de Castropol cierra el decorado a su espalda. A esta hora todavía puede estar de pie dentro de la ría, en una zona que la pleamar sumergirá en unas horas bajo cuatro metros de agua y que en tiempo de mareas vivas también llega a quedar completamente en seco…
Ese tiempo que pasa sin agua, y por tanto sin alimentarse, hace que la ostra del Eo tarde más en crecer, explica, pero también endurece la concha y fortalece el músculo que las mantiene cerradas, así que "aguantan más tiempo cuando se las saca a la venta, y eso a nosotros nos viene bien". Se diría que el animal se ha adaptado a las dificultades del medio y tal vez, si lo piensa bien, el ostricultor pueda decir lo mismo.
Una crisis tras otra
La especie diferencial del estuario asturgalaico, única en Asturias, ha tenido que superar en estos tres decenios largos una crisis del mercado francés que empezó siendo su principal cliente, una exigencia de reducción de la producción, una necesidad de recalcular y reconducir la ruta de comercialización, un herpesvirus y una pandemia… "Hubo momentos en los que pensamos que no podríamos seguir", confiesa Martín, pero aquí siguen, ellos y sus bivalvos, rozando las veinte toneladas anuales en las tres hectáreas de su parque de cría y superando las doce ediciones del festival gastronómico y turístico que confirma cada año a la ostra como "elemento diferenciador que ayuda a dar a conocer y a identificar esta zona".

Eduardo Martín, sumergido en la ría, sostiene un saco de ostras con la silueta de Castropol al fondo. / Mario Canteli
Esta "oficina" que ahora tiene en la ría del Eo fue la salida que un biólogo madrileño de apenas treinta años encontró en 1992 para "escapar de Madrid". Apenas conocía Asturias y ni siquiera sabía que había ostras en el Eo cuando aterrizó como monitor en unos cursos del Inem en Luarca y en un azar afortunado del destino conoció a Carmen Vinjoy, la última de una cooperativa de cultivo ostrícola que languidecía en la ría. Vio una oportunidad, se asoció con ella y cuando ella se jubiló se quedó a relanzar el proyecto con la incorporación de su esposa, Nuria Núñez.
"¡Ostras, ostras, ostras!", anuncia ahora la pared lateral de la pequeña construcción a pie de ría que hace de sede a su empresa, Acueo. La exclamación puede servir para ilustrar el repaso que Eduardo está a punto de hacer de los vaivenes, las escoras y las oscilaciones de su travesía empresarial por Castropol. La ilusión y las ganas de aprender de los inicios compensaron las primeras dificultades de comercialización.
"Nos costó, pero salimos por Francia, donde prácticamente se vendía a granel la totalidad de nuestra producción, que llegó a ser de casi cincuenta toneladas al año, nada mal para una empresa pequeña con tres hectáreas de concesión y tres personas", ellos dos y un empleado. No contaban, sin embargo, con el golpe que la crisis financiera de 2008 le asestó al sector ostrícola francés, que les dejó de pronto sin salida comercial, ni con el ataque casi simultáneo de un herpesvirus que causó una alta mortalidad en el parque y "nos llevó a condicionar el cultivo casi hasta pensar que no había solución". Pero la había.
El herpesvirus
Combatieron el virus con más semillas y decidieron producir menos y "sacarle más valor a cada ostra", cambiando la exportación por el mercado autóctono. "A veces son las condiciones las que te marcan el camino", reflexiona Eduardo Martín. "Nosotros pasamos de pensar en llegar a las cien toneladas de venta en Francia a reducir la producción a quince, pero en venta directa a consumidores, tanto en hostelería como particulares. Así conseguimos capear el temporal y salir adelante". Abrieron una pequeña tienda física y otra online, y cuando la sacudida a la hostelería se la dio la pandemia del coronavirus ellos ya se habían pertrechado con la experiencia y las armas para hacer frente a la adversidad.
La filosofía que les impusieron sus circunstancias es una suerte de retorno sobre sí mismos, una conexión con el entorno que él enuncia diciendo que "dado que la ría es un espacio excepcional, Castropol un lugar muy bonito y las ostras un producto de gran calidad, la gente tenía que conocerlo". Se han dado un último empujón abriendo una terraza para la temporada de primavera-verano en su espacio de venta, con visitas divulgativas al espacio de cultivo y una línea ascendente que consigue que "cada año vayamos creciendo cada vez un poco más en ventas y rendimiento económico", remata.
Certificación ecológica
La pericia para identificar los caminos del mercado también les llevó a ser los primeros ostricultores de España que obtuvieron certificación ecológica, una vía que exige el control de todos los procesos de cría, de la semilla en adelante, pero que también les ayuda a "ser más exigentes con nuestro trabajo y más respetuosos con el medio del que vivimos".
En la línea de llegada, eso sí, otra cosa que ha pasado es el tiempo y el promotor ha llegado a los 62 años "a gusto". De vez en cuando, también con algún síntoma de cansancio que le lleva a otear una vez más el camino hacia el futuro. Con la experiencia de quien ha sido casi pionero, Eduardo Martín confirma que el suyo es "un negocio viable para la gente que quiera trabajar y vivir de los recursos que aporta el medio natural y que son muy interesantes".
El vaso de sidra como unidad de medida ostrícola
Todo esto empieza con una ostrita diminuta, de seis milímetros, "el tamaño de la uña del meñique". Viene de Francia con certificación ecológica y de un tiempo a esta parte también del Centro de Experimentación Pesquera de Castropol en un intento de conseguir "una ostra que con el correr de las generaciones sea cien por cien autóctona". Se depositan unas 3.000 de esas "ostritas" en cada saco, usando el vaso de sidra como unidad de medida –1.500 crías por vaso, dos vasos por saco–. El recipiente se va quedando pequeño a medida que crecen, alimentadas por el fitoplancton natural de la ría, y "hay que ir desdoblando", explica Martín. En los dos años y medio que tarda una ostra en alcanzar la talla comercial van pasando "de tres mil a mil por saco, de mil a cuatrocientas, de cuatrocientas a cien y de cien a sesenta… Ese es nuestro trabajo, desdoblar cada cuatro o cinco meses, eso y vigilar que no se caigan en el sustrato de la ría, porque morirían; eso y cuidarlas un poquito, porque el trabajo principal lo hace la ría".
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