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La tierra de Carreño en la que Silverio y Gisele plantan 17.000 lechugas a la semana

Silverio Ramón Prendes y Gisele Fernandes de Almeida, que se lanzaron al cultivo hortícola viniendo de otros sectores, superaron los obstáculos del camino para llegar a una plantación de seis hectáreas que vende a grandes supermercados y está ampliando sus instalaciones: "Deberíamos cuidar más nuestros sector primario", reivindican

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Al salir de casa, Silverio Ramón Prendes y Gisele Fernandes de Almeida ven a veces el mar y siempre lechugas. Muchas lechugas. Miles de lechugas dando brochazos de distintos matices de verde al paisaje que enmarca su casa en la parroquia de Piedeloro (Carreño). La vivienda está rodeada por todas partes de seis hectáreas de tierra en la que en esta época se plantan 17.000 a la semana.

En primavera y verano, la abundancia de horas de luz las dejará listas para cortar en aproximadamente un mes y en condiciones normales sólo se malogrará entre el 5 y el 10 por ciento de las plantadas. En invierno tardarán tres meses y se consumirán y plantarán menos, pero ésta es temporada alta de consumo y de carga abundante de trabajo en Agrícola Casa Agustín. La finca ocupa una suave loma elevada donde la vista alcanza el mar en los días sin bruma y donde Ramón y Gisele quisieron situar la línea de llegada de un proyecto de vida que no fue siempre en línea recta ni cuesta abajo, pero que trece años después del primer día da trabajo al matrimonio propietario y a cuatro empleados más, vende su género sin pausa a grandes cadenas de supermercados y ya maneja planes para ampliar sus veinte invernaderos con otros nueve.

Giro de vida laboral

Esta tierra que ahora combina el verde intenso de las lechugas "trocadero" y "batavia" con el rojizo burdeos de las "hoja de roble" fue el destino del viraje de 180 grados que Silverio Ramón le dio a su vida laboral cuando trabajaba en la sección de herramientas de Leroy Merlin. La tierra es la de sus padres, que ya se dedicaban a la agricultura aquí, aunque de forma más modesta, y él llegó a la conclusión, en los primeros años de la década pasada, de que quizá no hubiera otro momento. "O alguno de los hermanos cogía esto o esto se acababa" y se lanzó él, compatibilizando los dos trabajos hasta que la huerta empezó a facturar más que las cuarenta horas a la semana con las herramientas.

Primero solo y después en compañía de su esposa, que estaba embarazada de su primera hija, Prendes pronunció un "ahora o nunca" que le acabó trayendo de vuelta a casa. Regresó a Casa Agustín, el nombre que siempre tuvo esta finca sin que nadie sepa muy bien quién era Agustín pero que él conservó para la empresa que profesionalizó la actividad agrícola de sus padres.

La tierra de las 17.000 lechugas semanales

Arriba, Silverio Ramón Prendes recoge una de sus lechugas. Abajo, Daniel de Óleo Ogando, en plena faena / Irma Collín

Ahora le parece simbólico haberse despedido un 1 de mayo, el Día del Trabajador, y aunque la cosecha, es evidente, le ha salido buena, los sobresaltos del camino le van a hacer reconocer que "es duro", que quizá tuviera razón el técnico de la Consejería de Medio Rural que cuando empezaba le aconsejó "no te metas". Pero "yo no venía de la ciudad. Yo nací aquí y sabía lo que era esto" y aún así tuvo sus dificultades. "También soy una persona bastante constante", remata, que superó las tribulaciones de aquel primer año complejo en el que aún no se había hecho un nombre en el mercado difícil de los perecederos y al inicio "todas las semanas plantabas y plantabas, vendías una miseria y la mitad lo tenías que tirar". Porque había que cortar las plantas en su momento y porque aguantarlas y vender lechugas viejas tampoco era una opción para abrir hueco en el mercado. Pero poco a poco empezaron a llamarle, "a ver que hacíamos las cosas bien" y con el tiempo a consolidar una clientela fija que hizo crecer la superficie de la plantación, la producción y la plantilla de su pequeña empresa.

Repollos y calabazas

En la finca también crecen repollos y calabazas, pero el ochenta por ciento de su negocio es la lechuga. ¿Que por qué? La escogieron porque quizá, al final, en este negocio como en otros "uno no hace lo que quiere, sino lo que le piden y a nosotros esto se nos dio bien. A veces te pueden dar ganas de experimentar con cosas nuevas, pero así funciona" y tampoco el cambio es fácil cuando se plantan 17.000 lechugas a la semana.

La tierra de las 17.000 lechugas semanales

Daniel de Óleo Ogando caminando por la parcela de Agrícola Casa Agustín. / Irma Collín

Más de la mitad, para el Masymas

Ya hace trece años de 2013, cuando empezó todo, y a eso del mediodía de un miércoles el camión acaba de salir dos veces "cargado hasta arriba". Mientras, en Agrícola Casa Agustín se sigue plantando sin descanso. Ahora más de la mitad de la producción se sirve a la cadena de supermercados Masymas, pero de aquí también salen lechugas para la distribuidora mayorista Fruasa y desde el cierre de las tiendas del grupo El Arco se las lleva a Galicia el Grupo Cuevas, que adquirió hace dos años el negocio de la empresa langreana. Aquella quiebra fue uno de los obstáculos en el camino de esta empresa que de la noche a la mañana, recuerda Ramón Prendes, perdió al que era su principal cliente. Pero "por suerte, o por hacer bien las cosas, o porque nos tenían bien mirados", al cerrarse una puerta se abrió otra y justo entonces se convirtieron en el gran proveedor de Masymas: no sólo recuperaron lo perdido, sino que el volumen de los pedidos les ha obligado a crecer.

En eso están, en el proceso para ampliar el número de invernaderos a 29 y con ello la superficie plantada bajo plástico de una hectárea a hectárea y media. Ahora hace demasiado calor para plantar lechuga en los invernaderos y no los van a necesitar hasta el otoño. Mientras las lechugas crecen todas al sol y al aire libre, aprovechan para abonarlos y prepararlos trabajan en una expansión que ya tiene apilado el material con el que se armarán las estructuras a la espera de que una motoniveladora venga a allanar el terreno.

A veinte minutos de las tres grandes ciudades

No se quejan en absoluto de la vida que han elegido y que desde hace unos años, después de un tiempo viviendo en Avilés y Candás, les permite vivir aquí, en la casa que se han construido a pie de plantación en Piedeloro, una parroquia de apenas 178 habitantes censados muy cerca de la frontera de Carreño con Gozón por el oeste y, esto es otra ventaja para su negocio, de todos los centros logísticos del centro de Asturias. Están "a veinte minutos de las tres grandes ciudades", pero en el campo, agradece Silverio Ramón Prendes, y esa combinación es importante para su vida, para su trabajo y para el medio rural asturiano. Ellos dan empleo y sustento a cuatro familias, además de la suya, y su empresa "es una forma de dinamizar la zona y darle vida", señala Gisele Fernandes de Almeida. Ella es argentina de nacimiento, vivió mucho tiempo en Canarias y conoció a Ramón en Madrid. Tienen dos hijos, ella de doce y él de siete, que crecen en este entorno agradable de ruralidad próxima al centro urbano en el que "tenemos todos los servicios". Pero para que el medio rural no se muera, sigue ella, "hay que darle algo. Nosotros generamos empleo" y eso es una ayuda.

Casa Agustín,“revolución agrícola” a golpe de lechuga en Carreño

Irma Collín/ Amor Domínguez

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260617LNE Irma Collín 239031245 / Irma Collín

Su empresa da de comer con la agricultura, y en eso en estos tiempos, aquí y ahora, no resulta nada fácil, reflexiona, porque "tenemos al sector primario un poco denostado. Deberían cuidarnos un poco más", avanza, aunque sólo sea por la evidencia de que "la gente se alimenta gracias a nosotros y es importante que España sea un país productor. No sé si nos estamos dando cuenta de eso, de que depender de terceros países para algo tan prioritario como la alimentación sería un error". "Puede sonar a queja política", interviene Prendes, "pero en los últimos nos está costando más llegar a niveles de rentabilidad. Y no solo por mí, porque sé de gente que está teniendo que tirar cosechas enteras". Habla, por ejemplo, de la prohibición del empleo de determinados fitosanitarios sin ofrecer en ocasiones una alternativa viable.

"Es muy duro tener que tirar un invernadero entero de lechuga porque se te meten bichos y saber que si esa hortaliza no la producimos en Europa, va a venir de otro sitio en el que no es que haya sido tratado con ese producto, sino probablemente con otro diez años más arcaico y mucho menos controlado… Yo entiendo que se nos obligue a usar sustancias más modernas y mejores, pero con alternativas", aducen los dos a coro. "Siempre pongo el mismo ejemplo", concluye Gisele, que se siente a veces como "quien va a correr una maratón en chanclas y compite con rivales que llevan zapatillas deportivas". Perciben que su carrera es de obstáculos, pero al menos, concede ella, pueden sentir el aliento de "las cadenas de supermercados de aquí, que hacen mucho por el kilómetro cero, por el producto de cercanía. Es importante que la gente sea consciente de que nos conviene consumir artículos que no vienen de fuera, alimentos frescos que nosotros llevamos hoy y mañana están en la tienda…".

Arriba, Silverio Ramón Prendes recoge una de sus lechugas. Abajo, Daniel de Óleo Ogando, en plena faena y caminando por la parcela de Agrícola Casa Agustín.

Silverio Ramón Prendes recoge una de sus lechugas. / Irma Collín

La lechuga reconocible y el cambio climático

De tanto vivir entre lechugas, Ramón Prendes cuenta que ha llegado a reconocer que era una de las suyas la que le sirvieron al pedir ensalada en un restaurante. Quizá el ojo clínico bien entrenado del agricultor pueda llegar a conseguir eso después de entender que las plantas que crecen en su finca de Piedeloro han de ser cuidadas tratando de prestar atención a todos los detalles, incluido el efecto no menor que sobre el cultivo ha tenido de un tiempo a esta parte el cambio climático. Esto sigue siendo Asturias, pero una plantación como esta ha empezado a necesitar un sistema de riego por aspersión para hacer frente a los rigores de unos veranos distintos. De otra manera "habría sido imposible sacar nada", confirma Ramón. "El cambio climático nos está haciendo organizar las cosas de una manera distinta", resalta Gisele.

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