Seis ovetenses reflotan en Cangas del Narcea la histórica bodega de Antón Chicote, reactivando sus cinco hectáreas de viñedos
La empresa, con aproximadamente un 70 por ciento de uva negra, asume la tarea de ensanchar el hueco que tienen en el mercado los tintos del suroccidente asturiano, "un producto único y de enorme calidad", según los promotores

J.A. / Irma Collín
Miguel contestó de entrada que no, pero vino, y una vez en La Galiana, en Limés, junto a la nave y rodeado de viñedos plantados en la fortísima pendiente que se precipitan hacia el estrecho valle del río Naviego aquel "no" se convirtió en "no podemos no cogerlo". Ahora habla señalando las laderas cubiertas de vides en las cinco hectáreas de terreno plantado en torno a la bodega y cuenta que no está solo, que en esta aventura se han embarcado con él cinco amigos de toda la vida, todos del barrio de Otero de Oviedo y todos enfrascados en la tarea de levantar a pulso una marca histórica que cambió de manos a la muerte del fundador y que llevaba un tiempo apagada. Antón Chicote ha vuelto.
Esta nueva vida, no obstante, casi acaba de empezar. Llevan apenas cuatro meses al frente de la bodega, pensando ya en su primera vendimia y tanteando el terreno para dar pasos firmes en este lugar de pronunciadas pendientes en el que se comprende a simple vista por qué a la que se practica aquí se la llama "viticultura heroica". De la mano de Miguel, que además de dar clases tiene dos empresas de asesoramiento y gestión de hostelería, vino al vino un grupo heterogéneo de profesionales de otras disciplinas que ahora también se ilusionan mirando el paisaje que enmarca su bodega al sol impenitente de los prolegómenos del verano en el suroccidente. Los que brindan con él por el futuro son Paul Terente, empresario de impermeabilizaciones y tratamientos de estructuras; Antonio Iglesias y Pablo González "Pola", jefes de ventas en dos compañías de materiales de construcción; Manuel Cabal, que se dedica al negocio de las autocaravanas y otros vehículos, y Fabián Riera, soldador y fontanero.

El vino vuelve a una bodega histórica con un desafío pendiente
En el viñedo pendiente que circunda la bodega, los operarios están enramando, recogiendo las ramas de las vides entre los alambres de las espalderas para que las calles queden libres y se pueda pasar a sulfatar y hacer otras labores. Se empiezan a ver pequeñas uvas verdes y al levantar la vista hacia el paisaje a Miguel le "dan ganas de ser pintor". Esta parcela y su emplazamiento, confirma, contienen muchas de las razones que empujaron a seis ovetenses hasta la parroquia canguesa de Limés. "Es, todo el mundo lo dice, el mejor viñedo de Cangas por la orientación que tiene", señala Fernández, pero hay algo más. Un desafío. El más extendido de los vinos de esta zona, o quizá "el que menos cuesta vender", es el albarín blanco, "pero más o menos el setenta por ciento de las uvas que tenemos aquí son variedades tintas, ‘carrasquín’, ‘albarín negro’ o ‘verdejo negro’", así que la bodega viene con el reto de "introducir más en el mercado" los tintos de Cangas, "que tienen una tipicidad muy especial, muy distinta a la de un Rioja o un Ribera del Duero y que mucha gente no entiende, aunque es un producto único y de enorme calidad". Proponen en realidad, tal vez una cierta vuelta a los orígenes, o a los primeros años del siglo en los que la etiqueta de calidad del vino del suroccidente asturiano arrancó con mayoría de producción de tintos...
"Nosotros no cogeríamos ahora mismo una bodega en La Rioja, porque hay muchísimas", abunda Miguel Fernández, pero este vino es de aquí, y especial", diferente. Su viñedo les va a dar mayoritariamente variedades tintas y tiene cepas "de las más antiguas de Cangas, algunas de más de cien años, que son las que darían los vinos más complejos", así que el proyecto arrastra la sugerente oportunidad de ensanchar un hueco en el mercado. Afrontan pues en varios sentidos un desafío pendiente.

El vino vuelve a una bodega histórica con un desafío pendiente
Para casi todos va a ser ésta su primera experiencia profesional alrededor del vino, pero Miguel Ángel Fernández había soñado algo así. Ya hizo vino en una bodega de Toro (Zamora) y tenía claro, dice, que su "siguiente paso era hacer vino. La oportunidad de hacerlo en Asturias, y en la bodega con más historia de Cangas es de esas que se presenta una vez, de las que la coges o la pierdes".
La cogieron y están en ese punto de ilusión intacta que tienen todos los principios, ellos con el aliciente añadido de que su proyecto se cocina entre amigos que se conocen desde la infancia y con la guía del olfato muy entrenado de uno de ellos. Miguel Ángel Fernández conoce el terreno que pisa. Sabe de las posibilidades de los tintos de Cangas porque forma parte del Consejo Regulador casi desde sus comienzos. Forma parte del comité de cata, el que prueba los vinos antes de que salgan al mercado para decidir si pueden recibir la contraetiqueta, y recuerda como "un punto de inflexión" y una siembra hacia adelante la cata de un tinto de aquí "que me llamó muchísimo la atención, que me dejó perplejo por su calidad" y fue otro de los empellones que ha terminado con él y sus cinco amigos al frente de una bodega y una plantación de viñedo que promete entre 18.000 y 20.000 kilos de uva para la próxima vendimia y a continuación, a razón de kilo por botella y en proporción variable, otras tantas botellas de tinto y blanco...
En el "Falcon Crest" de las pendientes de Cangas, donde quizá no imaginó que tendría un negocio, Paul Terente da por bueno el impulso que le trajo hasta aquí tirando del hilo de la confianza que le inspiran el olfato y los conocimientos de su amigo Miguel. También las circunstancias en las que se embarcan todos, cada uno con su trabajo aparte de este y la sensación de que eso lo hace "todavía más interesante". De otra manera, señala, "no podríamos tener la paciencia que ahora sí vamos a poder tener hasta conseguir un buen producto. El proyecto está orientado a la obtención de resultados a largo plazo, a posicionarnos en el mercado con un buen vino sin prisas, y así podemos hacerlo", resalta sin poder disimular la ilusión e invitando a mirar a su alrededor para entender por qué "cuando vengo aquí soy feliz".

El vino vuelve a una bodega histórica con un desafío pendiente
Además del tiempo que pueden dedicar a esperar hasta que les salga el mejor caldo posible, también les ayuda el nombre que su bodega ya tiene en el mercado. Un nombre propio tan reconocible "es una ventaja muy importante", asiente. "Cuando indagamos para saber quién era Antón Chicote nos dimos cuenta enseguida de que era una de las personas más conocidas y queridas de Cangas y ahora, cuando decimos que somos la nueva gerencia de su bodega, casi nos ponen la alfombra roja. Por eso vamos a mantener su nombre y la esencia de la bodega y a tratar de ponerle todo el cariño que él le ponía a su vino".
Lo primero que sintió Antonio Iglesias al conocer el proyecto fue la atracción de una aventura con el sustento y el cobijo de sus amigos. Después también da "un poco de vértigo", sí, "pero todo cambia cuando llegas aquí, te asomas al valle, ves las plantas, escuchas el silencio y de pronto el miedo da igual… Estamos todos muy ilusionados y muy enamorados tanto de Cangas como del viñedo".
Su primera reacción fue decir que no. Que "ni loco". Miguel Ángel Fernández, sumiller y profesor de la Escuela de Hostelería de Oviedo, apasionado enófilo y miembro del comité de cata de la Denominación de Origen Protegida Vino de Cangas, se acababa de enterar de que había una posibilidad de hacer revivir la bodega Antón Chicote, una de las dos primeras que etiquetó vino certificado en esta tierra y el sueño cumplido de un histórico bodeguero y viticultor cangués, fallecido en 2022, un pionero a quien hubo quien definió como "el padre del vino de Cangas".
El vino vuelve a una bodega histórica con un desafío pendiente
En Limés parece que nace la octava bodega adscrita a la Denominación de Origen Cangas, pero en realidad está renaciendo una de las primeras. La que fundó Antonio Álvarez Álvarez, Antón Chicote, fue junto a Chacón Buelta, en Degaña, la pionera del vino certificado en el suroccidente asturiano. Era el año 2000 y aquellas primeras etiquetas del "Vino de la tierra de Cangas" cortaban la cinta inaugural de la viticultura moderna en esta esquina de Asturias donde se cultiva y se exprime la vid al menos desde la Edad Media. Antón, que falleció el 4 de marzo de 2022 a una semana escasa de cumplir 75 años, vio el futuro del vino antes que casi nadie. Natural de Castro de Limés, de "Casa el Chongo", fue uno de los visionarios cangueses que supieron llevar hacia la profesionalización la elaboración vitivinícola de "toda la vida". "Siempre habíamos hecho vino en casa", recuerdan al unísono Francisco y Emilia Álvarez, hermanos de Antón, que antes que viticultor y bodeguero fue un referente de la hostelería canguesa desde la barra del bar Chicote, el establecimiento hostelero que su padre abrió en la villa en 1957 y que además de por el vino se hizo célebre por las patatas "revolconas", o "cachelos", preparadas con un sofrito de ajo, aceite y pimentón y tan demandadas que se llegaban a consumir hasta "once sacos al día", cuenta Emilia.
Antón fue todo eso y "un paisano sencillo", recuerdan sus hermanos, eso y un personaje imprescindible en Cangas con un carisma y una capacidad de convocatoria capaz de contar por centenares los invitados a sus fiestas de la vendimia. Heredero del apellido que su padre le puso al bar de la familia –en parte por sus hijos pequeños, en parte porque había conocido en Madrid a Perico Chicote, artífice del establecimiento señero del Madrid de la posguerra–, Antón fue un gran cantante de tonada y un bodeguero que hacía vino, pero apenas lo bebía desde que tuvo de joven un percance de salud: solía decir, cuenta Francisco, que "soy como los machos de Castilla, que acarretan vino y beben agua…" Amigo de las frases lapidarias para la pequeña historia de esta tierra, también rimó las bondades de sus vinos y las precauciones que había que tener con ellos: "Este vino de las verdes matas hace a los hombres valientes andar a gatas".
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