06 de junio de 2012
06.06.2012

Un círculo familiar que da mucho juego a los campeones

06.06.2012 | 15:19
Arriba, Cazorla, con su madre, Loli; su mujer, Úrsula, y su amigo David Fernández, en la entrega del «Asturiano del mes» de LA NUEVA ESPAÑA. | LUISMA MURIAS.Debajo a la izquierda Santi Cazorla, con su hermano, Fernando, a la derecha Mata da un beso a su abuela Josefina. | luisma murias.En la foto de abajo un gesto cariñoso de Mata a su abuelo Manuel.

En cualquier caso, el abuelo de Mata da por buenos los años de su nieto en Madrid porque «estudió en un colegio estupendo y lo terminaron de formar como persona». Como futbolista profesional, el despegue de Mata empieza en 2007, cuando abandona el Madrid muy a su pesar y ficha por el Valencia, al que llegó de incógnito y salió cinco años después como un ídolo, además de dejar casi 30 millones de euros en caja.
Además de llamar la atención de un club de la élite europea, como el Chelsea, la progresión de Mata en el Valencia le permitió engancharse a la mejor selección española de la historia, justo después de ganar el Mundial. Una historia de color de rosa con un prólogo teñido de cierta decepción, ya que no debutó en su primera convocatoria, con parte de su familia en la grada de El Madrigal, en Villarreal.

«La que más chasco se llevó fue mi mujer, Asunción», explica Manuel García en referencia a la abuela materna de Juan, que prefiere quedarse en un segundo plano. Un guiño del destino permitió a Mata jugar su primer partido con la selección absoluta en el campo que le habían negado poco antes los responsables del Real Madrid, el Santiago Bernabeu. «La gente que teníamos al lado, madridistas, me decía que cómo podían haber dejado marchar a este jugador».

Sin saberlo, además de un gran futbolista reclutaba a un talismán. Porque Juan Mata nunca había perdido una final en su carrera y tampoco lo haría desde entonces. Manuel García las vio todas, en el campo o por televisión, para lo que se ha abonado a todos los canales que dan partidos de la Liga inglesa, incluida Al Yazira.

«Soy muy afectivo, me pongo tenso y mi mujer me da un Lexatín. Pero la que llora es ella», recalca el abuelo de Mata, que tiene pendiente un viaje a Londres: «Lo dejo para más adelante, porque hasta ahora tenía siempre la casa llena».

Tantos triunfos y alegrías a cuenta de su nieto tienen algún peaje, como los minutos de sufrimiento que pasaron entre el penalti que falló en la final de la Copa de Europa y el triunfo del Chelsea. «Claro que se te pasan muchas cosas por la cabeza, porque si pierden la final por ese penalti...». A muchos kilómetros de distancia, en su casa de Oviedo, la abuela Josefina utilizó la táctica habitual desde que, últimamente, le cuesta seguir las imágenes de televisión.

«Estaba escuchando la radio en la cama, pero cuando hablaron de tirar penaltis la apagué», recuerda Josefina Rodríguez sobre la noche del sábado 19 de mayo. «Yo sólo pedía que no lo tirase Juanín, y eso que siempre metió muchos. Cuando la volví a encender ya estaban con el barullo porque había ganado el Chelsea». Con vistas a la Eurocopa, los dos abuelos ya preparan el plan de seguimiento, que Manuel García espera culminar con su presencia en una nueva final. «Ya me dijo Juan el otro día que me prepare para ir el 1 de julio a Kiev. Y en agosto, a Mónaco», en referencia a la Supercopa de Europa que el Chelsea de Mata se jugará con el Atlético de Madrid de su amigo Adrián.
Quizás el entorno familiar de Santiago Cazorla relacionado con el fútbol no sea tan amplio como el de Mata, pero sí igual de apasionado y comprometido. Desde 2007 falta su padre, José Manuel, para el que van todas las dedicatorias de Santi cuando marca un gol, pero en las grandes ocasiones siempre tiene cerca a las personas que más quiere. Dos de ellas, su madre, María Dolores González, Loli, y su hermano Fernando conocieron también los momentos más duros, cuando un chaval de 18 años tuvo que buscarse la vida muy lejos de Asturias, en Villarreal.

«Toda la familia se cogió un disgusto enorme», expone Nando al recordar aquel verano de 2003, cuando el Oviedo estaba al borde de la desaparición y jugadores con tanta proyección como Santi no sabían muy bien a qué atenerse. «Los directivos del Oviedo tampoco pusieron mucho interés para que se quedase», añade con un rictus de amargura al comprobar que algunos técnicos quieren ahora «ponerse medallas» a cuenta de su hermano: «Los que más tiraron de él fueron Quique Fanjul y Lobo en el Astur, al que, por cierto, lo cedieron porque decían que Santi era pequeño. También Mino, en la selección asturiana, le ayudó mucho y, por supuesto, Marcelino en el Recre».
José Manuel Cazorla, tras comprobar en la Federación Asturiana de Fútbol que el Oviedo no había tramitado la licencia, subió a Santi a un coche y lo llevó al día siguiente para Villarreal. Un volantazo en la vida del futbolista y de toda la familia, que durante tres años estuvo muy cerca del centrocampista, incluida la temporada que jugó cedido en el Recreativo de Huelva. «Ese año fue clave porque Pellegrini no confiaba mucho en él, y en el Recre, con Marcelino de entrenador, se salió».

Nando pudo comprobar en ese momento lo equivocados que estaban los que llevaban años diciéndole que jugaba mejor que su hermano: «Santi siempre fue un espectáculo, mucho más completo que yo porque le pega igual de bien con las dos piernas. Me acuerdo que en el colegio, cuando estaba en cuarto de EGB, él ya jugaba con los de séptimo. Le llevo cuatro años, y cuando fuimos a hacer una prueba con el Covadonga, yo con 11 años y él con 7, hizo cuatro cosas con el balón y le cogieron. Y yo, nada».

Loli, la madre de los Cazorla, llegó a preocuparse por la reacción de Nando ante la brillantez de Santi, pero nunca hubo el más mínimo problema: «Al revés, Nando es su fan número uno. Para él su hermano es intocable. Siempre fue el que más se alegró de sus triunfos». Y el que más sufrió en los momentos difíciles. Como en la tanda de penaltis en los cuartos de final de la Eurocopa, frente a Italia, que marcaba el todo o nada para la selección española. «Yo estaba nerviosa, pero pensé que a Nando le daba algo. Se subía del asiento, se bajaba, se tapaba la cara. Yo tenía confianza en que lo metiera, y cuando marcó, respiré por los dos». Cuatro años después, Fernando se lo toma con humor: «A veces lo veo en Youtube y aún me parecen los 30 segundos más largos de mi vida».

Dos años después de aquel torneo, que encumbró a Santi como el jugador revelación de España, la familia Cazorla tuvo que conformarse con seguir el Mundial de Sudáfrica desde su casa de Llanera. «No fui capaz de ver los partidos», aclara Loli, que sufría por la situación de Santi, descartado tras una operación de hernia discal. Por eso ya se prepara para el viaje a Polonia y Ucrania, donde espera disfrutar con su hijo en el campo y del buen ambiente fuera con los familiares de otros futbolistas.

Nando Cazorla, que acaba de celebrar el ascenso a Tercera División con el Lugones, no encuentra adjetivos para definir el fútbol de su hermano, que completó una temporada excelente con el Málaga y ya se acerca a los 50 partidos con la selección sin hacer mucho ruido: «Mira que ahí están, en su mismo puesto, monstruos como Iniesta, Silva, Xavi, Cesc o Mata, pero yo lo veo para jugar de titular».
Por mucho que destaque como deportista, los más cercanos subrayan el perfil humano de Santi. «Es el mismo guaje de siempre, todo el mundo lo dice», señala Loli, orgullosa de que haya calado su mensaje: «En casa siempre le dijimos que el futbolista pasa y la persona queda». Nando, que ha grabado un anuncio como hermano del campeón, puede valorar de primera mano la buena pasta de Santi pese a que es un joven millonario y famoso: «Nunca dice que no a nadie y siempre está con una sonrisa en la boca».

Y pone un ejemplo cercano: «El otro día fue a verme jugar con el Lugones y las 800 personas que había en el campo querían una foto con él. No se lo negó a nadie. Ya me dice que el gran problema de los famosos es que ahora todos los móviles tienen cámara». Pese a la publicidad de Mahou y a su evidente parecido físico, Nando aún pasa desapercibido: «Lo peor es la cantidad de gente que me llama pidiéndome una camiseta suya».

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