29 de agosto de 2012
29.08.2012

«Busqué sentirme a gusto, en la carpintería, en la talla, en la escultura»

l «Jorge Martínez Jordán, tallista en mármol, cambió mi vida al introducir en ella el criterio del arte» l «Oviedo era como era y a Carlos Sierra y a mí, por las pintas, nos llamaban maricones»

29.08.2012 | 02:00
«Busqué sentirme a gusto, en la carpintería, en la talla, en la escultura»

-Nació en La Folguerosa (Salas).


-Mi padre, Severino, era de allí y mi madre, Clara Álvarez, de La Castañal (Pravia), a 4 kilómetros. En La Folguerosa vivía mi abuelo, que tenía preferencia por mí y eso, en los equilibrios familiares, compensaba que el ojo derecho de mi madre fuera mi hermano Arturo, 2 años menor que yo. Nunca me faltó cariño de mi madre pero me viene mucho a la cabeza la cestina que me hizo mi abuelo, goxeiro, y que, de pequeño, llevaba al campo cuando la siega. Vivíamos de la casería pero era cuando se abandonaba el campo y a mis 6 años, marchamos para Grado y pusimos el «Bar Iris», que daba vino y comidas. Había mercado de ganado los miércoles, paraban los camiones de Pravia y había gran ambiente.


-¿Cómo llevaban el bar?


-Mi padre era la imagen, cara al público, y mi madre la personalidad, en la cocina. Tenía mucha energía y era gran parte de la cabeza familiar. Hacía unos callos?


-¿Dónde estaba el bar?


-En Las Dos Vías. Había talleres por todas partes y a mí siempre me llamaron la atención las manualidades y fui diestro con las herramientas. Veía al zapatero Luis Zardain -que arreglaba y hacía calzado- y, a los 8 años, lo imitaba en la despensa del bar, en un hueco donde manipulaba zapatos viejos. A los 10 años me fijé en Jamín, del taller de chapa y pintura, que rotulaba muy bien. El padre del escultor Favila hacía los carteles de los cines de Grado, el del Parque y el Rada, y se exponían en unas verjas, junto al casino. Copiaba las carteleras y las hacía en grande, como en la Gran Vía de Madrid. Yo las copiaba en una hoja. En un rincón del bar sacaba los lápices de colores y la plumilla y tinta china negra y roja y hacía mis cosas. Jamín también copiaba las carteleras y nos enseñábamos los dibujos. Los de Jamín me gustaban más que el original porque usaba colores más vivos.


-¿El cine era importante?


-Sí. De pequeño, las películas del Oeste. Con formones y navajas recortaba pistolas en las tablas de las cajas de jabón Chimbo. Los juguetes escaseaban. En la herrería de Rey, que hacía y arreglaba carros del país, había una parte donde amontonaban la madera y allí hacíamos duelos a pistola y batallas de piedras, de acuerdo con la violencia propia de la edad y de la época. Años después, las películas de vaqueros siguieron ahí pero junto a las de Sofía Loren y Gina Lollobrigida, que tenían aquellas tetazas. En aquellos tiempos de alteración hormonal no nos dejaban entrar al cine y teníamos que buscarnos la vida. Las tetas tuvieron su momento.


-¿Qué tal en la escuela?


-Hacía láminas de dibujo artístico y técnico con precisión pero no me interesó. La llevaba Don Juan, un maestro republicano, pero figuraba Don Ramón, que también daba clases. Don Juan era ensimismado, fumador de caldo y un narrador que te enganchaba relatando episodios de Don Quijote o del Cid. A los 17 años o así entré en la carpintería de Antonio Calzón, amigo de mi padre, para aprender un oficio. Allí vi a Ataúlfo, que tallaba, y me llamó la atención porque en ello había dibujo y ornamento. Luego entré en el taller de talla de Antonio y en poco tiempo cogí las maneras del oficio e interpretaba la plantilla con distinta gracia. Al año creí que no podía aprender más y me independicé. Y aparece una persona fundamental que comía en el bar y me di cuenta de que era un personaje: Jorge Martínez Jordán.


-¿Quién era?


-Un valenciano de Alcoy, republicano. Creo que iba para gran escultor pero la guerra lo truncó. Llegó a Grado huyendo de sus fantasmas. Se movía entre Oviedo, Grado y Pravia, trabajaba en marmolerías, haciendo vírgenes y encargos. Trabajaba el mármol como si fuera barro y daba expresividad y vigor increíbles a las imágenes. Era un personaje elegante, que sabía beber y relacionarse. Él tallaba mármol, yo tallaba madera, fui a ver lo que hacía y me impresionó. Él vio lo mío y opinó que podía hacer más. Tenía edad para ser mi padre y, en muchos sentidos -saber estar, honestidad- lo fue, aunque luego, por su bohemia, era un poco calamidad en aspectos familiares y personales. Vino a alterarlo todo, a introducir un criterio artístico y a llenar a mis padres de preocupación porque me inclinó hacia lo que ellos imaginaban como una aventura llena de hambre.


-¿Antes no sentía usted algún picor, aunque no supiera de qué?


-No sabía qué quería ser porque no veía ningún panorama en el entorno. Sin miedo a mentir creo que busqué sentirme a gusto, primero con la carpintería, luego con la talla; después, más, con la escultura, luego con el paso de lo estético a lo conceptual.


-¿Cómo se veía a sí mismo?


-Supongo que como algo distinto, con una gracia que obtenía respuestas positivas. Hay otra persona importante en mi vida, Antonio Areces, algo mayor que yo, poeta, hoy maestro jubilado, a quien conozco de siempre y en el que me fijo de otro modo cuando le veo leyendo. Le enseño mis dibujos y nos reconocemos. Me dice «aquí un camarada, no sabía que andabas en estas cosas». Un amigo para siempre. Años después, cuando él hacía Derecho y yo Artes y Oficios, pasamos mes y pico de introspección -él escribiendo, yo dibujando, los dos leyendo a Nietzsche- en la casa de La Folguerosa.


-¿Se notaba usted inquietudes?


-Jorge me hizo verlas y me enseñó mucho. En mi casa, que estaba sobre el bar, había una cocina que no se usaba y sobre ella posaban niños que copiábamos del natural y a tamaño natural. Yo quería dibujarlo todo y él simplificaba, manchaba lo que hacía, lo rompía. Me hablaba de Victorio Macho, de Julio Antonio, de Juan de Ávalos, que le gustaba menos. Íbamos a la villa de los dueños del cine Rada, en Vistalegre, y yo reproducía en barro las estatuas de bronce, desnudos femeninos, que tenían en el jardín. Él iba a corregirme. Tengo en la cabeza la imagen de ir a hacer un busto en vivo de la hija de los dueños del cine, a ganar el cielo, mientras, en sentido contrario, la gente se dirigía a la romería de San Juan en La Mata. Jorge convenció a mis padres para que estudiase Artes y Oficios diciendo: «tallista ya lo es. Si siendo escultor no le va bien, el dibujo y todo lo que va a aprender le hará mejor tallista».


-Eso le planta en Oviedo.


-Yendo y viniendo cada día y sintiéndome como pez en el agua en la Escuela que dirigía Antonio García Miñor. Folgueras y Borbolla daban dibujo y Félix Alonso Arena modelado. Aprendí a dibujar, a proporcionar, me reafirmé en mi vocación, di la medida y, en seguida, empezaron las preguntas acerca del arte cuyos ecos llegan al día de hoy. Estaba en mi sitio. Estaban José Luis Fernández, Legazpi, Mauro, Alicia Fuenteseca y Carlos Sierra, que me influye en el gesto y en el talante.


-¿Ese ambiente está en la escuela o en los bares?


-Está en el Bar Azpiazu, El Manantial, el Ovetense, el Asturias. Vamos comiendo pollo al ajillo y descubriendo mediterráneos. Carlos Sierra me pareció extraordinario. Venía de Lieres y era introvertido y raro, trabajaba en publicidad y era una criatura creativa que ejercía de pintor y dibujante, muy activo y provocativo, más definido. Sentimos simpatía inmediata y somos entrañables amigos hasta hoy. Tenía un estudio en la Casa de España. Estábamos juntos el día y la noche y nos hicimos mucho bien. Cuando le enseñé mi primera escultura en hierro y alucinó: «¿Qué hiciste aquí?». Nos corregimos, hablamos? No sé qué habría sido de nosotros, en soledad, como artistas. En 1964 nos dieron el premio nacional -a él de dibujo; a mí, de escultura- en una coincidencia insólita. Fuimos a Barcelona a recogerlo y pasamos allí 15 días, viendo los museos y la Sagrada Familia y, por influencia de Toulouse-Lautrec, dibujando a las chicas de los bares de la calle Escudellers y echando a correr cuando nos descubrían. En 1967 fuimos a París a ver la gran exposición antológica de Picasso en el Petit y en el Gran Palais, con medio jamón en la pensión para ir tirando. El ya conocía París, me llevó a Montmartre, me presentó a algunos pintores y me enseñó a otros. Vendíamos algún dibujo. Él hacía unos guajes con el pirulín meando que se los rifaban.


-Retrocedamos. ¿Qué decían sus padres, que tanto temían a la bohemia?


-Iban a retirarse pero mi padre vino a Oviedo para ver a su hermano Manolo y éste le habló de un bar en Buenavista que acababan de precintar porque había puterío, se lo enseñó y lo cogió. Nos vinimos a Oviedo y abrieron el Bar Iris donde yo trabajaba por las tardes y los días de partido. Con eso me pagaba un estudio que había cogido en la calle Argüelles donde hacía barros figurativos pero ya más expresionistas. Era muy dinámico haciendo cafés. Ya tenía una melena, vestía de cuero. A mi padre la gente le tocaba los cojones en plan «eso que tienes ahí ¿qué ye?» y él lo resolvía bien -«ye fiu míu»- pero en casa se notaba la distancia generacional. Oviedo era como era. Con nuestras pintas, Carlos y yo alterábamos el orden público. «Maricones», gritaban. Años después iba con mi mujer y decían: «¿Quién es él de los dos?».


-¿Cómo era su padre?


-Gran persona. Tuvimos nuestro enfrentamiento cuando, para retirarse, habló de dejarme el bar y le contesté que no lo quería ni envuelto en oro. Cuando llegaron los primeros premios y mi consolidación como escultor, sintió mucho orgullo.


-Así que usted se hizo artista moderno en Oviedo.


-Sí. Hay otra figura importante que conocí en Buenavista, donde se instaló a su llegada de Extremadura para estudiar Derecho, Miguel Ángel Caballero, que escribía poesía. Cuando le conozco Carlos Sierra estaba en Sidi Ifni. Luego los tres nos hicimos inseparables. El era muy activo haciendo recitales de poesía en Oviedo y en Gijón? Hizo su carrera profesional fuera, se jubiló en Amsterdam y prácticamente vive en Oviedo, por los amigos, aunque va a Holanda a ver a su familia.


-Por entonces usted ya tiene novia.


-La conocí en 1962 o 1963, cuando aún vivía en Grado pero iba, como tantos, en el autocar, «La Lata», a los bailes de Trubia.


-Gran tradición de intercambios sentimentales entre Grado y Trubia.


-Por los bailes de La Pista y Junigro en Trubia y el Mayjeco en Grado. Preguntabas «¿Bailas?» y si la primera te decía que no, las demás, también. Era cruel. Se bebían Jaibor, que era ginebra con azúcar y la compuesta. Tuve un momento de cierta fama, gracias a LA NUEVA ESPAÑA.


-¿Cómo es eso?


-La primera vez que salí en el periódico fue porque ya había dado varios estirones y en muy poco tiempo pasé de calzar el 41 al 49 en un pie muy estrecho. Zardain me iba alargando los zapatos por la puntera. Unos periodistas se enteraron de mis pies largos y fueron a buscarme para hacer un reportaje. Para la foto me vestí de domingo. Así que salgo en la foto muy espigado dentro de un traje muy estrecho. Al lado pusieron otra foto del zapato, largo y puntiagudo. Alguna vez en bailes de Cornellana o de Pravia oía que decían: «mira, ese es el de los pies largos que salió en el periódico».


-Me estaba contando lo de su novia.


-Conocí a Marigel, salimos, luego, yo era joven, tuve algún tropiezo... cuando estuve en Madrid lo habíamos dejado y un tiempo después de regresar, lo retomamos definitivamente. Dos años y medio más tarde nos casamos en la iglesia de la Fábrica de cañones de Trubia, donde su padre era teniente coronel.

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