19 de septiembre de 2012
19.09.2012
Barrer para casa
Juan José Almagro

«Cuando el capital se vuelve impaciente, muchos directivos se convierten en indecentes»

19.09.2012 | 02:00
«Cuando el capital se vuelve impaciente, muchos directivos se convierten en indecentes»

Los campos de interés de Juan José Almagro (Úbeda, 1950) son tan amplios como su conversación. Su afición al tenis (es presidente de honor de la Federación Española) lo ha traído a Asturias, donde ha seguido en Gijón la semifinal de la Copa Davis. Presidente de Bionaturis, empresa de biotecnología, es también consejero de Mapfre, compañía a la que ha sido fiel durante décadas. Profesor y autor de libros que diseccionan con lucidez y sin concesiones el papel de jefes y directivos, es además articulista en cabeceras como «Expansión» o «Cinco días». Analista sosegado, le gusta apuntar hacia las causas últimas de la crisis omnipresente.

-Usted ha relacionado la actual zozobra económica con un colapso de los valores éticos «en todas sus vertientes».

-El capital se volvió impaciente. Cuando eso ocurre y el mundo financiero se convierte en un fin en sí mismo, se pierde el norte. El dinero es sólo un instrumento para adquirir cosas, no un valor. Los valores fundamentales son otros: el trabajo, el esfuerzo, la decencia... Por una u otra razón, desde hace un decenio más o menos, empezamos a subvertir esas categorías y pasó a ser importante ganar dinero rápido. De ahí surgió la pura especulación. A eso añadimos la corrupción, que es algo que me preocupa muchísimo, porque sólo cuarenta países se libran, si nos atenemos a las estadísticas mundiales. El dinero, afortunadamente, no lo soluciona todo.

-Se podría pensar que es el mismo sistema, basado en el beneficio y escasamente ético, el origen de todos estos males.

-Pues, probablemente. Cuando el capital se vuelve impaciente, muchos directivos se tornan indecentes. Hemos visto que en empresas como Enron, que tenía los mejores códigos de Estados Unidos, todo era mentira porque, sencillamente, no existía transparencia y lo que hacía la gente era tratar de lucrarse a costa de inversores, clientes y de los propios empleados. Todo eso está en el origen de esta crisis.

-Es una lectura pesimista del modelo capitalista, que es el realmente existente tras la caída del muro de Berlín. ¿Hay alternativas?

-Parece que sí. La caída del Muro dejó claro que la alternativa al capitalismo no es el socialismo y que sólo nos quedan el mercado libre y la democracia. Los países que han profundizado en la democracia y en el libre mercado, sin corruptelas, son los que están a la cabeza. Desafortunadamente, muchos países que antes eran socialistas han sucumbido también a la corrupción. ¿Hay solución? Claro que sí. Hay globalización, pero no un control de lo que ésta implica. Las cosas irán de otra manera cuando tengamos una autoridad monetaria mundial. Los países que han sido capaces de invertir en formación y educación son los que están superando mejor la crisis, porque la crisis se produce cuando ya no sirven los viejos paradigmas. Hace falta inventarse nuevos paradigmas, desde una base ética, en el sentido aristotélico, para las cosas que queremos hacer.

-Tras el estallido de la crisis, varios mandatarios mundiales hablaron de una refundación del capitalismo en el sentido en el que usted apunta. Hoy sólo se habla de recortes del Estado del bienestar.

-Es un poco así porque, quizá, no han sido capaces de que sea de otra manera. Europa vive un momento extraordinariamente complejo en el que, creo, ya no mandan los políticos. Lo dice, por ejemplo, (Zygmunt) Bauman. Pareciera que los políticos, a los que pagamos, en vez de arreglar las cosas las estropearan todavía más. Las fuerzas económicas mandan por encima de cualquier otra cosa. La separación de poderes se está viendo también amenazada. Posiblemente tendríamos que ponernos a pensar en una refundación de la democracia, profundizar en sus valores.

-¿Movimientos como el del 15-M aportan algo en esa apuesta por la democracia?

-Me parece que sí y creo que son un toque de atención. Estuve tres veces en la plaza del Sol, en Madrid, y hablé con algunas de las personas del 15-M. Mi opinión es que lo que querían era profundizar en los valores de la democracia, en los que hemos ido olvidando con el tiempo o sustituyendo por otros.

-¿España es ahora mismo el ejemplo de todos esos males de los que habla?

-El paradigma del estropicio financiero es, quizá, Wall Street. Uno de cada cuatro ejecutivos financieros dice que no hay que cumplir las reglas si se quiere ganar mucho dinero. Es como si lo que hubiéramos padecido en los últimos cinco años no sirviera para nada. Hay un chiste de El Roto que lo expresa muy bien. Hay un millonario que dice desde una tribuna: «¿Cómo que esto no funciona? Hemos perdido millones de dólares y el Estado los ha repuesto inmediatamente». Los beneficios se privatizan y las pérdidas se socializan.

-Me refería al caso español por ser un país que ha crecido durante años por encima del tres por ciento y se ha desmoronado como un castillo de naipes. Hay quien piensa que es una nación que ha sido saqueada.

-Y lo que la gente quiere es que le digan qué está pasando. En estas circunstancias, hay un déficit tremendo de comunicación. El Ejecutivo no es capaz de contar por qué hace las cosas, mientras que los ciudadanos necesitan saber cuáles son los problemas y cómo se van a solucionar. Ortega decía que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa. Sí sabemos lo que nos pasa, pero no cuáles son las soluciones. Y eso es debido, tal vez, a que las personas encargadas de poner solución a los problemas aún no saben cómo hacerlo. Hay un gran desgaste de la clase política y de instituciones que no hace mucho parecían casi sagradas, desde la banca a la Iglesia, mientras que las más próximas al ciudadano (médicos, pequeñas empresas, Policía...) son las más valoradas.

-¿Nuestra clase política está fracasando?

-Está fracasando en todo el mundo. Lo hemos visto en la última comparecencia de Rajoy en televisión, donde no fue capaz de decir nada que levantara el ánimo de los ciudadanos.

-¿Teme que las respuestas erráticas a la actual crisis puedan conducir a un descrédito irreversible de la democracia?

-Creo que no. En la actual situación todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad.

-No compartirá esa opinión quien es mileurista o está al paro.

-Claro. Yo tendré una parte ínfima de responsabilidad y los políticos mucha más, porque son los responsables de implementar las medidas para salir de la crisis. La democracia es la búsqueda permanente de la felicidad. España pasó por momentos abruptos en el siglo pasado y estoy convencido de que en esta centuria levantaremos cabeza; somos una vieja nación acostumbrada a sufrir.

-Se da por hecho que España pedirá el rescate a la UE. Muchos ciudadanos se preguntan cómo hemos llegado hasta aquí.

-Pues haciendo las cosas mal, unas peor que otras. Pensábamos que estábamos en la Arcadia y no era así. Creo que, además del necesario ajuste, hay que tomar medidas para animar el consumo y restablecer el crecimiento. El ajuste por el ajuste no conduce a ningún sitio. Posiblemente ha llegado ya el momento de dejar de apretarse el cinturón, entre otras cosas, porque a algunos ya no les quedan más agujeros. España tiene diferencias importantes con Grecia: grandes empresas, un sector exportador importante... Todo eso tiene que tirar de nuestra economía y hará que salgamos adelante.

-Usted ha teorizado ampliamente sobre las empresas y sus fundamentos.

-Para mí la empresa es un proyecto común. Para eso hay que involucrar a todo el mundo, y eso se consigue con trabajo y transparencia. En España íbamos en esa dirección, pero con la crisis se han dado pasos atrás.

-¿Estamos en el siglo de la empresa?

-Sí, pero no sólo de la gran empresa, porque más del noventa por ciento de las empresas de todo el mundo son pequeñas empresas, que son admiradas por los ciudadanos.

-¿Por qué en España hay tan poca cultura empresarial y me atrevería a decir que tan mala fama empresarial?

-Lo público inundó en algún momento el tejido empresarial. Aquí se pensaba que era muy importante ser funcionario. Hoy las tornas están cambiando. Yo tengo esperanza en los jóvenes, en los que están dentro y en los que han tenido que irse fuera; no quiero entonar nuestro RIP como nación. La imagen de la empresa española ha mejorado. El concepto que yo tengo de empresa es el de un proyecto en el que hay personas que ponen su trabajo al servicio de un compromiso social. Y, además, tiene que ser muy transparente, como subraya (Joseph) Stiglitz en su último libro.

-¿Qué diferencia a un jefe de un líder?

-En la empresa española hay más jefes que indios. En el futuro tendremos que quitar tanta estructura piramidal, con una jefatura más participativa. Aquí se piensa que cualquier jefe es un líder, y no. El líder, que podrá ser jefe o no, marca el camino y los demás lo siguen.

-Usted pone varios «peros» a la globalización.

-Sí, muchos «peros». La pobreza se ha incrementado y la brecha entre pobres y ricos es ya una sima. La desigualdad ha llegado al mundo de la educación, que nunca puede ser un privilegio. La situación de la Universidad española es especialmente dolorosa. ¿Cómo es posible que no estemos en las listas de las grandes universidades del mundo cuando somos un país lleno de talento? ¿Por qué la Universidad y la empresa están divorciadas? Empezamos a hablar ahora, copiando a Alemania, de formación dual.

-¿Lo ha sorprendido la salida independentista de Artur Mas?

-Se ha puesto delante de un carro que en ese momento pasaba a gran velocidad. En su última conferencia madrileña pocos empresarios fueron a verlo y nadie del Gobierno. Soy incapaz de predecir lo que puede ocurrir en Cataluña, aunque es previsible un adelanto electoral.

-¿Y Asturias?

-La llaman con razón «paraíso». Es tierra con inquietudes positivas. Es una comunidad que tiene el problema industrial sin solucionar, seguramente, pero con una gente de enorme capacidad. Pasada la etapa en que no sabíamos si había Gobierno o no, los políticos tendrán que sentarse y decidir lo que hacer para que Asturias tenga el lugar que le corresponde; hay mimbres. La etapa de Cascos se percibió como algo extraño, sin entender muy bien qué hacía gobernando Asturias.

-¿De dónde viene su afición al tenis?

-Me gusta. Cuando yo era director general de Mapfre firmamos el convenio con la Federación y con Nadal. Tengo la fortuna de contar con la amistad de Rafa, que es una persona única. Aúna los valores de trabajo, decencia... Él y su familia, que supo formarlo, son un modelo.

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