16 de octubre de 2013
16.10.2013
MEMORIAS
José Barluenga,
Catedrático emérito de Química Orgánica 

"En la Universidad hay un problema de vegetales: quedar en el mismo lugar"

"Lo que me encontré en la Facultad de Ciencias fue duro, pero acudía al rector Teodoro López-Cuesta con los problemas y le pedía algunas cosas, a lo que él me respondía: "Pepín, eso está hecho""

16.10.2013 | 02:03
José Barluenga, en uno de los laboratorios de la Facultad de Química, durante la conversación con, LA NUEVA ESPAÑA.

Afincado en Asturias desde 1975, como catedrático de Química Orgánica, José Joaquín Barluenga Mur, hoy emérito, ha sido uno de los pilares en la recuperación desde los años ochenta de la ovetense Facultad de Química. Cuando llega a dicho centro universitario "era un hecho conocido a nivel nacional que la Química en Oviedo no estaba bien", pero al mismo tiempo Barluenga reconoce que "yo entendía lo que habían sido los años cincuenta y sesenta en la Universidad española".

Barluenga evoca su vida científica en estas "Memorias" para LA NUEVA ESPAÑA, que se publican en esta primera entrega y en otras dos, mañana lunes y el martes. Nacido en Tardienta, Huesca, en 1940, en una familia de agricultores, su profesor de escuela recomienda a sus padres que estudie el Bachillerato, "algo que en un pueblo de labradores sólo hacían el hijo del alcalde o el del secretario del Ayuntamiento". Tras la Enseñanza Media y a causa del influjo de un profesor del instituto, Ramón Martín Blesa, José Barluenga estudia Química en la Universidad de Zaragoza. Acaba la carrera en 1963 y realiza el doctorado con "mi maestro, Vicente Gómez-Aranda". En 1967 acude al Instituto Max Planck de Química en Mülheim, Alemania. Serán tres años largos que comienzan de "modo muy complicado por el desconocimiento al principio del alemán y porque todo lo que me rodeaba en el laboratorio eran objetos que nunca en mi vida había visto".

No obstante, la experiencia es satisfactoria, y en 1970 regresa a España como colaborador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en el Instituto del Carbón de Zaragoza. Dos años después obtiene por oposición la plaza de profesor agregado de la Universidad de Zaragoza, y en 1975 alcanza la cátedra de Química Orgánica en la Universidad de Oviedo.

Los comienzos no son fáciles porque "lo que me encontré en la Facultad de Ciencias fue duro, pero acudía al rector Teodoro López-Cuesta con los problemas y le pedía algunas cosas, a lo que él me respondía: "Pepín, eso está hecho"". Al repasar el progreso de la ciencia en España y su experiencia personal, José Barluenga explica que "hay mucha mejoría a partir de los años ochenta, que es cuando la gente de mi generación comprueba que esto se mueve y que se nos empezaba a respetar en el mundo científico, y comenzábamos a publicar nuestros resultados en revistas internacionales".

Sin embargo, a partir de "los años noventa la Universidad empezó a adquirir deformaciones y problemas estructurales". Uno de ellos será que "en la Universidad hay un problema de vegetales: quedar en el mismo lugar", es decir, que "como nací aquí, estudio aquí, hago aquí mi carrera profesional y termino siendo catedrático aquí".

Además de su actividad académica, José Barluenga ha sido presidente de la comisión asesora para la Investigación Científica y Tecnológica del Ministerio de Educación y Ciencia, así como presidente del primer Comité Español de Evaluación de la Investigación Científica y Tecnológica, circunstancia en la que "hice muchos amigos, pero entre comillas, al tener que juzgar sus trabajos científicos". En la Facultad de Química de Oviedo ha sido promotor y director del Instituto Universitario de Química Organometálica "Enrique Moles", y los premios que ha recibido van desde el de la Fundación Alexander von Humboldt hasta el Rey Jaime I de Investigación, pasando por el premio Solvay de la CEOE, el premio Du Pont, el Iberdrola de Ciencia y Tecnología o la Medalla de Oro de la Real Sociedad Española de Química. En 2001 recibió la Insignia de Oro de la Universidad de Oviedo y en ese mismo año, el Premio Nacional de Investigación "Enrique Moles" por sus estudios sobre síntesis orgánica, síntesis asimétrica y síntesis orgánica de los complejos de los metales de transición. El Gobierno del Principado le otorga en 2009 la Medalla de Plata de Asturias, "tal vez porque aragoneses y asturianos somos muy parecidos". Defiende la química "pese a esa mala imagen que tiene", al tiempo que unos 20 catedráticos repartidos por toda España proceden de su escuela.


Tres faltas de ortografía

"Nací el 27 de julio de 1940 en un pequeño pueblo de la provincia de Huesca, Tardienta, a unos 20 kilómetros de la capital, en lo que se llama el Alto Aragón. Mi familia era de agricultores modestos y en aquellos años cuarenta el ambiente general era muy gris, con muchas dificultades en todos los sentidos, dificultades económicas para el país entero y dificultades incluso de poder comer tres veces al día. Eso no pasaba en mi pueblo, pero sí sucedía en las ciudades; aunque uno tuviera dinero, no tenía qué comer en muchos casos. Fui a la escuela de mi pueblo y el maestro le dijo a mi familia que yo debería continuar estudiando el Bachillerato. Lo normal en un hijo varón es que tuviera que dedicarse a la agricultura, que era en aquel tiempo como en la época de los romanos, poco menos que ser esclavos para poder comer. Era trabajar de sol a sol, y yo he visto a la gente levantarse a las cinco de la mañana en verano y acostarse a las diez de la noche. Continuar estudiando era muy inusual en un pueblo, salvo que fuera el hijo del alcalde o el del secretario del Ayuntamiento, pero de los labradores no iba nadie. Sin embargo, mi familia se convenció y comencé a estudiar Bachillerato, primero en el pueblo, por libre, preparando los cursos con otro maestro y yendo a Huesca a examinarme durante dos días. Aquello era espectacular: estabas en la cola del examen de Literatura, pero de pronto te llamaban al de Matemáticas. Eran exámenes orales y recuerdo que en aquella época, a mis diez años, para el examen de ingreso de Bachillerato se hacía un dictado de "El Quijote", y con tres faltas de ortografía ya no se aprobaba. No me imagino qué pasaría hoy si se hiciera ese examen a estudiantes de la carrera universitaria en quinto curso".

Entusiasmo contagioso

"Estudié por libre hasta la Reválida de cuarto y en quinto me fui a Huesca, al único instituto que había en la provincia, donde también hice sexto y el Preuniversitario. Me atraían las ciencias, pero tampoco tenía una predilección especial, y no tenía ningún antecedente familiar en el que poder fundamentar lo que quería ser. Las asignaturas de letras me parecían más fáciles, mientras que las Matemáticas, la Física y la Química eran en mi perspectiva muy exigentes, aunque cuando se pone uno a estudiar aquellas cosas coge gusto. Pero la razón de que después estudiara Química se debe a un profesor que tuve en Huesca, el director del instituto en aquel momento y un hombre de un entusiasmo desbordante. Un hombre que para mí fue de los que más impacto me han producido en todos mis estudios, Ramón Martín Blesa. Este profesor tenía tanto interés, y no solamente dándonos sus clases, que cuando faltaba otro profesor él iba y lo suplía en todo. Su entusiasmo era absolutamente contagioso y era químico. Entonces la química era la ciencia del futuro, se decía, aunque nuestra idea era estudiar Ingeniería, lo mejor que había en aquella época. Me empezó a gustar la química en el instituto con ese profesor. Además teníamos un laboratorio de química y de física por el que aquel hombre se había movido mucho. Teníamos incluso más recursos que en Zaragoza".

Esponja en citas científicas

"Me fui a la Universidad de Zaragoza y estudié Química. No había becas en aquella época, o al menos yo no las conocí, y mis estudios los pudo abordar mi familia no de una manera fácil. Éramos tres hermanos: uno mayor, Francisco, que me sacaba 14 años, y una hermana, María Cruz, doce años mayor que yo. Los dos fallecidos. Por el medio había tenido otro hermano que murió durante la Guerra Civil, en un accidente. Mis hermanos mayores no estudiaron; hubiera sido impensable que los dos lo hicieran, pero para mí, el pequeño, sí hubo oportunidad. Del Instituto de Huesca fuimos tres alumnos a estudiar la carrera a Zaragoza. Éramos amigos y los tres seguimos siéndolo en el presente. Inicié la carera en 1958, y en aquella época los profesores de Zaragoza tenían fama de muy buenos. Tenían prestigio y la mayoría de ellos había estado haciendo su posdoctorado en una Universidad extranjera en los años treinta. Se nota cuándo un profesor explica porque conoce el libro o explica porque conoce el libro pero además la ciencia. Entre todos esos profesores quiero poner el foco en mi maestro, Vicente Gómez-Aranda, con quien después hice la tesis doctoral, que era un riesgo, una cosa atípica. De mi curso sólo me quedé yo para hacerla, y del curso anterior no se había quedado nadie, y tengo idea que del siguiente tampoco. Era una circunstancia que no tenía nada que ver con la situación de la Universidad en nuestro entorno cultural. La verdad es que me quedé porque no tenía ideas claras. Había estudiado la carrera y tenía la sensación de que no sabía mucho y de que con esos conocimientos no sabía adónde podría llegar. Inicié la tesis y comencé a leer bibliografía. Al principio me costó mucho esfuerzo, pero empecé a adquirir conocimientos y a asistir a algunas reuniones científicas de la Sociedad Química Española en las que yo trataba de ser una esponja. Fueron tres años y pico los que empleé en la tesis, sobre "Reacciones de mercuriación de dobles enlaces", y tuve muchas situaciones de interacción con algunos profesores que acudían a las reuniones".

Vida más allá de la tesis

"Durante ese tiempo me dediqué sólo al estudio. Tenía una beca de 3.000 pesetas al mes, pero que cobrábamos a semestre vencido. Aquello era complicado, pero no estaba mal. Di algunas clases particulares, entre otras, unas que me vinieron muy bien, a un jugador, Villa, internacional de aquellos "magníficos" del Real Zaragoza. Eran clases de Química Orgánica, ya que a él le faltaban un par de asignaturas para terminar la carrera. Me había dedicado a la Química Orgánica, en la que había sacado una nota muy alta, y que, por ejemplo, es la responsable de casi todo lo que se encuentra en una farmacia. Entonces sucedió una pura coincidencia. Yo quería salir al extranjero. Había leído mucho ya y me había dado cuenta de que aun con la tesis doctoral mi conocimiento era claramente insuficiente. No obstante, había una diferencia muy grande entre el momento en el que terminé la carrera y la presentación de la tesis. Había ido a esas reuniones científicas y descubrí que en España había muy pocos, pero muy buenos, científicos, y muy buenos químicos orgánicos. Los descubrí con placer y los seguía. Estaba Ballester, por ejemplo, que fue premio "Príncipe de Asturias"; Madroñero, en Madrid, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), un riojano muy simpático; Serratosa, en Barcelona? Eran profesores muy buenos en su época y cuyos trabajos ya se publicaban en parte fuera de España. Por tanto, me dije: "Aquí hay vida más allá de la tesis doctoral"".

Acuerdo España-Alemania

"Entonces coincidió, e insisto en que fue pura coincidencia, que se firmó un acuerdo entre el CSIC y la Max Planck Gesellschaft, la sociedad Max Planck alemana, por el que a España venían estudiantes de Letras y de aquí podían ir allá estudiantes posdoctorales. Mi profesor y maestro había estado en Alemania en sus tiempos jóvenes y se enteró de aquello. Me animó y se dio la circunstancia de que fui el primer español en cualquier rama del saber que tuvo una beca de la Max Planck en Alemania. Allá me fui en enero de 1967. Mi generación había estudiado francés, que era el idioma obligatorio, mientras que el inglés no se tocaba. Además, la gente de mi generación, que el año pasado cumplió el 50.º aniversario de su licenciatura, no habíamos salido a estudiar idiomas, salvo los vascos, a Francia. Eso indica la situación del país en aquel momento. Por tanto, yo no sabía alemán, pero me dieron una beca para estudiarlo dos meses en la Alta Baviera, en los Alpes, en un pueblo que era la última estación de ferrocarril desde Múnich. Tenía entonces 26 años y nunca en mi vida he estudiado con tanta intensidad en ninguna materia como esos dos meses en Alemania, nunca. Pero me daba cuenta de que con aquel alemán no podía ir a la Max Planck. No sé cómo me las arreglé, pero le escribí al subdirector del instituto para decirle que si podía estar dos meses más allí. Una carta de tres o cuatro líneas me costó escribirla cuatro días, pero me contestó que sí. El Goethe Institut, con el que estaba yo, era carísimo, pero a mí me salía gratis y además me daban dinero de bolsillo. En total estuve cuatro meses y desde allí me fui a la cuenca del Ruhr, cerca de Essen, que es donde estaba mi instituto. Hay cincuenta institutos Max Planck de todas las ramas del saber y a mí me correspondía el de Química en Mülheim".

Laboratorio del siglo XXI

"Llegué en fin de semana y me hospedé en un hotel. Fui a dar un paseo alrededor del instituto y realmente me entró miedo. Me asusté porque vi unos edificios tremendos y por las ventanas se veían cosas que yo no había visto nunca, aparatos de laboratorio. En aquel momento era posiblemente el mejor centro de investigación en Química Organometálica que había en el mundo. Años antes, su director había recibido el premio Nobel. Si a personas entendidas en química se le pide hoy el nombre de los cinco premios Nobel que consideren como los que más contribuciones han hecho a la química, entre los cinco todo el mundo pondrá a este hombre, Karl Ziegler. Fui el lunes al instituto y pregunté por el subdirector, que me recibe y lo primero que hace es darme 500 marcos. No me preguntó si los necesitaba, pero me los dio. La beca era extraordinaria, de 1.200 marcos mensuales, que en aquella época igual eran 25.000 pesetas. En España, a los que venían de Alemania les daban 3.000 pesetas mensuales. Después de darme los marcos, el subdirector me dijo que íbamos a hablar de mi futuro. Yo hablaba mal el alemán y tenía dificultades para entender muchas palabras. Entonces vino la persona que se iba a encargar de mí, me explicó lo que pretendían que yo hiciera y me fui con él. Entré en el laboratorio y todo lo que había a mi alrededor yo no lo había visto nunca en ningún sitio. Yo tenía que manejar los productos y veía que al aire humeaban enseguida y había fuego, o sea, que era preciso manejar aquello con destreza, pero esa destreza no la había adquirido. Aquello fue muy complicado y lo he contado muy pocas veces, pero tenía que montar una reacción y por la noche no dormía imaginando cómo lo tenía que hacer, y volviendo a repetirlo mentalmente con la imaginación porque cualquier error igual provocaba que algo saliera ardiendo. Fueron comienzos complicados y le dediqué todo el tiempo del mundo. Al principio, cuando se iban todos del laboratorio, volvía con una llave que me habían dado y montaba piezas para ver cómo estaban montados los aparatos, porque esas piezas no las había visto jamás. Era así de duro, y si me escuchan personas diez años más jóvenes que yo no me creen y dicen que es imposible. Era un mundo totalmente nuevo y yo había ido desde un laboratorio modestísimo de la época de posguerra en España a un laboratorio casi del siglo XXI".

Orden y resultados

"Me puse manos a la obra, pasé momento duros y estudié alemán constantemente. No cejé y en ese verano, en agosto, vine a España y me casé con mi mujer, que era compañera de curso, Mari Cruz Badiola Arrazola, procede del País Vasco, que en aquella época no tenía Universidad y venían a Zaragoza o iban Valladolid. Tuvimos la primera la hija en Alemania y después hemos tenido cuatro hijas más y un hijo. Ella era entonces profesora de instituto, pero lo dejó y se vino conmigo, para estar más de tres años en Alemania. Con ella al lado las penas estaban un poco atenuadas y me ayudaba mucho, claro, pero yo le decía: "Oye, tengo cierto temor en el laboratorio, tengo complicaciones". Pero al cabo de un año de estancia vi que las cosas eran muy distintas. Todas las semanas había una reunión del Instituto de Química a la que venía un profesor distinguido de fuera. Al principio, yo acudía y no entendía nada, pero al cabo de ese año ya entendía muchas cosas y además podía expresarme en alemán con un cierto grado de soltura. Aquello era ya otro mundo y empecé a disfrutar. La beca era para dos años y al cabo de ese tiempo les dije que me quería quedar allí. Vino el director y me preguntó cuánto tiempo me quería quedar. Se lo dije y aceptaron. Mi labor seguía siendo la investigación y las publicaciones. La verdad es que querían que fueras muy trabajador y les gustaba que tuvieras mucho orden, pero, ante todo, querían resultados. Había conmigo ocho japoneses que después han sido muy relevantes en su país. Y había gente del mundo entero, y muchos norteamericanos que incluso aprendían el alemán, cuando ahora un americano y un inglés no aprenden un idioma distinto del suyo".

Alemania era el Oeste

"En total estuve tres años y medio y volví en el mes de julio de 1970 porque empezaba el curso en octubre y quería estar aquí para clarificar mi futuro. Pero en 1969, antes de volver, lo que es ahora Repsol, que entonces era la empresa Calvo Sotelo, me escribió a Alemania porque querían hablar conmigo. Vine a Madrid y hablé con el director de investigación. Me acuerdo bien porque fue la víspera del día en que el hombre llegó a la Luna. No hablé de cuánto dinero me iban a pagar, pero les dije que si querían que trabajase con ellos tenía que irme dos años a Estados Unidos después de terminar en Alemania. Me dijeron que no, porque entonces no volvería a España. Les aseguré que sí, pero no aceptaron. Volvía a España, aun cuando aquella época en Alemania era como el Oeste americano del siglo XIX: estaba construyéndose todo. Conocí a médicos españoles que se quedaron en Alemania, las universidades se duplicaron de un golpe, había sitio para casi todos?, pero yo nunca pensé en quedarme. Volví a España por patriotismo, no ese patriotismo de envolverte en la bandera, sino porque mis raíces eran éstas. Aquello lo hablé con mi mujer y volvimos, con lo que otra vez iniciamos situaciones que eran difíciles. Volvía a un laboratorio muy pobre en la Universidad de Zaragoza, y entonces sí sabía que era muy pobre en comparación con Alemania. A veces dudé de si había cometido un grave error".

Plaza en Oviedo

"Pero en 1972 tuve la fortuna de aprobar unas oposiciones en Madrid a profesor agregado, una figura que ha desaparecido de la Universidad, pero que suponía que el paso a catedrático ya se hacía sin una oposición. Los años anteriores había estado como colaborador en el Instituto del Carbón que el CSIC tenía en Zaragoza. Y en ese mismo año de 1972 gané también por oposición la plaza de profesor colaborador en ese instituto. Coincidieron las dos cosas, pero elegí la de agregado en la Universidad de Zaragoza, donde dirigí varias tesis doctorales. Tres años después quedó vacante la plaza de Oviedo. Éramos cinco aspirantes para cuatro plazas en España: Barcelona, Oviedo, Santiago y Badajoz. Para la de Barcelona había un catalán 20 años mayor que yo. Pedí Oviedo y me dieron la plaza. Asturias me parecía bien, aun sabiendo que era un hecho muy conocido a nivel nacional que la química en Oviedo no estaba bien, que era un lugar en el que había muchas cosas por hacer. Pero yo era muy joven y tenía fuerza, y, a lo mejor, poco sentido común. En 1975 llego a la Facultad de Ciencias como catedrático de Química Orgánica de la sección de Química. Acababan de nacer Geología y Biología en esta Facultad, y Química era la más antigua. No sabía para cuánto tiempo venía, porque tenía una ventaja y un inconveniente, hasta 1985 y con la antigua legislación, los que estábamos en mi situación hubiéramos podido elegir cualquier Facultad de España sin ningún problema y nos la hubieran dado. España era distrito universitario único y cuando quedaba una vacante se la daban al más antiguo. Y entre los jóvenes del momento yo ya era el más antiguo en Química Orgánica".

Alumnos "envenenados"

"Lo que me encontré en la Facultad fue duro. Para empezar, el edificio tenía deficiencias y no era apto para química. Estuve casi año y medio sin poder montar ni una sola reacción en el laboratorio, peor que el de Zaragoza. Los medios eran muy limitados. Pero me habían seguido de Zaragoza como 10 o 12 estudiantes. Era una locura que me siguieran para hacer la tesis conmigo, pero creo que los había "envenenado" con mi entusiasmo. Aun así, no tenían ningún sentido común. Pero aquí me encontré con todos ellos y eso me exigió una responsabilidad muy grande. Y me encontré, esto lo he dicho en todos los sitios en los que he tenido ocasión, con don Teodoro López-Cuesta de rector. Yo acudía a él con muchos problemas. Se los explicaba y le pedía algunas cosas. Y él me respondía: "Pepín, eso está hecho". Y todo aquello siempre estuvo hecho, o sea, si yo estoy en Oviedo la culpa hay que echársela a don Teodoro López-Cuesta, porque de lo contrario me hubiera ido de aquí. Debe de ser que yo le caí por el ojo derecho, y es verdad que me consiguió cosas, pero el esfuerzo titánico estaba en el laboratorio".

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