27 de marzo de 2014
27.03.2014

"No sé por qué estoy vivo"

27.03.2014 | 02:09
Adolfo García, el pasado miércoles en uno de los barcos del puerto de Luarca. | ana m. serrano

Adolfo García | Patrón mayor, naufragó en 2010 en Puerto de Vega

"Todavía me pregunto por qué estoy vivo. Tuve mucha suerte, mucha suerte. Tengo dos agujeros en el pecho que me recuerdan el día en que sobreviví de milagro, el día en que juré no volver nunca más a la mar. No lo cumplí, pero nada será igual. Nada. Tengo 32 años y llevo desde los 14 en esto. Vengo de una familia de marineros. Mi abuelo naufragó tres veces y mi padre una. A mí ya me valió: nunca seré el mismo. Antes no tenía miedo, ahora sí.

"La mañana amaneció nublada. Era el 9 de octubre de 2011, desde entonces mi segundo cumpleaños. Lo tengo grabado a fuego. Había mar de cuatro metros y una brisa norte de 15 nudos. Llevábamos unos cuantos días en alta mar trabajando en los caladeros cercanos, a 12 millas de Puerto de Vega. La visibilidad era regular tirando a mala, con aguaceros, y empezó a haber mucha corriente. La cosa se ponía fea, y decidimos adelantar un día el regreso a tierra. Quedarse era peligroso. No había condiciones para pescar.

"Nos pusimos en marcha a las siete de la mañana. Íbamos cinco tripulantes a bordo del barco. Volvíamos a casa. Yo estaba de guardia. De repente, de buenas a primeras, el motor se paró. Recuerdo que pegué una voz. Estábamos más o menos a un kilómetro de la playa de Frejulfe, en Navia. El barco empezó a balancearse con intensidad. Bajé a tratar de arrancarlo, pero no podíamos. Estaríamos 15 o 20 minutos intentándolo, nada. No había forma. La corriente nos llevaba a la velocidad que quería hacia donde quería. Flotábamos a la deriva. En seguida escuché un golpe seco y muy fuerte, de esos que nunca dejarán de retumbarte, de esos que forman parte de ti para siempre. El barco había tocado bruscamente en el fondo. Antes de que pudiésemos reaccionar, antes de que pudiésemos hacer nada, la mar empezó a rompernos encima sin piedad. Empezó a entrar agua en el barco. Fue una avalancha: una ola, luego otra, y otra. Y así sin parar. Bajé a avisar a los compañeros que estaban durmiendo en los camarotes. Ellos eran mi principal preocupación. Ya estaban despiertos. Allí abajo el agua nos iba tapando y el barco empezaba a inclinarse. Nos hundíamos.

"Estuve allí abajo hasta que saqué a todos mis compañeros. Logramos ir subiendo a la parte superior y conseguimos llamar a Salvamento Marítimo. Recuerdo que todo pasó muy rápido: no te da tiempo ni a tener miedo, sólo a pensar en salir de allí. El barco se iba a pique. Cuando salió el último y me disponía a subir a proa, la mar me dio un golpe brutal en el costado y me sacó disparado del barco. Volé varios metros antes de caer al agua. Pasé a flotar, indefenso. El agua estaba helada y olía mucho a gasolina. La mar me llevaba con toda su fuerza y yo trataba de mantenerme a flote. No sé cómo pude, la verdad. Braceando, supongo. Estaba a rebufo del mar. No veía nada y sólo escuchaba las voces de mis compañeros. No me acuerdo qué me decían. Quizá, realmente, no las escuché. En ese momento, estás tú y la mar, nada más. No oyes, ni ves, ni sientes ni padeces. Y tienes las de perder. Te das cuenta de lo poco que eres, de lo poco que somos, de que el agua es indestructible, que no nos concede tregua ni a nosotros, que tantas horas pasamos a su lado, que tanto nos gusta, que tanto la queremos.

"Temí por mi vida cuando el agua me empezó a empotrar una y otra vez contra el casco del barco. Una tortura: golpe, calma, golpe, calma, golpe, calma. Me rompí varias costillas. Me dañé varios órganos. Me perforé la pleura en los pulmones. Y eso que sólo fueron diez minutos. Pero a mí me parecieron toda una vida. Pensé que jamás volvería a ver a mis sobrinos.

"Eran olas de tres o cuatro metros. Y yo allí, la nada.

"Tuve suerte. Tuve suerte porque de repente una ola me elevó tanto que me devolvió al barco. Fue increíble, lo sé. Así son los milagros. Me cogió un compañero, que se agarraba lo más fuerte que podían a alguna parte de la proa. Estábamos más seguros, pero no a salvo. Cada vez que rompía la marea, nos venía encima un manto de agua. Una vez allí, vi aparecer al helicóptero con todo su ruido. Creo que fue cuando volví a la vida. A lo que pensaba que era la vida. Estaba herido, tenía la cara hinchada y respiraba mal, pero en realidad no lo sabía. No entendía qué me pasaba. Intuí que algo grave, por la cara con la que me miraban mis compañeros. Estaba tan asustado, tenía tanta adrenalina que no me dolía nada. Era imposible.

"El helicóptero descolgó el arnés para rescatarme. Yo era el primero en subir porque era el único herido. Me lo pusieron de alguna forma, no se cómo ni quién, y comencé a ascender, a alejarme de aquel infierno. Cuando llegué al helicóptero mantuve bien abiertos los ojos hasta que comprobé que todos mis compañeros habían sido rescatados. En ese momento pensé: "Ahora me puedo morir en paz".

"Me evacuaron urgentemente para el Hospital de Oviedo. El cuerpo, entonces, me empezó a doler. Tenía el cuello ensangrentado porque me lo había rasgado con unas cadenas. Las costillas de la parte derecha las tenía destrozadas, y el golpe casi llega a la columna vertebral. Al tener dañados los pulmones, el aire que respiraba se quedaba dentro de mí, y por eso mi cuerpo y mi cara se hinchaban tanto.

"Todo eso lo supe después, a los siete días del suceso, cuando salí del coma y me desperté en la uvi lleno de tubos. Después pasé a planta y estuve allí casi dos semanas. Me recuperaba con mucha lentitud. Me dieron el alta, pero no se acabó mi sufrimiento. Tenía que dormir sentado. Y tenía pesadillas, seguía escuchando el ruido de la mar, los golpes de las olas. Recibí asistencia psicológica y psiquiátrica, porque cada vez que iba a pasear por la senda costera me ponía muy nervioso. Pasé un año yendo seis horas diarias a recuperación. Llegué a odiar la mar, pero volví. Y volví gracias a mi familia y, sobre todo, a mis compañeros de naufragio. Si no llega a ser por ellos, hoy estaría trabajando en otra cosa. Tardé un año y siete meses en regresar al agua. Ese día, mi padre quiso acompañarme, pero me negué. Quería ir solo, probarme, superarlo yo mismo. Era noche cerrada. Al principio salí nervioso y me pudo la ansiedad, pero poco a poco lo fui superando. Hoy sigo ahí, faenando con los mismos compañeros, pero no soy el de antes, qué va. Todavía me pregunto por qué sigo vivo".

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