José Manuel Peláez, presidente del Club Náutico de Navia. Nacido en 1941, fue uno de los primeros participantes en el Descenso a Nado de la Ría, presidió el Casino de Navia, fundó la sociedad de festejos Sofinavia, coordinó la Mancomunidad Deportiva Occidental, presidió la Federación Asturiana de Remo y en 1992 llevó la antorcha olímpica a su paso por la villa. Y, mientras tanto, nunca dejó de hacer deporte. Y hoy sigue.

En 2018 , la Federación Europea de Ciudades y Capitales del Deporte, con sede en Bruselas, concedió a Navia el título «Villa Europea del Deporte», en reconocimiento al extraordinario movimiento deportivo del municipio. Si hubiera que buscar a alguien que encarnase ese espíritu deportivo bastantes apuntan a José Manuel Peláez, presidente del Club Náutico de Navia.

«A mis 80 años voy al gimnasio todos los días. Estoy hora y pico. Es mi tabla de salvación. Yo tengo esta manera de ser, tengo que seguir quemando. Hasta los 17 años yo era una persona dura, muy conflictiva, peleón, con un carácter muy fuerte. Pero toda la mala leche la quemaba, la dejaba en el deporte».

«En el gimnasio me doy bastante caña. Tengo dos hijos que estudiaron INEF y el que está aquí, que es profesor de Educación Física en el instituto, me da los entrenamientos mensuales. Pues, mira, hoy, por ejemplo, tuve que hacer un calentamiento de 15 minutos de estiramientos y deflexiones. A la edad nuestra lo fundamental es musculatura para no perder fuerza. Y luego la elasticidad. Luego estuve haciendo pesas y sentadillas durante 20 minutos; luego hice media hora de remoergómetro y luego me duché. La ventaja que tengo yo es que mis hijos son profesionales de la Educación Física y lo que hago va con arreglo a mi edad. Ellos saben de medicina deportiva. Soy el más veterano del gimnasio. ¡Ah! Y mi mujer también va. No era deportista, pero tuvo la desgracia de enamorarse de uno».

«Mis deportes preferidos son el buceo y el remo. Todavía voy con mis hijos a alguna regata de remo. En el campeonato de España de remoergómetro era el único de 80 años y tuvieron que cambiar las bases para poder incluirme. La presidenta de la Federación Asturiana me comentó: ‘Buena la armaste, José Manuel, que me dice el técnico de Madrid que tienen que cambiar todos los handicaps porque hay un elemento ahí de 80 años que quiere participar. Y el elemento era yo».

«Yo nací en Navia. A los 8 años cambié la residencia con mi familia para Madrid y estuve estudiando allí hasta los 17 años, cuando volví a Navia. Teníamos aquí unos negocios importantes, pero nos arruinamos, así de claro te lo digo. Era negocios de barcos, fábrica de harinas, transportes, conservas… La empresa era de las 50 primeras del norte de España. Mi abuelo, Carlos Peláez, que tiene una avenida en Navia y da nombre a la biblioteca, fue emigrante en el 1800 y pico. En la Patagonia fundó una ciudad y vino para aquí con muchísimo dinero. La empresa aguantó hasta 1972 o 1973 y ya ahí cerramos. Yo luego entré a trabajar en la papelera. Fue una quiebra y no fue agradable. Fue un trauma completo, pero ahora ya lo veo desde otro punto de vista. Me hizo pensar que el dinero no lo es todo, que lo importante es la familia y los hijos. Aquello me hizo ser más humano».

«Y ahora te lo digo sinceramente, como si estuviera hablando con un confesor, soy completamente feliz. Hombre, todos tendremos enemigos, porque es ley de vida, pero yo siempre tengo la conciencia muy tranquila de que cuando estaba muy arriba siempre fui una persona con talante demócrata y humana. Nunca hice diferencias de clases. Los que salían a la mar conmigo, cuando hacia buceo, eran de lo más humilde. La primera persona por cuyo fallecimiento lloré fue un pescador al que llamaban Cariño, una institución. Era un superviviente del ‘Baleares’. Había tenido una lesión y era medio cojo. No vi hombre más fuerte. Mira que yo, cuando aquello, estaba fuerte y hacía esas cosas de la juventud de echar pulsos. Pero él me tumbaba».

«En Madrid, donde yo era un poco el hijo de papá, jeje, fue donde empezó mi carrera deportiva. Empecé participando mucho en atletismo, llegué a ser el sexto de España en algunas pruebas, nos entrenábamos en la Ciudad Universitaria, que eran pistas de ceniza. Como anécdota te diré que tuve el honor de llevarle el caldero con jabón nada más y nada menos que a Miguel de la Quadra-Salcedo para el lanzamiento de jabalina. Se inventó un híbrido y lanzaba la jabalina al estilo de la barra vasca. Si los récords mundiales estaban en 70 metros y él lanzaba 105 y 110. Una revolución incluso a nivel olímpico, pero no la validaron».

«Cuando volví a Navia empecé yo con mis cosas del atletismo. Traje un poco lo que, no siendo en el Cristo en Oviedo, no había todavía por aquí. También participé en el primer Descenso a Nado de la Ría de Navia. Pero la natación me aburría un poco, no era para mí. Hice de todo, incluso béisbol en Madrid. Pero si tengo que decirte mis deportes, lo mío es el remo y el buceo, yo siempre fui un enamorado de la mar».

«Si a mí me preguntan por una cosa de la que esté orgulloso, yo te digo que de la Mancomunidad Deportiva Occidental, de la que fui coordinador entre 1984 y 1993. Conseguimos hacer la primera mancomunidad deportiva de España, la segunda de Europa. Logramos reunir a los 17 ayuntamientos, cada uno de su padre y de su madre, exclusivamente para fomentar el deporte escolar y estuvimos diez años. Aquello era estupendo. Los fines de semana todos los colegios, cincuenta y tantos centros, desde Luarca hasta los Oscos, se reunían para hacer deporte juntos. Es una cosa que hoy en día lo dices y suena increíble. Habíamos logrado lo que para mí era lo más importante: que desaparecieran las rencillas y los localismos en la comarca. Veías aquella generación y pensabas: cuando sean mayores esto va a ser una gozada porque ya están relacionados unos con los otros. Pero la dejaron morir por cuestiones políticas, todos, derecha e izquierda. Es el día de hoy no sé si me echaron o me dimitieron».

«Yo soy un enamorado del deporte de base. Eso sí, yo soy completamente antifútbol. En mi casa logré que ninguno de mis hijos le haya pegado una patada al balón. Porque yo te voy a decir que el fútbol sirvió en estas zonas hasta para enemistar a los pueblos. Yo sigo siendo de los deportes minoritarios y que son completamente de competición, pero con nobleza, no mercantilizados».

«En 1992 llevé la antorcha olímpica por Navia, para mí qué más orgullo cabía. Se me ponen los pelos de punta. Todavía la conservo. No sé si me costó unas 12.000 pesetas de entonces. Viene numerada y con un certificado. Creo que todavía sale una llamina por ahí».