Loli llevó a Los Oscos la luz de la enseñanza
"Las madres decían a las hijas que se fueran para no acabar casadas con un labrador"

Loli Valdés, en San Martín de Oscos. / Julián Rus
María Dolores Valdés Cano. Maestra jubilada. Quiere que la llamen Loli. El 1 de mayo cumplirá 84 años. Nació en Pravia y con poco más de 20 años sacó plaza de maestra en Villarquille (San Martín de Oscos). Y nunca más se fue. Allí vive hoy. Se jubiló en 2004, tras 43 años de docencia. Formó a varias generaciones de niños en los Oscos e insiste en que se refleje su agradecimiento por la buena acogida que siempre recibió.
"Tras las oposiciones de maestra, a principios de 1961, elegí Villarquille, en San Martín de Oscos, porque me gustó el nombre. Tenía muchas ‘elles’. Vi-llar-qui-lle… Había una inspectora en el tribunal que me dijo: ‘Esa escuela la visito yo’. Yo tenía veinte años y aquella señora tendría cuarenta y pico, y a mí me parecía ya una señora vieja, entonces me dije: ‘Ese destino tan malo no puede ser, si va esta señora también podré ir yo’".
"Me acuerdo perfectamente el primer día que llegué a San Martín de Oscos desde Pravia, de donde yo era. No nos colocaron hasta septiembre pero vine a conocer Villarquille el último domingo de mayo, sábado, con una tía mía. Salimos de Pravia a las ocho de la mañana en un coche de Ángel Blanco, que era coche de línea, hasta Soto del Barco, a coger una Alsa que venía de Gijón y llegara a Vegadeo. Y en Vegadeo cogimos otro coche de línea hasta San Martín, que salía de Vegadeo a las cinco de la tarde. Llegué a las siete y medio de la tarde. Me llevaba más tiempo a mí venir a Los Oscos que una amiga de Madrid a Caracas en avión".
"Paramos en el alto de La Garganta, en un bar. Llovía, hacía un aire tremendo. La gente se bajó. Pero mi tía y yo nos quedamos en el coche. Me había dicho el director de la academia donde preparé las oposiciones, que no escogiera plaza en Villarquille, que era mala gente, que denunciaban a las maestras. Pues venían dos señoras del mercado del sábado de Vegadeo, que hablaban en la fala y yo no entendía ni palabra de lo que decían. Y yo le decía a mi tía: ‘Ay, a ver si antes de llegar a Villarquille ya me van a denunciar’. Llegué con muchísimo miedo. Aquel verano del 61 te digo que podía estar en las romerías de Pravia y como me acordara que me tenía que venir a Villarquille en septiembre, casi me caían las lágrimas en medio de la fiesta".
"No podía arrepentirme. Si lo dejaba, perdía la oposición, y mi idea siempre fue, como se decía entonces, ser maestra del Estado. Mis tías tenían un colegio privado en Pravia. El colegio Nuestra Señora de las Mercedes, que fuera de mi abuela Mercedes. A mis tías les hubiera gustado que quedara allí con ellas. Pero en mi mente siempre estuvo el ser maestra del Estado. Porque ya sabías que tenías un sueldo fijo".
"Cuando llegamos mi tía y yo, nos quedamos en una pensión en San Martín. Allí sí había luz eléctrica, la llamaban luz de posada, que era una línea muy rudimentaria. En Santa Eulalia estaba la central, pero si llovía mucho, se atascaba y no había luz. Si en verano no llovía, había seca y no había luz. Si había tormentas, cayera una rama de un árbol encima del tendido y no había luz. Aquello era muy tercermundista, la verdad, cuando yo vine. Pero lo compensaba el cariño de la gente y el acogimiento que te daban desde el primer momento. Me encontré muy bien".
"Gracias a Dios, ahora ya no hay aquellas carencias. Es el sitio ideal para vivir. Para vivir con críos y con viejos. Los críos salen solos y hay parque, médico, farmacia, hay un comercio de siempre, hay una cooperativa agrícola. El pueblo está ideal. Claro, cuando llueve está feo, como todos los pueblos. La gente es extraordinariamente amable, acogedora. Yo tengo hasta la sepultura aquí, que se hicieron unos nichos y tenemos unos nosotros".
"Yo me quedé en San Martín porque apareció Jesús Pérez, mi marido. Siempre digo que para bien o para mal, fue lo que fue. Si yo hubiera marchado pues no sé cómo hubiera sido la vida. Y como me quedé, sé cómo fue. No sé si pudo ser mejor o si pudo ser peor, pero estoy muy a gusto, muy contenta y feliz".
"Jesús era ganadero. Y todavía tiene por ahí una vaca que la anda cuidando. Yo siempre viví primero en pensión. Luego en la vivienda de la escuela y luego hicimos una casa, porque yo quería que mis hijos el día de mañana tuvieran la casa donde nacieron. Porque yo eché mucho de menos tener una casa en Pravia. En Pravia vivíamos de renta. Soy muy Praviana. Y como yo digo siempre, de Pravia a mí me parecen bien hasta los gatos. Mi hija se llama María del Valle, la patrona de Pravia, y voy siempre dos días al año: el 8 de septiembre, a Misa a la Virgen del Valle, y por Difuntos al cementerio".
"Cuando empecé de maestra tenía 37 alumnos en Villarquille. Desde los 6 a los 14 años. Y entonces no había cursos, no había primero, ni segundo, ni tercero. Estaban los pequeños, que no sabían leer, y luego para los otros las famosas los enciclopedias de Álvarez, la uno, la dos y la tres. Yo les daba clase a todos y de todo. En San Martín había cinco aulas. Dos de niños, dos de niñas y la de infantil, que era mixta. Y había escuela en Labiarón, en Villarín, en Soutelo, y unos años, pocos, húbola en Ventosa, que duró cinco o seis años. Hoy, sin críos, los pueblos se vuelven tristes. Cuando yo estaba era un griterío después de la escuela, con los críos por la plaza, corriendo, jugando al fútbol hasta de noche".
"La gente se fue yendo por no haber puestos de trabajo. La gente empezó a no querer la agricultura, ni la ganadería. Todavía en una reunión de éstas del Día de la Mujer, alguien comentó hace poco que, claro, las chicas marchaban porque les dirían a sus padres: tú marcha, vete a otro sitio a buscar trabajo, que si te quedas te tendrás que casar con un labrador y vas a tener una vida peor. La mayoría de las veces era lo que mandaban los padres, que acordaban la dote. Y entonces marcharon buscando mejor vida. Mucha gente de aquí marchó para Gijón".
–Pero usted lo hizo al revés, vino de fuera y se casó con un campesino.
–Ya lo sé. Y tampoco nunca me gustaron de joven los chicos rubios y mi marido es rubio. Bueno, ahora ya es blanco. Pero él es rubio. Y mi hija era rubia platino. Y mi hijo más disimulado, pero rubio también. O sea, para que veas lo que es la vida. Como dice el refrán, el hombre propone, Dios dispone y la mujer todo descompone. El otro día, en una reunión hablaban sobre la mujer rural y me dijeron que si quería formar parte de la mesa. Yo les dije que no, por que yo no vivía en el mundo rural. Yo nací en la plaza de Pravia. Mi padre era abogado. Mi madre era ama de casa. No éramos gente de dinero. Pero gente formal y trabajadora, eso es de luego. Y claro, me casé con este chico que era campesino. Pero del ganado, le digo que no sabía ni cuántas vacas tenían, nunca me gustó. Y pude pasar sin hacerlo. Lo que sí me gustaba ir era a recoger los arbejos. Y tengo ido a ayudar a coger las patatas. Y a recoger fresas con una tacina".
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