Los que vivieron como en Las Hurdes valoran lo que tenemos
"Aquí pasamos del teléfono de manivela al móvil en nada"

Lidia Álvarez y su hijo Ángel López, en el molino familiar. / Julián Rus
Lidia Álvarez y Ángel López, madre e hijo. Regentaron el molino de San Martín. Lidia Álvarez Freije regentó con su marido, Robustiano, el molino de la capital del concejo, que compraron con el dinero ganado en la emigración, en Alemania. Su hijo Ángel López, hoy jubilado del campo, también marchó fuera: estuvo en Argentina cinco años.
En el molino de San Martín de Oscos, los restos de aquella molienda parecen una nevada que se funde. Un par de gatos –uno negro–, van y vienen, suben y bajan, durante toda la conversación. La molinera, Lidia Álvarez Freije, está apoyada en el marco de la puerta. La luz flota su alrededor.
–¿Qué tal, Lidia?
–Bueno, bien bien no estoy. Pero no lo puedo estar para esa edad. Tengo 86 años, los cumplí este diciembre. Fueron muy trabajados mis años, muy trabajados. Yo estuve por Alemania y trabajé mucho. Mi marido marchó primero a una fábrica de plástico. Se llamaba Robustiano López. Estando yo embarazada del segundo, no podía ir con él, así que tuve que quedarme con mi madre. Tuve el niño y al año y medio marché para allá. Era el 63. Los dejé aquí con mi madre. Marché con 27 años. Marchamos sin un céntimo. Mi marido no tenía nada y yo no tenía nada. Así que dijimos que a ver si lo cogemos por las orejas y marchamos para Alemania.
"Estuve viviendo en Mannheim. Primero trabajé en la limpieza de las casas y después, como no me gustaba que el oficio, al terminar el contrato marché y me coloqué en una imprenta. En la imprenta había que empaquetar. Allí hacían almanaques, hacían publicidad para las casas, mucha propaganda; para detergentes, para mil cosas".
"Había una señora en la máquina de empaquetar, pero no entendía aquel mecanismo. Había que darle con el pie, como a una máquina de coser. La mujer la atascaba y tenían que ir a desatascársela cada poco. Era una penuria aquella mujer allí. En éstas, la mujer cayó enferma unos días, un catarruco, y mandáranme a mí para la máquina. Pero yo era modista y había estudiado corte por correo en Las Tres Cestas de San Sebastián y me dieron aquello, que era como coser. Y, oiga, marchaba la máquina conmigo estupendo".
"Allí estuve hasta fin de año con mi máquina y después me cambiaron para otra. La verdad es que me dieron muchos honores porque era un trabajo que hacía muy bien. También yo allí puse mucha cabeza, para no equivocarme. Estuve año y medio. Y ellos no querían que yo marchara. Pero Volvimos en el año 65, por marzo. Pero antes le habíamos mandado un poder a mi hermano para que comprase el molino. Era un molino así de dos aguas. Después subímosle un piso que es donde vivimos ahora. Aquí se molió muchos años y hasta hace seis. Hace seis años se murió mucho esto porque yo me operé de una hernia y tuve que parar, no quería yo coger pesos".
(Aparece su hijo, Ángel López Álvarez, que se suma a la conversación)
Ángel: –Yo estuve en Argentina casi seis años. En cierta medida también fui emigrante. Mi mujer es argentina y estuvimos allá un tiempo, hasta que decidimos regresar. Estuvimos allí desde el 84 hasta el 91. Desde el primer Gobierno de la nueva era democrática de Alfonsín y nos fuimos con Menem, cuando ocurrió el corralito y ocurrieron unas cuantas cosas. Volvimos en el 91 para acá, prácticamente por la situación económica que había. Allí los tiempos duros, por lo visto, son todos.
"En Argentina trabajaba también en el campo, que es muy distinto de aquí, por supuesto. Yo fui rural casi toda la vida no siendo tres o cuatro años que pasé en trabajos que me salían en Oviedo o en Gijón. Ahora tengo 62 años y soy pensionista".
"En este molino hubo mucho trabajo, se molía cebada, centeno, trigo. Era una pequeña industria para lo que era el entorno. Se molía trigo para autoconsumo, para hacer harina y pan. Y luego para los animales, centeno y maíz. Pero ahí es donde viene el verdadero desfase. La ganadería empieza a crecer, a cambiar de escala y esto se queda pequeño. Eso fue lo que hizo que se fuese cerrando. Duró hasta mi padre, aunque yo aún trabajé aquí".
Lidia: –Me acuerdo de los prados sembrados de trigo. Había mucho trigo y siembra de patatas y de muchas cosas. El paisaje cambió del todo. Ahora no lo conozco, antes era todo labradío.
Ángel: -Vi en el catastro una foto aérea, creo que era del 58, y que era muy interesante para contrastarlo con el paisaje que tenemos hoy. No había árboles prácticamente porque los pequeños animales, las ovejas sobre todo, ramoneaban todo y lo mantenían limpio. No había vegetación, no había incendios tampoco.
"Todo cambió mucho. Yo pasé de un siglo a otro en muy pocos años. En los años que estuve fuera, España dio un cambio casi dramático. Me fui en 1984 y regresé en el 91 y en esos cinco o seis años el cambio fue total. Aquí en Los Oscos igual teníamos una carreterita que prácticamente solo entraba un coche pequeño. Si eran dos, había que apartarse. Luego se produjo la mecanización masiva del campo y cuando volví me encontré una capacidad adquisitiva mucho más alta. Esto suena un tanto surrealista hoy en día, pero en 1980, cuando yo fui al servicio militar, en este pueblo el teléfono que había era de manivela y clavijas. Como los que aparecían las películas de blanco y negro. Y de ahí pasamos a los móviles de bolsillo. Fue un cambio quizá demasiado fuerte".
"Pasé de conocer toda esta zona sin electrificación y, por supuestísimo, sin agua corriente y ni sanitarios en casa a las mejoras que vivieron después. Muchas casas todavía las conocí con fuego de lareira. Tener una cocina de estas bilbaínas a finales de los sesenta era un lujo para muchos. Y eso duró hasta mediados de los ochenta. El cambio llegó a mediados de los ochenta y hasta el 90-91. A ver, es que yo vi un documento gráfico de cuando Alfonso XIII fue a Las Hurdes y lo que pude ver en blanco y negro es el calco de lo que había aquí. Es lo que yo recordaba".
"Pero espérate, que yo nací en el año sesenta y cuando ya era adolescente al médico aún tenías que ir con dinero. Es que no teníamos una cobertura sanitaria, eso lo hizo (el ministro) Ernest Lluch no hace tanto tiempo, cuando decían en Alemania que dónde van esos cretinos pensando que va a poder hacer una sanidad pública para todos".
"Y fíjate, hoy damos por supuesto que eso es como el aire que respiramos y muchísima gente no sabe cuál es la diferencia entre tenerlo o no tenerlo. Con el sistema sanitario público pasa como con la salud: no sabes lo que vale hasta que la pierdes, ahí te das cuenta de qué bien que estabas antes".
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