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María Luisa Sarandeses, directora de proyectos de la Fundación Aladina, que ayuda a niños enfermos: "Nada me haría más ilusión que le diesen el ‘Princesa de Asturias’ a Paco Arango"

"El éxito no se mide por llegar antes, sino por llegar bien", asegura

María Luisa Sarandeses y Paco Arango, en el HUCA.

María Luisa Sarandeses y Paco Arango, en el HUCA.

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Tino Pertierra

Tino Pertierra

María Luisa Sarandeses (Oviedo, 1982) es directora de Proyectos y Alianzas Corporativas de la Fundación Aladina, entidad que este año cumple dos décadas ayudando a niños y adolescentes con cáncer. Periodista de formación, «Wisi» Sarandeses cambió hace catorce años los platós y las pasarelas por los hospitales y las salas de oncología pediátrica.

Abracadabra: "Desde muy joven tenía claro que quería dedicarme al periodismo de moda, pero el destino hizo que un día Aladina se cruzase en mi camino y mi vida diese un giro de 180 grados", recuerda la ovetense María Luisa Sarandeses, directora de Proyectos y Alianzas Corporativas de la Fundación Aladina, creada por el filántropo y cineasta de origen asturiano Paco Arango y que trabaja en 22 hospitales españoles y desarrolla proyectos internacionales.

"Empezamos siendo un equipo pequeño pero muy comprometido", explica. "Hacíamos de todo para recaudar fondos y darnos a conocer, y soñábamos con poder ayudar cada año a más niños enfermos y familias. Echo la vista atrás y me siento muy orgullosa de ver en lo que se ha convertido Aladina. Cada niño, con nombre y apellido, es igual de importante para nosotros. Ellos son nuestro motor y los que nos motivan para hacer las cosas cada día mejor. Es mucho más que mi trabajo, es mi familia, y lo vivo como tal. La vida me ha regalado poder trabajar mano a mano con una persona tan extraordinaria como Paco, y además ser su amiga. De él he aprendido que siempre hay que mirar a las personas con generosidad y amor, sean quienes sean y vengan de donde vengan. Nada me haría más ilusión que le diesen el ‘Princesa de Asturias’".

Acaban de presentar su proyecto más ambicioso: la Casa Aladina, el primer centro de día de apoyo integral para niños con cáncer, familias y supervivientes de cáncer infantil que existirá en Europa. "Es un sueño precioso, pero… ¡carísimo!", dice entre risas. "Necesitamos 15 millones de euros para construirlo y mucha ayuda".

Con 19 años se fue a estudiar a Madrid, "y me abrió los ojos, no solo al mundo, sino también a mí misma. Salir de mi entorno, de mi querido Oviedo, me hizo comprender el valor de lo que había dejado atrás: la forma de vivir en Asturias, el sentido de comunidad, la importancia de lo cotidiano, la familia".

Hoy, siempre que puede, Sarandeses regresa a su tierra. A disfrutar. "Me encanta volver a la tierrina, ir a tomar el aperitivo a la terraza de Aguaducho con mi perro y cenar en El Casto. Para quitarme el ‘mono’, disfruto en Madrid de las espichas que organizan mis tíos. Creo que los asturianos tenemos un sentimiento de hermandad y comunidad muy fuerte; nos encanta juntarnos y disfrutar, y si es con un bollín preñáu de por medio, ¡mucho mejor!".

El amor por Asturias le viene de familia. "Estoy muy orgullosa de las dos calles que tiene mi bisabuelo Rafael Sarandeses en Asturias, una en Oviedo y otra en Lugones (Siero). Fue un gran médico, presidente del Colegio de Médicos de Asturias entre 1924 y 1927, que hizo mucho por la sanidad asturiana". Habla de sus padres con gratitud. "Mi madre siempre me repetía una frase que tengo muy grabada: ‘Hay que ayudar a la gente cuando te necesita, no cuando a ti te viene bien’. Su profesión de médico conlleva una clara vocación de servicio que me ha transmitido desde pequeña. Mi padre, más emocional, me ha enseñado a disfrutar a tope de todo, pero poniéndole pasión y tesón".

Su infancia transcurrió en Oviedo. Estudiaba en el Colegio Internacional Meres. "Era muy feliz. Comíamos increíblemente bien; creo que a ninguno de los que hemos sido alumnos se nos ha olvidado el olor de los guisos y los bocadillos de patatas fritas". Conserva todavía a su pandilla de amigos "desde los 4 años", y cada verano vuelven a reunirse en torno a una mesa con "quesos de la tierrina, una buena ternera asturiana o un bonito del Cantábrico".

Su trayectoria profesional, asegura, ha ido creciendo a la par que la Fundación Aladina. "Eso es precioso, pero también te obliga a reinventarte, adaptarte y cambiar de rol dentro de la organización según las necesidades de cada momento. Los momentos difíciles me han enseñado a trabajar con más humanidad, a valorar los pequeños logros y a recordar que la vocación tiene que sostenerse, también, desde el cuidado personal".

Y aunque admite que el trabajo social "te pone a prueba constantemente", lo vive con agradecimiento: "Lidias con la emoción, con la vulnerabilidad ajena y con tus propios límites, pero justo ahí es donde más se aprende. Yo soy muy afortunada porque me dedico a lo que más me gusta, en el mejor sitio del mundo".

Asturias, afirma, se percibe como "un lugar auténtico, donde aún se vive con equilibrio y sentido. Esa mezcla de mar y montaña, de sol y lluvia, la convierte en un refugio emocional para quien busca serenidad en un mundo cada vez más acelerado. Pero quizás a veces nos falta creernos más lo que somos, atrevernos a proyectarnos hacia fuera sin miedo a perder nuestra esencia".

En muchas ciudades del norte de Europa "se ha apostado por combinar tradición y modernidad: proteger el paisaje y la cultura local, pero al mismo tiempo impulsar innovación, tecnología y emprendimiento. Aquí tenemos todo para seguir ese camino: talento, naturaleza, conocimiento y una identidad muy fuerte". ¿Qué consejo daría a un joven asturiano que quiera dedicarse al ámbito social? "Le diría que siga su vocación con paciencia y muchas ganas de aprender. Que se forme, que sea curioso y que no tenga miedo de salir fuera, pero sin olvidar nunca de dónde viene. Asturias te da unos valores que son un tesoro en cualquier parte del mundo".

De la lámpara maravillosa saca un consejo que invoca la magia: "El éxito no se mide por llegar antes, sino por llegar bien. Lo importante no es hacerlo todo, sino hacerlo con sentido. Y yo tengo la suerte de tener un trabajo que tiene mucho sentido. ¿Qué más puedo pedir?".

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