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De la oftalmología soviética a la promoción editorial: los escritores ponen sus libros en manos de la ovetense Sara Gutiérrez

La autora y traductora ha construido una vida guiada por la reinvención, la libertad y el amor incondicional por las palabras

Sara Gutiérrez.

Sara Gutiérrez.

Tino Pertierra

Tino Pertierra

Sara Gutiérrez (Oviedo, 1962) es médica de formación, traductora, escritora y periodista de oficio. Premio extraordinario de Medicina en la Universidad de Oviedo, se especializó en oftalmología en Járkov (Ucrania soviética) y Moscú. Tras año y medio en París, desde donde colaboró con diferentes periódicos y revistas, se instaló en Madrid, donde trabaja como promotora editorial. Es autora de "El último verano de la URSS" y "En el Transiberiano" (con Eva Orúe)

La ovetense Sara Gutiérrez es escritora, traductora y promotora editorial, tres oficios que confluyen en una vocación común: comunicar, tender vías para que las historias viajen. Pero lo que realmente le da de comer "es la promoción editorial, conseguir que los autores sean entrevistados o sus libros reseñados en radios, periódicos, televisiones... La parte más gratificante de este peculiar trabajo es saber que con mi labor estoy ayudando a que un autor y su obra sean conocidos y, por tanto, aumentando la información y las posibilidades de elección de la gente; la que menos, la pelea contra reloj a la que me obliga el exceso de publicaciones y la escasez de espacio para hablar de cultura en los medios de comunicación".

Después de estudiar Medicina en Oviedo y especializarse en oftalmología en la Unión Soviética, decidió "compartir mi vida con una mujer, por aquellos condicionamientos sociales del pasado siglo que condenaban las parejas del mismo sexo –que muchos recordarán y otros seguirán sufriendo–, resolví buscar una profesión más tolerante. En un principio me acerqué al periodismo; con el auge de internet, coordiné cursos de formación continuada online para médicos; y, finalmente, me centré en la comunicación, y muy especialmente en la promoción editorial".

La idea de escribir "siempre estuvo presente; sin embargo, traducir fue fruto de mi reconversión laboral y, concretamente la traducción literaria de clásicos rusos, respuesta a la invitación a intentarlo de un amigo que se disponía a crear una editorial. "La pulga de acero", de Nikolái Leskov, es mi primera traducción y el segundo título del catálogo de Impedimenta".

En 1988 viajó por primera vez como profesional al extranjero. Fue a Lisboa, para presentar su tesina en un congreso europeo de oftalmología. "Aquel primer viaje me llenó de ilusión. Era la confirmación de que todo el esfuerzo de años de estudio tenía sentido". Pero el viaje decisivo llegó un año después, en 1989, rumbo a la Unión Soviética "para especializarme en oftalmología e investigar para mi tesis doctoral. Lo que más me impresionó, además de que dedicaran un enorme complejo hospitalario a lo que en el Hospital General de Asturias era apenas una planta, fue la extraordinaria competitividad intelectual entre los colegas; y lo que más me marcó, la libertad con la que podía expresarme".

El gran revés fue "tener que abandonar, por razones que nada tenían que ver con el trabajo, una trayectoria profesional que se anunciaba brillante para adentrarme en territorios laborales ajenos a mi formación. Una decisión sin duda fruto de una fortaleza que había adquirido especialmente en mis años de estudios en la Unión Soviética. A partir de ahí, la principal lucha sigue siendo no dejarme atrapar por el síndrome de la impostora. Lo mejor es que de ese cambio nacieron unos cuantos libros, muchos de ellos en colaboración con mi pareja, Eva Orúe".

No necesita cerrar los ojos para verse "besando a Baltasar en la Cabalgata de Reyes, tirando serpentinas a las carrozas en el desfile de América en Asturias, coreando el asombro que siempre nos provocaban los fuegos artificiales o posando para la foto familiar delante de la catedral cada domingo de Ramos. Echo de menos el orbayu y las nevadas, rememoro en cuanto puedo los días de playa y las tardes de merendero".

Anhelaba el ascenso del Real Oviedo "para revivir la alegría transmitida por los cláxones que aún resuenan en mi memoria de los ascensos siendo cría. Y cada vez que veo a Víctor Manuel recuerdo aquel primer concierto en el Palacio de los Deportes tras el veto dictatorial, emocionantísimo, en el que pude acceder a los camerinos para agradecerles y felicitarlos, a él y a Ana Belén. Esté donde esté, procuro comer bollos preñaos en San Mateo y el martes de campo, garbanzos con bacalao y espinacas el 19 de octubre y emular el amagüestu; cocino fabada a fuego lento para convidar a los amigos; y abro una botella de sidra muchas tardes de partido. Siempre me prestan unas buenas almejas a la marinera y un pescadín fresco, a ser posible, un buen besugo, como aquel que cenábamos cada Nochebuena. El olor a mar, a siega, a cuadra, a eucalipto, a cacahuetes recién tostados (desaparecido ya del Fontán)... me devuelven siempre a casa, como el aroma de la cebolla frita o el de un buen pote al fuego".

Desde el exterior "Asturias se ve como un verdadero paraíso: magníficos paisajes, excelente comida, gentes afables, tiempo agradable... Creo que se debe aprovechar esa buena imagen y trabajar para no defraudar, para seguir resultando amigable, sin caer en la autocomplacencia. Existe un potencial turístico innegable cuyo desarrollo requiere atención, no vaya a volverse en contra. Pero no todo debe jugarse a la carta del turismo, creo. Es necesario –doy por hecho que se está haciendo–, explorar y buscar otros nichos que ilusionen a la población local, que les permita desarrollarse en el lugar en el que viven sin nostalgias estériles ni esperanzas fatuas. Y, desde luego, imprescindible mejorar el transporte, las comunicaciones con el exterior de la Comunidad".

Ha tenido suerte porque "a la postre compruebo que mis referentes vitales no han sido otros que los tres adultos con los que me crié: mis padres y mi abuela materna. Quizás el consejo más determinante fue el que me dio mi padre cuando, recién aprobada una oposición que me convertía en funcionaria de por vida dudé si aceptar o no la beca que me permitía ir a hacer la especialidad a la Unión Soviética, por miedo a no tener trabajo a la vuelta. Eran años en los que triunfaba un lema preocupante: Asturias o trabajas. Y la situación para los médicos en el resto del país no era mucho más halagüeña. Lo que me dijo mi padre fue: no calcules, haz lo que quieras hacer, si sacaste la oposición una vez, podrás volver a sacarla mil veces. Ese no especules, arriesga y disfruta la oportunidad era, al fin y al cabo, lo que mi abuela me había ido inculcando en nuestras partidas de tute y dominó, apostando dinero, desde que tenía uso de razón. Unas enseñanzas que encontraron buen acomodo en la prudencia a la que mi madre me había derivado siempre. Arriesgar sí, pero no sin razones de peso".

Sueña con volver a vivir en Asturias cuando se jubile. "Nunca tuve la sensación de haberme ido del todo. En el resto del mundo siempre me siento de paso. Volver sería cerrar un círculo, no como punto final, sino como regreso al origen".

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