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La llanisca centenaria que quiere conocer a su pariente mexicano que es premio "Cervantes"

Rosa María Ojeda, de 102 años, nació en la misma casa que el abuelo de Gonzalo Celorio y descubrió su parentesco con el escritor leyendo "El metal y la escoria", la novela en la que narra la historia emigrante de su familia

Rosa María Ojeda Santoveña, el día que cumplió cien años.

Rosa María Ojeda Santoveña, el día que cumplió cien años. / A. R.

“La familia de tu abuelo no era pobre. Tenía una de las mejores casas del pueblo de Vibaño, conocida como La Texa, con su huerto aledaño, cercado de frondosas y retorcidas higueras de San Miguel, en el que cultivaban, más para el consumo familiar que para la venta, coles, lechugas, escarolas, tomates, cebollas, patatas y puerros; un hórreo de seis pegollos bien abastecido de manzanas ruiloba en el invierno, además de jamones, morcillas, chorizos y hojas de tocino todo el año…” Leyendo pasajes como éste de “El metal y la escoria”, la obra en la que Gonzalo Celorio novela la historia del abuelo que emigró de Llanes a México a finales del XIX, Rosa María Ojeda “vio” la casa en la que nació. Ató cabos, cruzó nombres y apellidos y supo que tenía en México un pariente escritor al que no conocía.

Rosa tiene 102 años cumplidos de agosto, una vitalidad y un sentido del humor envidiables y mucha curiosidad por conocer personalmente a Gonzalo Celorio, el novelista y ensayista asturmexicano que ha sido distinguido con el premio “Cervantes” de 2025. Son familia. Lo sabe desde que una sobrina puso en sus manos el libro que reconstruye la peripecia emigrante del abuelo de Celorio y empezó a casar sus recuerdos con los suyos hasta que trazó el parentesco que los une en la distancia, porque nunca se han visto…

Por sus averiguaciones y sus memorias ha llegado a la conclusión de que la une al literato un parentesco que desea confirmar con él. Sucede que Celorio cuenta en “El metal y la escoria” la historia de un Emeterio Celorio al que presenta como su abuelo, pero con el nombre cambiado. El abuelo de verdad se llamaba Benito, pero en la novela lo rebautizó como Emeterio, el nombre del bisabuelo. Es este Emeterio real el que Rosa María identifica como “tío y padrino de mi madre”, María Santoveña Celorio, así que si no le fallan los cálculos, ella y el escritor serían tía y sobrino en algún grado, miembros seguro, en todo caso, de una de tantas familias a las que el océano de la emigración ultramarina separó para siempre.

A esta la ha vuelto a unir, de alguna manera insospechada, una novela. Por eso la “enorme alegría” que recorrió el lunes su casa de Vibaño al conocer el nombre del escritor que ha ganado este año el galardón más prestigioso de las letras hispanas. Por eso también la intención recobrada de entrar en contacto con él, de confrontar recuerdos y aclarar algunos detalles y fechas que Rosa María ha leído en el libro de su primo y que no le acaban de cuadrar. En las descripciones de “La Texa” ella reconoce sin lugar a dudas la casa en la que nacieron ella y Emeterio.

La ve incluso en la decoración–aquí un espejo, allí un reloj de pared–, pero hay algunas fechas que no le encajan. “No sabemos cuánto habrá novelado”, señala, aunque el libro sí les sirvió para seguir hasta México los pasos de Benito, aquel emigrante adolescente que saló de Vibaño en una carreta tirada por bueyes, embarcó en Santander y al llegar, tras no pocas penurias, pasó de mozo de tienda a dueño de un emporio de establecimientos de bebidas alcohólicas. La novela les completó la vida del pariente perdido y les ayudó a reconstruir las andanzas posteriores de la rama mexicana de su familia.

A este lado de la historia y del mar, Rosa María Ojeda mantiene intacta la intención de que la ocasión de conocer a su primo escritor surja a partir de la concesión del premio. Hasta ahora no ha podido y “me encantaría”, dice. Ella no estaba aquí cuando Celorio visitó Vibaño, cuenta, ni pudo dar con su familia mexicana cuando viajó al país azteca…

Seguro que tiene ganas de contarle que ella también tiene su propia historia emigrante y que vivió algo más de treinta años en América. Emigró a Venezuela en la treintena, junto a con cuatro de sus cinco hermanos, y trabajó “en casa de una familia española con la que me mudé a Colombia. Volví tiempo después a Venezuela” y en 1985 “me llamó mi madre, que ya estaba mayor. ‘¿Por qué no vienes? ¿Qué haces ahí?’. Volví, y hasta hoy”. Lleva los 102 años con energía, vitalidad y buen humor, sin más achaque que los de las rodillas, “que no quieren caminar”. Hace sudokus, pinta mandalas y no se aburre nunca. Su sobrina Azucena, que vive con ella, le compra unas revistas de historia donde lee sobre “los tártaros y las pirámides” y le pone música mientras camina por el pasillo. No se casó. “Nadie quiso cargar conmigo, pero ahí estoy, esperando el candidato, aunque de mi edad ya no abundan”, concluye con retranca.

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